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Mad Men, Colores diluidos (T1, T2)

El universo de los trabajadores de cuello blanco de la década de los sesenta en las grandes ciudades de Estados Unidos.

 
 

SERIE TV (2009)

Mad Men Colores diluidos (T1, T2)

Por Joan Pons

Cuando se habla de las mejores series de TV, se discute sobre si es mejor “Los Soprano” o “The Wire”... pero a corta distancia siempre aparece “Mad Men”. Recuperamos este artículo de Joan Pons, escrito cuando se llevaban emitidas las dos primeras temporadas de “Mad Men” (AMC, 2007 y 2008; en España, Canal+, 2008 y 2009), aparente trama sobre publicistas que era mucho más que eso. Como también fue bastante más que “la serie esa en la que se fuma y se bebe tanto”. Esta obra creada por Matthew Weiner se activó como un estudio sobre los primeros síntomas del proceso de decoloración de la utopía norteamericana y del sistema capitalista.

Aunque parezca una obviedad, “Mad Men” es una serie que entra por los ojos. Como si fuera un colirio para la mirada maltrecha del telespectador, la pequeña pantalla despliega a cada nuevo capítulo de esta ficción una gran estrategia de seducción con colores, luces, escenarios, vestuario y rostros de innegable atractivo. La erótica del diseño de producción minucioso. De la estética intachable. Del glamur en alta definición (la cadena AMC la emite directamente en HDD, también aquí en Canal+ HD). Y glamur, además, del de siempre, astutamente retro, del que lucía en los grandes clásicos de Hollywood. Sería de necios no empezar a ver una serie así.

Pero aparte del esplendor de este envoltorio, de este lujo en alta resolución, “Mad Men” no solo rescata la plástica de la era dorada del cine de los grandes estudios, sino también su estándar general de calidad. Y eso incide tanto en el aspecto como en los contenidos. Hace poco, revisando “Eva al desnudo” (1950), apoteosis de la réplica-contrarréplica, me quedé de nuevo maravillado por un guion en el que no se daba puntada sin hilo. Todo lo que dicen los personajes es brillante e intencionado, y todo lo que dice Joseph L. Mankiewickz sobre los personajes, brillantísimo y con más intención todavía. Pues bien, los guiones de “Mad Men” son igual de finos y premeditados. Cada secuencia, cada bloque de diálogo, cada frase es gol. Y, además, también hay una visión, la mayoría de las veces ácida, por encima del discurso de los protagonistas.

En contraste con las total action series (“24”, “Perdidos”, “Prison Break”) en las que pasan muchas cosas pero apenas se dice nada, en “Mad Men” no pasa nada pero nunca se dejan de decir cosas. Calma chicha en la superficie, fuertes corrientes en el fondo. Los tres cuartos de hora –cinco minutos arriba, cinco abajo– de cada capítulo funcionan como un relato corto, una nouvelle, o un medio-metraje (un formato despreciado por el cine al que las series están confiriendo nobleza, relieve y validez) en el que se aborda un conflicto argumental, principalmente psicológico o moral, del que se rebañan todas sus posibilidades dramáticas. Desde la concisión. Desde la exactitud. Dejando a menudo más fuera que dentro. Así que, de acuerdo, “Mad Men” puede que recupere los colores perdidos de aquel Hollywood, pero ante todo rescata su majestad creativa.

 
Mad Men, Colores diluidos (T1, T2)

El sector empresarial tenía que ser el más glamuroso que pudiera encontrarse en la época: una firma del mundo de la publicidad.

 

“EL APARTAMENTO”

Dice Matthew Weiner, creador de la serie, que la idea original de “Mad Men” la empezó a gestar después de leer mucho a J. D. Salinger y John Cheever, y se volvió definitiva tras volver a ver “El apartamento” (1960) de Billy Wilder. Ese era el universo que quería encerrar en la serie: el de los trabajadores de cuello blanco de la década de los sesenta en las grandes ciudades de Estados Unidos. Y se le añadió una particularidad: el sector empresarial tenía que ser el más glamuroso que pudiera encontrarse en la época. Por tanto, la serie tenía que concretarse en una compañía de televisión (y ya había muchas series sobre el tema, siempre amenazadas por el fantasma de la endogamia) o en una firma del mundo de la publicidad. Se eligió la segunda opción. Así que Weiner se inventó Sterling Cooper, una prestigiosa agencia publicitaria como las que había en Madison Avenue de Manhattan, Nueva York. Y de paso acuñó el título de la serie, “Mad Men”, que es como se mal llamaba a los trabajadores del gremio: un triple juego de palabras entre la abreviatura de Madison Avenue, ad men (hombres del anuncio) y mad men (hombres locos).

Las cuitas profesionales y personales entre los socios, el equipo de cuentas, los creativos y las secretarias de Sterling Cooper son la excusa para enjuiciar y mostrar las contradicciones y grietas del sistema de empresa multinacional sobre el que se fundamenta el capitalismo. Este escenario corporativo, dominado por la competencia feroz, la lucha de egos y el sexismo, además tiene como telón de fondo una de las épocas más convulsas de la política y la sociedad norteamericanas (en las dos primeras temporadas de “Mad Men” hemos visto todo lo que va desde el nacimiento del mito Kennedy hasta la muerte del mito Marilyn). Es la era en que el capitalismo necesitaba venderse (período duro de la Guerra Fría, no nos olvidemos) y vender. Vender, vender y vender. La publicidad era la aguja hipodérmica del consumismo, y los publicistas, sus practicantes de traje.

