Marco Bellocchio siempre ha sido un hombre enfadado. Lo fue cuando era joven y lo sigue siendo ahora, a una edad respetable. Comenzó sobrecogiéndonos, hasta que de repente nos aburrimos de tanto sobrecogimiento y nos olvidamos de él durante varias décadas. Luego le dimos una segunda oportunidad mientras él creía estar dándonosla a nosotros. Y todos hemos salido ganando: Bellocchio, porque al fin se ha dado cuenta de que la epilepsia no es divertida ni elegante, y los espectadores, porque comenzamos a descubrir que incluso la locura puede llegar a sofisticarse.
En “Vincere” (2009), el amor se convierte en un campo de batalla donde nadie gana, aunque unos pierden más que otros. Algo así hace unos años nos lo habría contado por la vía expeditiva, sin trámites, visceralmente; pero el tiempo le ha ayudado a intentar explicarse, a contextualizar una historia tan común y hasta cierto punto banal, para convertirla en algo más. Los personajes son Benito Mussolini e Ida Dalser, un hombre seductor y una mujer seducida; dos locos, cada cual a su manera. Él lo pide todo, ella se lo da; él la abandona, ella lo sigue; él entonces se convierte en una imagen en blanco y negro, tan real como increíble, y ella en una imagen en color, tan irreal como cotidiana. Uno acaba dirigiendo Italia hacia el desastre y la otra acaba en un manicomio, dando forma a una película irrepetible. ![]()


























