Insólita desde el principio, “La piel que habito” se inicia con una indicación que nos sitúa en Toledo en el año 2012. Una anticipación en el tiempo demasiado cercana para calificar el filme de futurista, pero que señala la delimitada aproximación al cine de género de la nueva película de Pedro Almodóvar. “La piel que habito” coquetea con el fantástico, el terror, la comedia típicamente almodovariana, el drama noir e incluso la ciencia ficción. Todo en la justa medida que permite al cineasta manchego cumplir con el objetivo que persigue desde los últimos años: dirigir un grandioso melodrama bigger than life, en este caso una historia de amor y venganza cuya concepción extrema desborda los límites habituales del género para precisamente acabar inundando los otros.
En “La piel que habito” conviven dos intenciones no necesariamente excluyentes. Por un lado, el cineasta trabaja con ese perfeccionismo estético que caracteriza cada vez más sus películas. Almodóvar consigue crear una atmósfera fría y al mismo tiempo siniestra y enfermiza, expresión de la personalidad del protagonista que encarna Antonio Banderas, donde la belleza y el erotismo deben sobrevivir encapsulados. Por el otro, la película transmite la sensación de que el director ha encarado la obra con una ambiciosa libertad: “La piel que habito” lleva más allá las constantes reconocidas y aceptadas del cineasta (por ejemplo, su visión de la transexualidad un paso por delante de lo políticamente correcto), aceptando el riesgo de dejar fuera a parte de sus espectadores habituales.
Apasionante e imperfecta, la grandeza de “La piel que habito” se resume muy bien en esa escena final simple y hermosa, llena de emoción y extrañamiento. Pedro Almodóvar ha tenido claro que hace falta bordear el abismo del ridículo para alcanzar lo sublime. ![]()


























