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ROBERTO BOLAÑO, El planeta de los monstruos

Se instaló en Blanes (Girona), y su gran salto llegó con la publicación de “Los detectives salvajes” (1998), que obtuvo los premios Herralde y Rómulo Gallegos.

 
 

ARTÍCULO (2005)

ROBERTO BOLAÑO El planeta de los monstruos

El verano de 2003 nos dejó sin Roberto Bolaño, el mago chileno que encontró su destino en la población catalana de Blanes. Autor “maldito”, fabulador incontinente y firmante de dos de los monumentos literarios más imprescindibles de la narrativa reciente: “Los detectives salvajes” (1998) y “2666” (2004). De escritor a escritor: Rodrigo Fresán trazó en este artículo una semblanza de Bolaño repasando los momentos clave de su trayectoria, que desembocaron en su última gran obra, la inconmensurable “2666”, escogido mejor libro del año en el Rockdelux 225.

Unos pocos datos... Roberto Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953. En 1968 se trasladó con su famila a México. En 1973 regresó a Chile; se opuso activamente a la dictadura y acabó en prisión, de donde salió cuando un policía lo reconoció como compañero de adolescencia. De nuevo en México, participó en el movimiento poético de los infrarrealistas. Pasó luego por El Salvador y en 1977 llegó a España. En Barcelona vivió de oficios como descargador de barcos, camarero o vigilante de un camping, y desde 1980 encontró ingresos en pequeños concursos literarios. Se instaló en Blanes (Girona) con su mujer, Carolina López, y su gran salto llegó con la publicación de “Los detectives salvajes” (1998), la novela con que obtuvo los premios Herralde y Rómulo Gallegos. Desde entonces, y mientras esperaba un trasplante de hígado, escribió sin tregua hasta el final de sus días, hasta completar “2666” (2004). Falleció el 15 de julio de 2003 en un hospital de Barcelona. 

UNO. Casi al final de “Estrella distante” (1996) –el primer libro de Roberto Bolaño que leí–, me encontré con una frase que me impresionó y me sigue impresionando mucho. Allí se lee: “Esta es mi última transmisión desde el planeta de los monstruos”. Recuerdo que entonces, sin conocerlo, no pude evitar imaginarme a Bolaño como una suerte de DJ en órbita, sin optimismo ni esperanza –como en “Dr. Bloodmoney”, esa novela de Philip K. Dick que se contaba entre sus preferidas–, transmitiendo para los monstruos que se arrastraban sobre la faz de la Tierra. Monstruos a secas. Monstruos monstruosos librando batallas que abarcaban generaciones y continentes y que masacraron a los miles de jóvenes que invoca con prosa de espiritista Auxilio Lacouture al final de “Amuleto” (1999) o atormentan como fantasmas al sacerdote Sebastán Urrutia Lacroix al final de “Nocturno de Chile” (2000). Bolaño no como el Kurtz de Conrad sino como el Kurtz de Coppola; o, mejor dicho, como el Kurtz de Brando. Alguien que ordena que arrojen las bombas y que exterminen a todos para así preservar la memoria coral de esas jóvenes multitudes épicas y desaparecidas que van siendo bautizadas a lo largo de los libros de Bolaño con diferentes nombres: “los sudacas voladores”, “los niños más lindos de Latinoamérica”, “los jóvenes envejecidos”, “los perros románticos”, “los veteranos de las guerras floridas”, “los monstruos”, “los detectives”, “los detectives helados”, “los detectives latinoamericanos”, “los detectives perdidos”, “los detectives abrumados” y, por fin, el definitivo “los detectives salvajes”.

Y “2666” es la última y atronadora pero afinada transmisión y caminata en la que Bolaño se transforma en una especie de Cesárea Tinajero –la poetisa buscada en “Los detectives salvajes”– o de Benno von Archimboldi (el escritor perseguido en “2666”) y convierte a sus lectores en nuevos realistas viscerales, en flamantes archimboldianos. Porque todos los libros de Bolaño –de un modo u otro, con amor o con espanto– siempre apuntan y disparan y dan en el blanco de lo mismo: a la hora de la verdad, el escritor siempre es el verdadero héroe y el único destino posible de toda peregrinación santa o sacrílega. “2666” es el sitio al que llegó Bolaño y al que ahora invita a sus lectores a que le sigan. Es un viaje largo, pero, como sucede con las mejores travesías, avistado el puerto del final descubrimos que hemos ganado tiempo en lugar de perderlo.

DOS. Y se me ocurre que la lectura de “2666” es consecuencia de la escritura de “2666”. Me explico: la escritura nocturna y lanzada al abismo de “2666” –Bolaño jugando una carrera contra todo, noche tras noche, por alcanzar la última página de su novela antes del último amanecer de su vida– opera en el lector causando un efecto similar. No importa la hora que sea; cuando se lee a Bolaño, uno no demora en rendirse a una suerte de trance entre sonámbulo e insomne.

