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RICHARD PRICE, El chico más pálido de las calles del Bronx

Autor de “The Wanderers” y “Clockers” y de los guiones de la película “El color del dinero” y del vídeo “Bad” de Michael Jackson.

 
 

ENTREVISTA (2010)

RICHARD PRICE El chico más pálido de las calles del Bronx

Por Kiko Amat

“La vida fácil”, de Richard Price, mantuvo el rechazo del autor a hablar con la voz de su amo. Price es un veterano escritor con instinto callejero, alma de arrabal, brutal conocimiento del “hood” y, como demostró su trabajo en la serie “The Wire”, el único blanco de clase media que puede decir “y’all” sin que la gente se muera de risa y empiece a lanzarle palomitas. Kiko Amat se rindió ante él en esta entrevista.

Esta vez me ha tocado. Me ha tocado ser el último entrevistador de la mañana, quiero decir. No es que eso me asuste, pero soy consciente de que Richard Price (Nueva York, 1949) lleva hablando con periodistas desde hace dos horas, con motivo de la presentación de “La vida fácil” (2008; Mondadori, 2010). Para él solo soy uno más en la fila de lechuguinos titubeantes que llevan media mañana incordiándole con preguntas intrusivas sobre “The Wire”, la serie de HBO basada en el submundo criminal de Baltimore para la que Price ha escrito varios episodios. Por fortuna para ambos, no me interesa tanto “The Wire”. Y aunque se diese el caso de que sí, no se lo preguntaría. ¿Soy tonto?

Cuando llega mi turno, me siento frente a él. Su cara está hecha de rasgos tan exagerados que parece un dibujo de Basil Wolverton para la revista satírica ‘Mad’. Con perdón. Pero Price es un señor amable, y sonríe de una manera que provoca cariño automático en el interlocutor, como intentando cancelar la sonrisa. Un conversador agradable y entusiasta que, con su bonhomía y risa tapiada, casi provoca que olvides su autoría de “The Wanderers” (1974; adaptada al cine por Philip Kaufman en 1979), de “Clockers” (novela de 1992 y guión del filme de Spike Lee de 1995) y de los guiones de la película “El color del dinero” (Martin Scorsese, 1986) y el vídeo “Bad” (Martin Scorsese, 1987) de Michael Jackson.

“‘The Wanderers’ era un libro emocionalmente realista, pero en todo lo demás su tono era... Como si los protagonistas se emborracharan veinticinco años después de los hechos y empezaran a deslizarse por la senda de la memoria. Ese es su armazón: la reminiscencia deformada por el alcohol, el realismo mágico, la nostalgia, el pasado reinventado. Ese tipo de magia todavía perdura en mis libros, pero creo que se muestra exclusivamente mediante el lenguaje. En todo lo demás, me concentro en lo que de veras está sucediendo”

Uno de mis héroes, Nelson Algren, definió su prosa como “reportaje emocional”: algo parecido al periodismo, pero con compasión. Muchos de tus libros podrían definirse igual: documentales sobre submundos a los que has añadido emociones. Nunca había oído esa definición: reportaje emocional (lo pondera un segundo). Me gusta. Tienes que entender que publiqué mi primer libro, “The Wanderers”, a los 24 años. Mi vida era el único tema sobre el que podía escribir. Había pasado de ser un chico de las casas baratas del Bronx a universitario y, de golpe, temí que mi pasado se perdiera para siempre. En ese sentido, “The Wanderers” es, de una forma muy profunda, un libro de recuerdos. Lo que sucedió es que traté de replicar esa forma de trabajar en mi segunda obra“Bloodbrothers” (1976)–, y luego en la tercera y cuarta. Para cuando llegué a este me sentía completamente quemado como escritor: solo podía trabajar en parámetros de autobiografía, pero ya no tenía nada sobre lo que escribir. Estaba a punto de empezar a hablar de lo que había desayunado aquella mañana, así que lo dejé y me puse a trabajar de guionista. Aquello me volvió a dar distancia. Me di cuenta de que tu escritura no es el hermano siamés de tu vida, y empecé a hacer reportajes. Abracé ambientes que eran completamente desconocidos para mí: el mundo de los media, la subcultura del crack... Aprendía algo nuevo cada día, y a la vez aquello me daba una nueva razón para escribir.

