Aunque parezca una obviedad, “Mad Men” es una serie que entra por los ojos. Como si fuera un colirio para la mirada maltrecha del telespectador, la pequeña pantalla despliega a cada nuevo capítulo de esta ficción una gran estrategia de seducción con colores, luces, escenarios, vestuario y rostros de innegable atractivo. La erótica del diseño de producción minucioso. De la estética intachable. Del glamour en alta definición (la cadena AMC la emite directamente en HDD, también aquí en Canal+ HD). Y glamour, además, del de siempre, astutamente retro, del que lucía en los grandes clásicos de Hollywood. Sería de necios no empezar a ver una serie así.
Pero aparte del esplendor de este envoltorio, de este lujo en alta resolución, “Mad Men” no solo rescata la plástica de la era dorada del cine de los grandes estudios, sino también su estándar general de calidad. Y eso incide tanto en el aspecto como en los contenidos. Hace poco, revisando “Eva al desnudo” (1950), apoteosis de la réplica-contrarréplica, me quedé de nuevo maravillado por un guión en el que no se daba puntada sin hilo. Todo lo que dicen los personajes es brillante e intencionado, y todo lo que dice Joseph L. Mankiewickz sobre los personajes, brillantísimo y con más intención todavía. Pues bien, los guiones de “Mad Men” son igual de finos y premeditados. Cada secuencia, cada bloque de diálogo, cada frase es gol. Y, además, también hay una visión, la mayoría de las veces ácida, por encima del discurso de los protagonistas.
En contraste con las total action series (“24”, “Perdidos”, “Prison Break”) en las que pasan muchas cosas pero apenas se dice nada, en “Mad Men” no pasa nada pero nunca se dejan de decir cosas. Calma chicha en la superficie, fuertes corrientes en el fondo. Los tres cuartos de hora –cinco minutos arriba, cinco abajo– de cada capítulo funcionan como un relato corto, una nouvelle, o un medio-metraje (un formato despreciado por el cine al que las series están confiriendo nobleza, relieve y validez) en el que se aborda un conflicto argumental, principalmente psicológico o moral, del que se rebañan todas sus posibilidades dramáticas. Desde la concisión. Desde la exactitud. Dejando a menudo más fuera que dentro. Así que, de acuerdo, “Mad Men” puede que recupere los colores perdidos de aquel Hollywood, pero ante todo rescata su majestad creativa.