Quentin Tarantino realiza, a su manera, una labor altamente pedagógica por lo que a los géneros, subgéneros o variantes genéricas populares se refiere. Ya pueden aparecer diez, quince, cincuenta críticos empeñados en demostrar las virtudes del cine exploit puro y duro, las películas de artes marciales, el spaghetti western, el eurobélico, el peplum, la serie B más casposa y todos los filmes juntos de Pam Grier en su tremenda época blaxploitation, pero lo que lograrán con sus textos reivindicativos nunca podrá tener el alcance de lo que consigue Tarantino cada vez que coge uno de estos géneros, le saca brillo posmoderno y realiza una película que es su particular homenaje-revisión-collage a una de estas especialidades durante tantos años apartada de la “alta cultura” en materia cinematográfica. Alguien debería hacer lo mismo en el cine más radical, el de los Straub, Pedro Costa o Raya Martin; quizás estos, ante el déficit pedagógico del que adolecemos los críticos de cine, necesitarían también que apareciera alguien que los filtrara y estimulara así el interés del público que les da la espalda. Tarea difícil, porque Tarantino se maneja con las convenciones del espectáculo en su sentido más lúdico y directo, y su gancho es entonces mayor. De todos modos, otros cineastas han intentado la misma aventura (Tim Burton con “Ed Wood”) y han tenido menos éxito.
Lo hizo con el blaxploitation en “Jackie Brown” (1997), aunque su óptica fue mesurada: más que un filme devoto, era una reflexión sobre esta variante genérica del thriller. Lo que resulta evidente es que la aparición de aquel filme generó nuevas oleadas de simpatía para un tipo de cine que vivía en el gueto de los ya convencidos, saliendo a la luz numerosos aspectos (sociales, políticos, musicales) que han cristalizado en los últimos tiempos en la publicación de libros, reivindicaciones de cineastas (Melvin van Peebles) y recopilaciones de bandas sonoras. La apuesta por el cine de artes marciales fue más voraz en “Kill Bill” (2003-2004), donde además del kung-fu y el golpe del mono borracho, se dieron cita también el manga, el anime y los yakuzas. “Death Proof” (2007) mostró también su vertiente más manierista: los saltos de imagen, raspaduras en el fotograma y desenfoques eran intervenciones directas para situarnos en la fabulación de un tiempo pretérito (los exploit setenteros) en el que el cine se consumía de otra forma.
Desde que se estrenaron estas películas, los no convencidos, los arqueólogos de nuevo cuño y los curiosos han buceado en los orígenes que inspiraron a Tarantino, saliendo así a la luz películas olvidadas, denostadas y martirizadas por el paso del tiempo y los gustos imperantes. El caso de “Malditos bastardos” (2009) es el más evidente, actuando como una caja de resonancia que ha permitido un revival del filme italiano en el que más se inspira, “Aquel maldito tren blindado” (Enzo G. Castellari, 1978), hasta el punto de que ha vuelto a exhibirse con honores de estreno. 