Siete años ha tardado Peter Weir en ofrecer algún tipo de continuación a su excelsa “Master And Commander. Al otro lado del mundo” (2003). Como entonces, lo encontramos empeñado en restituir la dignidad de un cine de aventuras en el que la peripecia externa es el apéndice visible del viaje interior de los personajes y la forma de confrontarlos con sus límites, sus contradicciones, la urgencia de concretar sus potencialidades.
Esa hondura en el retrato de paisajes humanos se concreta esta vez en la puesta en escena de la huida de un grupo de prisioneros de un gulag soviético que en 1941 cruzó cinco mil kilómetros de taiga, estepa, desierto y alta montaña para escapar de la pesadilla estalinista. La tiniebla del lugar al que fueron degradados a menos que hombres y el heroísmo de su escapada es tan evidente que Weir tiene el gusto de no resaltarlo más de lo imprescindible: adopta para ello un modo de narrar muy elíptico, un trazo impresionista aunque lleno de profundidad y un tono general neutro que permite mejor que cualesquiera otros más enfáticos el fluir de la épica.
Cierto que “El camino de vuelta” (2010) no puede plantear esos dilemas entre deberes contraídos con los ideales y deberes hacia los compañeros de travesía, leyes humanas y naturales, que hacía tan rica a su predecesora –a fin de cuentas, nadie discutirá que el gulag es uno de los sumideros definitivos de nuestra historia reciente– y que no llega a la estilización tan bella como verosímil de aquella; que incluso se recrea un poco y se arrima a lo inspiracional en su último cuarto de metraje, pero incluso así alcanza la objetividad y unidad de un gran estilo que lo acerca nuevamente a autores como Herman Melville y Joseph Conrad en vez de al escuálido e infantilizado cine de aventuras del Hollywood moderno. Y que dispongamos de un cineasta capaz de hacer filmes tan adultos y densos en valores sin pontificar ni aburrir no es decir poco. ![]()


























