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LUIS LÓPEZ CARRASCO, Canciones para después de una transición

“No queríamos contribuir a una visión melancólica de la música de los ochenta, ni usar melodías que tuvieran demasiadas connotaciones”. Foto: Aída Páez

 
 

ENTREVISTA (2014)

LUIS LÓPEZ CARRASCO Canciones para después de una transición

Miembro del colectivo cinematográfico Los Hijos, Luis López Carrasco (Murcia, 1981) debutó en solitario con “El futuro”, artefacto fílmico que recrea una fiesta imaginaria que podría haber tenido lugar en el Madrid de 1982. La música suena a un volumen atronador, los cardados se alzan eléctricos y el agujero negro que perfora los fotogramas en 16mm nos aboca a un corrosivo ajuste de cuentas con la democracia española. Gerard Casau departió con el director.

“Estaba en la fiesta de unos amigos, en un piso antiguo de Berlín, escuchando música de los ochenta. La gente que había allí vestía estilismos reciclados: mod, yeyé... Al mirarlos tuve una sensación muy extraña, y se me ocurrió hacer una película filmando una situación similar. La música estaría tan fuerte que no se podrían oír las conversaciones, y las referencias temporales serían tan elípticas que el espectador no lograría ubicarse”. Así recuerda Luis López Carrasco la génesis de “El futuro” (2013), y sorprende comprobar la fidelidad a esa idea primigenia que conserva su resultado final.

“Con ‘El futuro’ he querido revisar la noción de que los ochenta fueron eminentemente positivos, cuando en realidad sentaron las bases de la organización civil y política que nos ha llevado al colapso”

Pero lo anecdótico del dispositivo no impide que el filme se cargue de lecturas más complejas, en las que el escenario de este retrovisor hedonista apela a los fantasmas de libertad que siguieron a la transición: “Cuando me estuve documentando para la película, pensé que podía ser significativo comprobar qué había en la Wikipedia sobre ese período. Y me sorprendió que el artículo que trata sobre la tercera legislatura española, la que va del 86 al 89, estuviera vacío. Creo que ilustra muy bien las maniobras de enmascaramiento que hay detrás de ese ‘no pasaba nada’. Con ‘El futuro’ he querido revisar la noción de que los ochenta fueron eminentemente positivos, cuando en realidad sentaron las bases de la organización civil y política que nos ha llevado al colapso”. Un posicionamiento radicalmente antinostálgico, que duele especialmente a quienes “se arrogaban la superioridad moral de haber traído la democracia a este país, y a los que la crisis económica y política ha dejado al borde de la quiebra de identidad”.

Desde su mismo título, “El futuro” se postula como un diálogo entre pasado y presente, recreando con esmero texturas y colores pretéritos (“para mí no hay mejor elogio que el de las personas que vivieron los ochenta y me dicen que la película se parece a sus recuerdos”), pero retratando una serie de gestos y actitudes que siguen siendo reconocibles: “Los ochenta trajeron a España una forma de experimentar el ocio que se ha mantenido hasta hoy. Por eso, filmar la evasión me permitía hablar al mismo tiempo de esa sociedad y de la mía. Quería crear una especie de burbuja, una fiesta que se eterniza a lo largo del tiempo, con la gente encerrada como en ‘El ángel exterminador’ (Luis Buñuel, 1962)”.

 
LUIS LÓPEZ CARRASCO, Canciones para después de una transición

Desde su mismo título, “El futuro” se postula como un diálogo entre pasado y presente, recreando con esmero texturas y colores pretéritos. Foto: Aída Páez

 

Así, en la pantalla se suceden situaciones y diálogos que parecen pertenecer a un tiempo ambiguo, emparedados entre el triunfal discurso de Felipe González que abre el filme y los desiertos planos del Madrid actual que sirven de epilogo: “La idea original era marcar explícitamente el salto temporal. Que el espectador creyera estar en el 82 y, de repente, un actor sacara un iPhone o hablara de algo muy vinculado al presente. Pero luego me apeteció diluirlo más, y elaboramos una serie de escenas que resultasen anacrónicas. Aunque en el montaje final sí hemos mantenido una conversación en la que se habla de ETA en unos términos que solo pueden ubicarse en los ochenta: básicamente es un sampleado extraído del documental ‘Después de... Segunda parte: Atado y bien atado’ (Cecilia Bartolomé y José J. Bartolomé, 1983), donde un obrero andaluz dice que, si un guardia civil es asesinado por un terrorista, debe considerarse como un accidente laboral, como cuando un paleta cae del andamio”.

“La misión de ‘El futuro’ también pasa por sacar a la luz una serie de canciones cuyas letras me parecen tremendamente elocuentes sobre los procesos subterráneos e inconscientes de desencanto y pesimismo que vivía la juventud española en ese momento”

El diálogo que cita el director es uno de los pocos que se oyen con claridad en todo el filme. Durante la mayor parte del metraje, las voces se escuchan sin respetar la sincronía con la imagen, y el primer término de la banda sonora está dominado por las canciones de Ciudad Jardín, Los Iniciados o Monaguillosh, entre otras formaciones que no parecen haber entrado en la “historia oficial” del pop español: “No queríamos contribuir a una visión melancólica de la música de los ochenta, ni usar melodías que tuvieran demasiadas connotaciones. En ese sentido, la misión de ‘El futuro’ también pasa por sacar a la luz una serie de canciones cuyas letras me parecen tremendamente elocuentes sobre los procesos subterráneos e inconscientes de desencanto y pesimismo que vivía la juventud española en ese momento. Sombras aquí y sombras allá”.

Como si se tratara de la secuela posmoderna que nunca tuvo “Canciones para después de una guerra” (Basilio Martín Patino, 1971), el papel rector que la música desempeña en “El futuro” es un necesario correctivo y un posible modelo para solventar la nula comunicación entre el cine y el pop español contemporáneos: “A mí me encantaría poder emplear música por un tubo, pero el tema de derechos es impracticable para los que manejamos presupuestos ínfimos. Yo agradezco que en ‘Los ilusos’ (Jonás Trueba, 2013) se filme un concierto, que haya relación con la música, como también la hay en las películas de Gonzalo García Pelayo. Creo que el cine español ha estado desconectado del tiempo en que vivía. Cuando era adolescente, recuerdo como un acontecimiento que en ‘Barrio’ (Fernando León de Aranoa, 1998) se escuchara ‘Jesucristo García’ de Extremoduro. Fíjate qué escasez y qué hambre hay en esa anécdota”.

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