Por más de una década, el argentino Pablo Trapero se ha dedicado a hacer equilibrismos sobre la difusa frontera entre el cine de corte social y las derivas de género. Una apuesta que cuajó su mejor resultado en “El bonaerense” (2002), una cruda aproximación al arquetipo del individuo aprisionado en un universo corrupto, en ese caso, el cuerpo de policía de la periferia de Buenos Aires. Siguiendo aquel precedente, “Carancho” nos devuelve a un Trapero volcado en el retrato de unos personajes asfixiados en sus inframundos. Sin embargo, algo ha cambiado: el rigor verista de antaño ha dado paso a un juego un tanto afectado de poses y temperamentos, cercano al revisionismo noir que acometiera Martin Scorsese en los años setenta.
Así, entre atmósferas viciadas, intricados (y coreográficos) planos secuencia y algún exceso de verborrea, toma forma el romance imposible entre Sosa, un picapleitos que se alimenta de las desgracias ajenas (un Ricardo Darín en su salsa), y Luján, una vulnerable enfermera de urgencias (Martina Gusman, pareja y musa del realizador). En resumen, parece claro que Trapero ha encontrado su lugar dentro de los márgenes de un cine popular capaz de aunar oficio y personalidad. ![]()


