 
ROBERTO BOLAÑO, El planeta de los monstruos

En Barcelona vivió de oficios como descargador de barcos, camarero o vigilante de un cámping, y desde 1980 encontró ingresos en pequeños concursos literarios. Foto: Jerry Bauer

 

En “2666” la prosa de Bolaño cautiva más que en ninguno de sus otros libros, porque de lo que aquí se trata es de conseguir una suerte de summa artística, de todo armónico y al mismo tiempo disfuncional donde lo que se persigue y se alcanza no es otra cosa que una teoría del mundo, de todo el mundo contenido en una voz que bien podría ser –así lo hacen pensar varias anotaciones a las que alude el crítico y albacea literario Ignacio Echeverría en la nota que cierra la novela– la de Arturo Belano, protagonista de “Los detectives salvajes” y supuesto álter ego de Bolaño. En alguna conversación, como al pasar, Bolaño se confesó tentado por la idea de que Belano acabara como una suerte de eternauta viajando a través del espacio y transmitiendo desde el futuro. Y digo supuesto álter ego porque me parece que, con Belano, Bolaño consiguió algo mucho más interesante que el habitual disfraz que utiliza un escritor para convertirse en personaje. Se me ocurre que, tal vez, Belano sería igual a Bolaño si Bolaño hubiera optado por ser Belano y no por ser el Bolaño que acabó escribiendo a Belano. Algo así. ¿Está claro? ¿Sí? Creo que no. Bueno, lo siento.

TRES. En cualquier caso –otro punto que me parece interesante–, Belano es más un protagonista/espejo que otra cosa. En Belano suelen proyectarse segundos y terceros y multitudes y generaciones. Con esto quiero decir también que Bolaño fue el escritor menos auto-fabulador que he conocido (más allá de que contara con un amplio y convulso historial para construir en vida su propia leyenda, en caso de que esto le hubiera interesado). No hay muchos así: Bolaño era todo un personaje; pero poco y nada hablaba de su historia, de su pasado, de lo que había vivido y por lo que casi había muerto. A veces se le escapaba algo en una entrevista, y yo, después de leerla, lo llamaba para preguntarle sobre eso, y Bolaño cambiaba de tema y a otra cosa. A Bolaño le divertía mucho más fabular sobre los demás. Inventarse historias, hipótesis, teorías conspirativas abarcando desde los concursantes de ‘Gran Hermano’ hasta la posibilidad de que Bin Laden fuera un holograma generado en los laboratorios de una agencia de seguridad norteamericana.

Esta vocación por la conjura está claramente estipulada en todos sus libros, en su visión de una realidad alternativa, en un presente que a veces sospechaba como escrito desde el mañana: desde el imposible año/cementerio “2666”, donde ya no todos serán famosos por quince minutos, sino que quince minutos será todo lo que habrá para justificarse, para hacerse acreedor a una lápida noble. En cuanto a Bolaño, el futuro era el exilio definitivo y el exilio posiblemente sea El Tema de la obra de Bolaño; pero a no confundirse, por favor: el exilio NUNCA fue la estrategia de Bolaño como escritor. Y eso no solo lo honra, sino que es lo que lo hace tan diferente de los demasiados autofabuladores. Como la esquiva Cesárea Tinajero en “Los detectives salvajes” y como el escurridizo Benno von Archimboldi en “2666”, Bolaño se mitificaba desapareciendo y adquiere ahora la materia de los sueños que tanto disfrutaba “viviendo” para después contártelos. Su vida onírica era inusualmente poderosa. Allí, creo, seguía escribiendo. Bolaño te llamaba por teléfono y te contaba sus sueños durante horas, hasta el más mínimo detalle y textura. Y es esta textura soñada la que se instala en la realidad de las ficciones de Bolaño. En sus novelas como sueños despiertos, donde todo puede suceder con el latido de epifanías largas y en cinemascope.

Supongo –se me ocurre ahora– que uno de los momentos más importantes y secretos de la historia de la humanidad tuvo lugar cuando un hombre antiguo anunció y convenció a sus contemporáneos de que los sueños no eran otra vida igual de verdadera que la diurna, sino, simplemente, una catarsis delirante y una purga necesaria con los ojos cerrados. Bolaño escribía de noche y dormía poco y soñaba mucho y no estoy del todo seguro de que este hombre antiguo pero revolucionario hubiera podido convencer entonces a Bolaño. En las novelas de Bolaño la vida no es sueño: los sueños son la vida. Ese lugar de pesadilla donde nos perdemos para poder encontrarnos y, si hay suerte, acabar convertidos en buenas historias. La literatura como investigación sonámbula.

Ahora ha llegado el momento de que los valientes soñadores busquen –y encuentren– a Bolaño sonando en todas esas transmisiones desde ese planeta de los monstruos que, sí, es y fue y será, siempre, el nuestro. Y que, gracias a él, hoy goza del consuelo de estar mucho mejor escrito de lo que jamás lo estuvo.

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