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LEOS CARAX, La belleza del gesto

El cine o la vida.

Foto: Camiille de Chesnay

 
 

ARTÍCULO (2012)

LEOS CARAX La belleza del gesto

El Festival de Cannes 2012 acogió el retorno en limusina del hijo pródigo del cine francés, Leos Carax. Con “Holy Motors”, el primer largometraje que el director de “Mala sangre” rodó tras el fracaso de “Pola X” (1999), Carax propuso un recorrido extravagante, desencantado, melancólico y socarrón por un puñado de vidas alternativas encarnadas todas ellas por su álter ego Denis Lavant. En el festival de Sitges se llevó cuatro de los más importantes galardones (película, director, Meliès y crítica). Eulàlia Iglesias revivió en este artículo el mundo único de Leos Carax.

La expectación en torno a “Holy Motors” (2012) de Leos Carax iba acompañada de cierta prudencia. La última (y de hecho también primera) vez que el cineasta francés había participado en la sección oficial del Festival de Cannes fue con “Pola X” (1999). Aquella película no despertó muchas adhesiones y su rueda de prensa de presentación resultó una de las más incómodas que se recuerdan en el certamen. En 2008 Carax volvió a Cannes de manera más discreta. Su corto “Merde” formaba parte, junto a otras dos piezas firmadas respectivamente por Michel Gondry y Bong Joon-ho, del filme colectivo “Tokyo!”(2008), que se proyectó en Un Certain Regard. El hecho de que “Merde” no convenciera al personal quedó, en esta sección alternativa, bastante disimulado.

Así que la manifestación de jolgorio, más allá de algún abucheo puntual, con el que la prensa saludó “Holy Motors” encerraba también cierto alivio por parte de quienes habían sufrido la angustia de ver frustradas las ilusiones puestas en uno de los directores clave del cine de los ochenta. Pero la cuasi unanimidad con que se celebró el filme no deja de resultar extraña. Una parte significativa de los periodistas acreditados en Cannes suelen recibir con hostilidad cualquier película que se salga de la ortodoxia autoral más previsible, sean las obras de Bruno Dumont, Lars von Trier, Pedro Costa, Apichatpong Weerasethakul o, en esta edición, Carlos Reygadas. Y “Holy Motors” no deja de ser uno de los perros más verdes que se han paseado por esa alfombra roja. Al final triunfó la sensación de que, con este filme, Leos Carax no solo se había rescatado a sí mismo. También había salvado una de las programaciones de Cannes menos estimulantes de los últimos años.

Carax abandona la concepción tradicional del cine y, adentrándose en territorio surrealista, se pasa al otro lado del espejo. También recupera la vena romántica y melancólica que siempre ha latido en sus filmes.

En “Holy Motors” Carax recupera a su actor fetiche, Denis Lavant. Aquí ya no encarna a ningún Alex, como hizo en “Chico conoce chica” (1984), “Mala sangre” (1986) y “Los amantes del Pont-Neuf” (1991), sino a otro heteronómino del cineasta, un tal Monsieur Oscar (recordemos que Leos Carax es un anagrama de Alex Oscar) que, a su vez, se desdobla en múltiples yoes. Este personaje misterioso surca París en una limusina que le conduce a su trabajo: encarna las vidas de una mendiga, un asesino, un asesinado, un ser contrahecho, un moribundo, un padre de familia... El origen de Monsieur Oscar se encuentra en la citada pieza “Merde”, donde Lavant interpretaba al aquí reciclado Monsieur Merde, una especie de duende verde de las cloacas, un desecho humano con aspecto de fauno que emerge de las profundidades subterráneas para sembrar el caos en la civilización. El corto “Merde” resultaba un exabrupto tan contundente como fácil, el fruto de un director que parecía perdido casi de forma irremediable. Al gamberrismo punk que presidía este corto le faltaba esa vena romántica y melancólica que siempre ha latido en las películas de Carax y se ha recuperado en “Holy Motors”.

En el prólogo de su nuevo largometraje, el propio Carax encarna a un misterioso personaje en pijama que bordea las paredes de su habitación hasta encontrar un pasaje que lo introduce en una sala de cine. En la platea los espectadores permanecen con los ojos cerrados, como muertos o abducidos por la pantalla. El director comenta que esta secuencia la inspiró un cuento de E. T. A. Hoffmann. Pero el arranque también recuerda ese insólito corto escrito por Samuel Beckett, “Film” (Alan Schneider, 1965), que protagonizaba un ya maduro Buster Keaton. El cine de Carax siempre ha tendido un puente con las vanguardias: los escenarios expresionistas de “Chico conoce chica”, la tentación hacia lo abstracto en las secuencias aceleradas, la introducción de escenas cómicas o absurdas que no conectan con el resto del relato en la mayoría de sus obras...