En el coro de encorbatados de los profesionales de Sterling Cooper cuesta, entre tragos de alcohol a cualquier hora y volutas de humo de cigarrillos, diferenciar a unos de otros (un síntoma de alienación empresarial: sé como los demás, haz lo que hacen los otros). Aunque, a medida que avanza la serie, se les conocerá algo más: uno es viscoso y trepa, otro bohemio y casi beatnik, el de más allá es un homosexual reprimido, el otro un escritor tapado... pero hay uno que destaca sobremanera por encima de los demás: el director creativo Don Draper.

 
Mad Men, Colores diluidos (T1, T2)

Don Draper es un personaje absolutamente radiante, admirado y triunfador.

 

“EL GRAN GATSBY”

O debería decir el gran Draper. Parece relativamente obvio que este personaje está inspirado en el canon creado por Francis Scott Fitzgerald en su célebre novela. Como Jay Gatsby, Don Draper es un personaje absolutamente radiante, admirado y triunfador que esconde y huye de un pasado. Es casi un paradigma del éxito individual en Estados Unidos: reinventando su identidad y ocultando en una zona de sombras de dónde viene y cómo ha alcanzado su actual posición.

Profundamente inteligente y enigmáticamente ambicioso, todo él rapidez mental y determinación, Don Draper es un personaje que oculta más cosas que las que enseña, incluso para el espectador (aunque hay que decir que nosotros sí sabemos de sus lances fuera del lugar de trabajo y del hogar). Ahí reside su magnetismo. No obstante, poco a poco, se nos van revelando jirones del misterio Draper. Aunque, ¿soy yo o los flashbacks son lo más flojo de las series de televisión? A menudo son excesivamente sobrexplicativos (pienso en “Dexter”, por ejemplo). Puede que el talón de Aquiles de “Mad Men” sea ese, los reflejos del pasado del personaje interpretado por Jon Hamm. Sin embargo, bien mirado, es excusable: descubrir retazos de su procedencia sirve para que no toda la producción gire en torno al secreto que lo envuelve, para que no sea una serie de un solo personaje.

Otra incógnita interesantísima y significativa: ¿por qué, si la serie reposa sobre un personaje a priori ganador, en la animación saulbassiana de los créditos –con sintonía de RJD2, el tema “A Beautiful Mind” del CD “Magnificent City Instrumentals” (Decon Inc, 2006)– vemos una figura cayendo al vacío desde un edificio? ¿Es esta una historia sobre el auge o sobre el desplome de Don Draper y todo lo que su figura representa? ¿Será porque el éxito profesional y público lleva consigo el menoscabo del éxito personal y privado?

 
Mad Men, Colores diluidos (T1, T2)

La esposa-trofeo, Betty Draper.

 

“MUJERES DESESPERADAS”

El contraplano del Don Draper profesional lo encontramos en el salón de su casa: en el día a día de su matrimonio con una esposa-trofeo, Betty Draper. De hecho, el error en el sistema se aprecia más incluso cuando esta Grace Kelly de los suburbios se queda sola. Habría que dedicar un artículo entero a hablar sobre la ansiedad del ama de casa de clase media-alta en la ficción televisiva reciente. Desde el personaje de Carmela en “Los Soprano” hasta las marujas cool de “Mujeres desesperadas”, pasando por “Weeds” y “Big Love”, muchas series han tenido la crisis existencial de la esposa en una jaula dorada como uno de sus grandes temas. En “Mad Men”, por época, por ética y por estética, se apunta además a un claro referente: Douglas Sirk. También resuenan los ecos de “Vía revolucionaria”, la obra maestra del escritor Richard Yates, hoy otra vez de actualidad gracias a la blanda adaptación a la pantalla de Sam Mendes con “Revolutionary Road”. Como curiosidad hay que decir que Matt Weiner reconoció que si hubiera leído el libro antes de escribir la serie, no la habría hecho, porque duda de que se pueda superar la obra de Yates.

Pero hay otras mujeres en “Mad Men” al margen de las que viven en hogares con todo el confort de colores llamativos que anunciaba la publicidad del sueño americano de los cincuenta y vestían según el new look de Christian Dior. Están las mujeres de oficina de los sesenta, un hábitat extremadamente machista y hasta misógino en el que a lo máximo que se podía aspirar era a ser jefa de planta de secretarias, como el personaje abeja-reina de Joan Holloway, siempre que se accediera antes a complacer la pitopausia de algún jefe.

Aunque, luz al final del túnel en una época de cambios, en “Mad Men” no solo hay mujeres de empresa que lo consiguen todo gracias a su físico (que no deja de ser un encasillamiento y una limitación). Alguna administrativa, como el personaje de Peggy Olson, incluso es capaz de romper el techo de cristal y convertirse en copy (así se llama a los creativos en el mundo de la publicidad) gracias a sus aptitudes profesionales y talento, aunque también a la renuncia radical de tener vida privada (su espejo y mentor es Draper, no hay que obviarlo).

También fascinantes resultan otros casos de personajes que escapan de la ortodoxia, como el de Rachel Menken, la judía heredera (por no haber opción masculina) de un negocio de grandes almacenes, que demuestra ser tan inteligente, capaz e independiente como el hombre más brillante en Sterling Cooper. O sea: como Don Draper. Si el romance entre los dos hubiese prosperado (¿nacieron demasiado pronto para eso?), qué grandes conflictos habría deparado. Pero eso ya sería otra serie.

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