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PHILIP GLASS, Palabras sin música. Memorias
 

LIBRO (2017)

PHILIP GLASS Palabras sin música. Memorias

Malpaso

Las autobiografías, como la historia, las escriben los vencedores, y eso hace que muchas veces los recuerdos de una vida acaben convirtiéndose en un sutil ajuste de cuentas. Philip Glass no es el tipo de persona en la que presumiríamos un afán vengativo: parece un hombre afable, de esos que nunca dirías que ocultan un puñal bajo la manga. Pero leyendo estas quinientas páginas de anécdotas entretenidas y observaciones sobre los motivos que lo han llevado a hacer su música, tan alambicada y repetitiva, es fácil tener la sensación de que Glass ha buscado decir la última palabra y reclamar su relevancia ante quienes le ningunearon al comienzo de su carrera.

En cierto modo, “Palabras sin música” (“Words Without Music. A Memoir”, 2015; Malpaso, 2017) explica una historia genuinamente norteamericana: la del hombre de orígenes humildes, hecho a sí mismo, que acaba superando las adversidades. Glass nació en una familia musical, aunque no erudita –su padre tuvo una tienda de discos, escuchaba rhythm’n’blues por la radio, aprendió a tocar la flauta muy pronto–, pero su ingreso en el círculo académico fue sin pedigrí. Su paso por el conservatorio y por las clases de composición se resolvieron a base de esfuerzo y tesón; antes de poder aspirar a vivir de la música –es la historia ya conocida–, se ganó la vida manejando grúas y conduciendo taxis. Tuvo a casi todo el establishment de la música clásica en su contra, pero finalmente se salió con la suya.

Todo el libro suena a una versión ampliada de la anécdota que refiere muy al principio, cuando Aaron Copland 
–en un curso de verano del año 1960– cuestionaba la corrección de una de sus primeras composiciones. “Por una vez”, dice, “yo llevaba razón”. Lo que vino después ya se conoce: Glass lideró la escena minimalista de Nueva York en los setenta, renovó la ópera del siglo XX y estrechó los vínculos entre el cine y la música de vanguardia. Se siente orgulloso y así lo manifiesta. Invirtiendo el aforismo de Jardiel Poncela, no ha esperado a morirse para recibir los mayores elogios: ha preferido escribirlos él mismo.

(Se puede leer un extracto del libro aquí)

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