En ese cambio de dinámica, quizá lo más perceptible es la desaparición de la mitología. “The Wanderers” estaba cerca de Hubert Selby Jr. o Algren, escritores muy emotivos y viscerales, pero poco a poco has ido evolucionando hacia una mirada más sobria. En efecto, el mito ha saltado por la ventana. “The Wanderers” era un libro emocionalmente realista, pero en todo lo demás su tono era... Como si los protagonistas se emborracharan veinticinco años después de los hechos y empezaran a deslizarse por la senda de la memoria. Ese es su armazón: la reminiscencia deformada por el alcohol, el realismo mágico, la nostalgia, el pasado reinventado. Ese tipo de magia todavía perdura en mis libros, pero creo que se muestra exclusivamente mediante el lenguaje. En todo lo demás, me concentro en lo que de veras está sucediendo.

Leyendo “La vida fácil” salta a la vista que no te interesa el misterio. El criminal se desvela muy temprano en la trama, que se sostiene en el detalle y el perfil humano de los personajes. Viendo la cantidad de información sobre el mundo policial que exhibes, es lícito pensar que –como decías– esto no proviene de tu imaginación. No. Con “La vida fácil” pedí permiso a la policía para que me permitieran acompañar a los agentes y detectives en sus rondas. Conocí a muchísimos policías y, del mismo modo, también a muchos “crackheads”. Digamos que con los segundos es algo más difícil mantener una relación de toma y daca. La promesa “Te veré aquí mañana a las cinco” no tiene especial valor para ellos.

El personaje de Berkowitz representa al típico detective bocazas y sarcástico que abunda en la novela negra. Dicho esto, la mayoría de policías que yo he conocido se parecen más a los dos pasmas de la película “Supersalidos”: ceporros, simplones y patológicamente incapaces. ¿Existe de veras el poli mordaz? (Se ríe) Sí, claro. Si tu trabajo es estar en la calle, allí es donde se forja tu sensibilidad y modales, pero eso no quita que no seas inteligente. De hecho, si lo eres, en ningún sitio se agudizarán más tus reflejos que en la calle. Dicho esto, algunos polis son más tontos que postes telefónicos, tienes razón.

 
RICHARD PRICE, El chico más pálido de las calles del Bronx

“Lo que más me gusta es el soul y el rhythm’n’blues guarro y grasiento del ‘chitlin’ circuit’. La Tamla Motown me parece demasiado pulida, demasiado producida”. Foto: Inma Varandela

 

Me intriga saber hasta qué punto el mundo criminal se retroalimenta con la visión que la cultura popular tiene de él. En “Gomorra” cuentan cómo los chavalines de la camorra disparan torcido a lo gangsta. Los ejemplos son legión. Cuando salió “Scarface”, todos los camellos se cambiaron el nombre y empezaron a hablar como Tony Montana, incluso a vestir como él. Todos los grandes nombres del submundo cambiaron tras “El padrino”, “Uno de los nuestros” y “Los Soprano”. Es inevitable. Cuando escribí “Clockers”, la palabra “clocker” no existía; yo la inventé. Ahora forma parte de la jerga de la droga americana.

El concepto de la redención es clave en tus novelas. Tanto el Ray Mitchell de “El samaritano” (2003; RBA, 2004) como el Eric Cash de “La vida fácil” acaban buscando que les peguen una paliza (y lo consiguen) porque creen que eso limpiará su culpa. Es cierto. Michael Chabon dijo en una crítica que en mis libros siempre había algún chaval blanco, siempre era blanco, que iba pidiendo a gritos que le dieran una buena tunda, y finalmente alguien accedía a dársela. Supongo que estos personajes intentan ser buenos de alguna forma, y que les pateen es una manera de redimirse ante la gente que han dañado por acción o inacción.