Pero, como David Lynch en sus últimas películas, con “Holy Motors” Carax abandona definitivamente la concepción tradicional del cine y, adentrándose en territorio surrealista, se pasa al otro lado del espejo. El onirismo está presente desde esa secuencia de pesadilla inicial en que el director plasma sus miedos y rechazos en torno al espectador cinematográfico, al tiempo que abre una puerta hacia el terreno del fantástico por donde no dejará de moverse la película. Las diferentes vidas que protagoniza Monsieur Oscar configuran una suerte de cadáver exquisito que cuenta con una espina dorsal como sostén: la limusina con que Lavant avanza de una vida a otra. Un personaje agitador como Monsieur Merde actúa como un verdadero, aunque inconsciente, situacionista, y su gesto de lamerle el sobaco a la bella modelo que rapta sin duda sería aplaudido por André Breton y sus colegas. Mientras que los cuerpos silueteados con luces para la motion capture podrían ser una actualización tecnológica o una versión en videoarte de las imágenes más recordadas de “La sangre de un poeta” (1930) de Jean Cocteau. Y la presencia de Édith Scob (que ya aparecía fugazmente al principio de “Los amantes del Pont-Neuf”) como chófer cita directamente al cine de lo bello y lo siniestro de Georges Franju, más cuando al final el personaje se coloca una máscara sobre el rostro.

 
LEOS CARAX, La belleza del gesto

Con “Holy Motors” Leos Carax se ha rescatado a sí mismo.

 

En el diálogo que mantiene con Michel Piccoli, el señor Oscar lamenta que las cámaras de cine sean cada vez más pequeñas y ubicuas, que ya no hagan notar su presencia. Reivindica el antiguo poder del cine para fijar la belleza del gesto. “Holy Motors” es un claro homenaje a los actores gestuales, encarnados todos ellos, de Chaplin a Keaton, pasando por Lon Chaney, en ese camaleón, acróbata de la interpretación y rey de la pantomima que es Denis Lavant. El discurso sobre el cine que conlleva la película no se acaba aquí. En todo el metraje rezuma la autoconciencia de Carax de haber permanecido desconectado, casi perdido, durante años. Al saltar de una vida a otra, de un género a otro (del thriller al musical, del drama a la parodia), Carax recupera algunos proyectos truncados (ese segmento Henry James), al tiempo que se abandona a un torrente fílmico donde se lo permite todo, desde la emoción más intensa hasta el homenaje-chascarrillo a propósito de un éxito de Pixar.


Amar se conjuga en pasado

En la llamada trilogía de Alex, que podría representar algo así como las tres edades de la juventud de Leos Carax, los personajes vivían con la intensidad propia de los jóvenes pero con el desencanto de quien ya ha sufrido un desengaño. La inmediatez pasional cohabitaba con la melancolía; el punk y el rock’n’roll, con la chanson. “Chico conoce chica” se inicia con una voz en off que sentencia “pronto seré viejo y todo se habrá acabado”. En “Mala sangre” el protagonista espera encontrar “la sonrisa de la velocidad”. Denis Lavant siempre tuvo cierto aspecto de joven envejecido prematuramente...

“Holy Motors” no es una película construida en torno a una gran historia de amor o, para ser exactos, en torno a un hombre que ama a una mujer enamorada de otro, como los anteriores largometrajes del francés. Carax no comete el error de intentar emular las películas que lo convirtieron en la gran esperanza del cine francés para seguidamente condenarlo al malditismo. La única secuencia de “Holy Motors” que apela directamente al romanticismo (y a su propia filmografía) lo hace desde el recuerdo de un amor pretérito. Kylie Minogue interpreta a una antigua pareja de Monsieur Oscar, con quien protagoniza un emotivo número musical dentro de los almacenes abandonados de La Samaritaine. Desde la azotea de este icono de un París que ya no existe se contempla el Pont-Neuf donde se amaron, hace dos décadas, Denis Lavant y Juliette Binoche. “Holy Motors” está dedicada al último amor del cineasta, la actriz Yekaterina Golubeva, exesposa del director lituano Sharunas Bartas, con quien aparecía en “Pola X”. Golubeva, presencia puntual también en el cine de Claire Denis y Bruno Dumont, falleció en París el pasado verano a los 44 años. En “Holy Motors” habita ya solo la melancolía.

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