Ha vuelto. Y con la fuerza de antaño. La que desarboló el panorama literario europeo con “Ampliación del campo de batalla” (1994) y “Las partículas elementales” (1998). En “El mapa y el territorio” (“La carte et le territoire”, 2010), galardonada con el Premio Goncourt, Michel Houellebecq (Réunion, 1956) recupera la mirada de sus primeras novelas y retrata con la precisión de un cirujano la nueva era del vacío en que se encuentra sumida la sociedad del tercer milenio.
Lo hace de la mano de Jed Martin, un artista de éxito casual en torno al que se articula una novela que es, al mismo tiempo, una aguda reflexión sobre el mundo del arte (la aleatoriedad de la fama, la dicotomía precio/valor) y un diagnóstico en tiempo presente del malestar provocado por la decadencia del capitalismo (las magistrales intervenciones del padre de Martin). Pero, además, también da una compleja vuelta de tuerca a la novela posmoderna. Así, Houellebecq lleva a cabo un soberbio tour de force (que incluye una nada complaciente representación de sí mismo) que parece dar la razón a Oscar Wilde en “La decadencia de la mentira” cuando dice que “lo que justifica a un personaje de novela no es que otras personas sean como son, sino que el autor sea como es”.
El misántropo francés despliega un frondoso relato en el que proclama que la forma se ha impuesto al contenido (el mapa y el territorio), pero que al mismo tiempo se rebela contra la situación de manera ejemplar: poniendo al mismo nivel realidad y ficción (las apariciones de Beigbeder o Pernaut), intertextualizando la Wikipedia (absurdas las acusaciones de plagio: la fría información enciclopédica no es creación artística) o dando un giro inesperado para convertir la novela en una intriga policíaca que se mira abiertamente en Thierry Jonquet.
Revolucionario, iconoclasta, necesario. Houllebecq mantiene intacta la lucidez. Por eso sus páginas siguen provocando desazón. Y un inmenso placer literario. ![]()























