Nuestro problema con Martin Scorsese siempre consiste en saber cuál de sus facetas como cineasta nos gusta más: la que le definió hace años como retratista de la desesperación urbana, la que forman sus documentales, la que incluye sus proyectos más personales, la que retrata el crimen organizado, la de humorista sombrío, la de los musicales o la de los encargos.
Casi nadie quiere aceptar su obra al completo, seguramente por sus asombrosas ambiciones y por sus no menos asombrosos logros, difíciles de abarcar. A mí, no obstante, se me ocurre que quizás en todas sus películas hay el mismo afán de trascendencia y exploración moral que alguna gente sólo detecta en sus colaboraciones con Paul Schrader; y también hay el mismo afán innovador y la misma extraña mezcla de géneros. “Infiltrados”, sin ir más lejos, puede que sea un remake de la película “Internal Affairs” (Wai-Keung Lau y Siu Fai Mak, 2002), pero no deja de tener al mismo tiempo el sello de sus obras más personales. Además, sabe ser ocurrente, sórdida y sensual.
La historia gira en torno a uno de los temas favoritos de Scorsese: la intensidad y el dolor que conlleva toda relación. Un policía (Leonardo DiCaprio) se hace pasar por delincuente y un delincuente (Matt Damon) se hace pasar por policía, sin darse cuenta ninguno de los dos de que pronto sus verdaderas identidades comenzarán a disolverse. Entre ambos se encuentra la figura del jefe de una red criminal (Jack Nicholson), quien los considera sus hijos. Pero ¿pueden ellos llegar a ser hermanos? La película muestra a un grupo de hombres divididos por sus respectivas ambiciones, por la lealtad que se deben unos a otros y por sus propias personalidades. Sólo si consiguen liberarse de sus relaciones de dependencia podrán ser ellos mismos. Por desgracia, el precio de toda liberación siempre es la soledad o la muerte, al menos en el mundo de Scorsese. ![]()


























