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PAWEŁ PAWLIKOWSKI, Amores y exilios

Exilios en blanco y negro.

 
 

ARTÍCULO (2018)

PAWEŁ PAWLIKOWSKI Amores y exilios

Con “Cold War” –mejor filme en nuestras listas de 2018; Rockdelux 379–, el realizador polaco Paweł Pawlikowski ha alcanzado definitivamente el reconocimiento internacional, algo que ya ocurrió con “Ida”. Quim Casas traza la trayectoria del director de Varsovia, también candidato en la próxima edición de los Óscar.

Tenemos tendencia a contemplar la evolución de cualquier artista como el desarrollo bien pautado de una serie de conceptos y elementos que cristalizan poco a poco en la maduración de un estilo y en la obra definitiva, tras la cual solo queda, por lo general, o bien la repetición o bien un salto al abismo. Pero esta forma de contemplar la carrera de un cineasta sirve de poco al encarar la de Paweł Pawlikowski. “Cold War” aumenta los logros de su anterior filme, “Ida” (2013), pero poco tiene que ver con lo realizado antes por este cineasta polaco (nació en Varsovia en 1957) afincado en Gran Bretaña desde mediados los años setenta.

Todo parece indicar que, tras una etapa inglesa iniciada en 1990 con la realización de varios documentales nada ortodoxos para la BBC –centrados en temas y personajes soviéticos o serbios– y seguida de probaturas en el terreno de la ficción, ha sido el regreso a su país natal lo que ha estimulado definitivamente el sesgo autoral. Es como si el estar en contacto con los lugares y gentes que dejó atrás durante tanto tiempo hubiera obrado en él una especie de revelación, algo que le indicara el camino para pasar de ser un director prometedor a un autor reputado, realizando un radical proceso de mutación estilística.

Sus dos primeros largometrajes están centrados en relaciones y conflictos marcados por el choque cultural: “The Stringer” (1998) relata las relaciones entre un muchacho ruso y una reportera televisiva británica, mientras que “Last Resort” (2000) tiene como protagonista a una joven rusa y madre soltera que es confinada en un centro turístico inglés convertido en insólito lugar de acogida para refugiados.

Su tercer filme, “My Summer Of Love” (2004), ya accedió a un festival importante, el de Berlín. Ni en tema ni en forma guarda mucha relación con los dos anteriores. Es la historia de amistad y atracción entre dos chicas (Natalie Press y Emily Blunt), con escenas extrañas que visualizan anhelos más que realidades, como la del baile a ritmo de la hipnótica “Lovely Head” de Goldfrapp. Con “La mujer del quinto” (2011) volvió a los personajes desubicados en contextos geográficos y sociales que no son los suyos –un escritor estadounidense que intenta recuperar en París la estima de su esposa e hija–, ahora con producción francesa y reparto conocido (Ethan Hawke y Kristin Scott Thomas), pero el resultado es un reflejo pálido y demasiado evidente de las intrigas psicológicas de Roman Polanski.

Tras la muerte de su primera esposa, Pawlikowski regresó a Polonia con sus dos hijos. El cambio ha sido drástico. Ha abandonado el color, los montajes sincopados, los efectos de cámara y los argumentos ambientados en el tiempo presente, aunque mantiene el interés por los amores fracturados y el exilio, sea interior o exterior.

Su estética se ha vuelto más pura y austera. Con el empleo prodigioso del blanco y negro digital y el formato cuadrado 4:3, dejando mucho aire por encima de la cabeza de los personajes, recupera el estilo de filmar de buena parte del cine polaco de los años sesenta, época en la que, además, ubica sus relatos en un duro y a la vez luminoso ejercicio de memoria histórica. “Ida”, sobre una novicia que antes de tomar los hábitos descubre su pasado familiar durante el Holocausto, ganó el Óscar a la mejor película de habla no inglesa, y “Cold War” le reportó a Pawlikowski el galardón al mejor director en el último festival de Cannes.

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