“Michael Chabon dijo en una crítica que en mis libros siempre había algún chaval blanco, siempre era blanco, que iba pidiendo a gritos que le dieran una buena tunda, y finalmente alguien accedía a dársela. Supongo que estos personajes intentan ser buenos de alguna forma, y que les pateen es una manera de redimirse ante la gente que han dañado por acción o inacción”

Jim Dodge dijo que el contraste entre él y Hunter S. Thompson era que sus personajes, a diferencia de los de Thompson, intentaban ser buenos de alguna forma; incluso si fracasaban en el intento. Tus personajes parecen igualmente compasivos y capaces (tras un aprendizaje magullador) de realizar buenos actos. Bueno, yo me centro en una contradicción que es inherente en la gente. Si alguno de mis personajes es muy bueno en algo, también tiene que ser muy malo en otra cosa. La gente es así, y hay que saber separar al ser humano del acto en el que se involucra. Sea la venta de heroína o el asesinato a sueldo, hay un humano detrás. En cualquier caso, un personaje no es interesante si no está hecho unos zorros.

Pero tú, además, tomas partido. Te alineas con los más desvalidos, por norma. Formo parte del viejo dictado del liberalismo norteamericano que dice que siempre debes simpatizar con el débil y con aquel de quien han abusado. Eso también incluye a algunos policías, con los que simpatizo en algunos casos. Sería muy fácil decir que todos son fascistas, pero no es así.

Prometí que no preguntaría nada de “The Wire”, pero mis amigos amenazaron con quemar mis plantaciones si no accedía a hacerlo. Tanto la visión crítica de los medios como el comentario político sobre la gentrificación o los efectos de la pobreza indican que puede hacerse una cierta lectura filomarxista de la serie. ¿Sí? Podrías verlo así. En concreto, respecto a los medios, está claro que se concentran en lo que va a hacerles vender periódicos, no necesariamente en la parte verdadera de la noticia. El periodismo es una industria en pleno hundimiento: cada día contratan menos publicidad y están perdiendo la batalla frente a internet. Por consiguiente, los directores de periódicos están desesperados. Son como productores cinematográficos: solo les interesa qué parte de la historia venderá más. ¿Será la vida de los “homeless” que mueren en el filme? ¿O será el crimen sangriento? El trabajo de los periodistas sería hacer que la gente se preocupara por lo que sucede, pero nunca es así.

En mis entrevistas a escritores siempre termino con una pregunta musical. En tu caso es bastante sencillo: “La vida fácil” tiene una banda sonora de Skatalites, Chi-lites y más. Y “The Wanderers”, por supuesto, está llena de doo-wop y rhythm’n’blues. Quisiera preguntarte cuáles son tus géneros o cantantes favoritos. Lo que más me gusta es el soul y el rhythm’n’blues guarro y grasiento del “chitlin’ circuit”. La Tamla Motown me parece demasiado pulida, demasiado producida.

(Simulando agravio) La Tamla Motown es un regalo de Dios a los humanos. (Se ríe) No, claro; también me gusta. Cuando era un niñato, en el Bronx, por treinta y cinco centavos podías ver a todos los artistas de la Motortown Revue. Era muy fan. Estuve en el camerino con Marvin Gaye cuando tenía 23 o 24 años. Lo mismo con Little Stevie Wonder, que era aún preadolescente cuando lo conocí. También estuve con los Miracles, con los Spinners... (se interrumpe y sonríe). Una noche, Mary Wells me sacó del público para que cantara con ella “Two Lovers”. Lo hizo para avergonzarme, con cariño, porque yo era el único chaval blanco de todo el teatro. 

Jesús. (Sacando “The Wanderers” de la bolsa y plantándolo bajo sus narices) ¿Puedes firmarme esto, por favor? Cómo no.

Y escribe: “For Kiko: Rock On. Richard”.

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