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ROBERTSON DAVIES, El ilusionista canadiense

Rescatada la más célebre producción literaria de Davies, la trilogía Deptford, aclamado tríptico sobre el que se desploman el realismo, la magia, el simbolismo y los arquetipos jungianos.

Foto: Harry Palmer

 
 

ARTÍCULO (2007)

ROBERTSON DAVIES El ilusionista canadiense

Siempre clásico, siempre moderno. Con la “Trilogía de Deptford”, publicada entre 1970 y 1975, Robertson Davies (1913-1995) arrastró (y arrastra) a batallones de lectores atrapados en sus redes de narrador mágico y torrencial. Genio redescubierto y uno de los últimos grandes escritores del siglo XX, con “El quinto en discordia” (1970; en España, 2006) consiguió alzarse con el premio al mejor libro del año en el Rockdelux 247. David Morán trazó esta semblanza del ilusionista canadiense.

“Al morir Robertson Davies en 1995, sus lectores se preguntaban si no haber sido nunca un best seller mundial pudiera deberse a que se comportó siempre como un escritor de civilización, algo que no es exactamente lo mismo que tener un buen sastre, saber usar cualquier elemento de cubertería o ceder el paso a las damas en la hora final del Titánic”. Lo apunta el periodista y escritor Valentí Puig en el prólogo de “El quinto en discordia” (1970; Libros del Asteroide, 2006) y lo suscribe la elegancia con que el canadiense Robertson Davies (Thamesville, 1913-Orangeville, 1995) y su obra han soportado las acometidas del olvido. Civilizado y elegante hasta en el más allá, ha pasado más de una década tendido bajo tierra a la espera de que su nombre, paradigma del autor con marchamo de clásico en su país y sempiterno desconocido por estas latitudes, cruzase por fin el Atlántico para deslizarse ladera abajo por la montaña de novedades y apuestas de temporada que atenazan la industrial editorial.

Dos novelas tardías, “Asesinatos y ánimas en pena” (1991; Destino, 1996) y “Un hombre astuto” (1994; Destino, 1996), eran hasta no hace mucho las únicas huellas que permitían seguir el rastro en castellano de un escritor al que, lo que son las cosas, se le puede leer en veinte idiomas diferentes, pero sigue siendo prácticamente inédito en España. O así era hasta que Libros del Asteroide, editorial barcelonesa especializada en agujeros negros, causas perdidas y grandes obras que, por uno u otro motivo, no han llegado a pasar por las librerías españolas o lo han hecho de puntillas y en versión original, decidió rescatar la más célebre producción literaria de Davies poniendo en circulación la trilogía Deptford, aclamado tríptico sobre el que se desploman el realismo, la magia, el simbolismo y los arquetipos jungianos y del que ya se han publicado “El quinto en discordia” y “Mantícora” (1972, Libros del Asteroide, 2006). “World Of Wonders” (1975), la última entrega de la saga, está prevista que aparezca en 2007. La operación rescate comienza ahora a recoger sus primeros frutos: “El quinto en discordia”, cima creativa del autor canadiense, ha recibido recientemente el premio Llibreter, galardón concedido por el Gremio de Libreros de Barcelona y Cataluña.

Otras dos trilogías y una cuarta inconclusa completan el capital narrativo de un autor que gustaba de construir la ficción como carreras de relevos donde los personajes se van pasando el testigo y tejen historias que, agrupadas de tres en tres, saltan de las pinceladas humorísticas de la trilogía Salterton –“Tempest-Tost” (1951), “Leaven Of Malice” (1954) y “A Mixture Of Frailties” (1958)– a las reflexiones de madurez de la trilogía Cornish –“The Rebel Angels” (1981), “What’s Bred In The Bone” (1985) y “The Lyre Of Orpheus” (1988)–. En todas aparece la sombra del narrador clásico capaz de abrazar la modernidad desde la fidelidad a la tradición, el escritor lúcido y virtuoso, el sólido arquitecto de relatos absorbentes, el fino estilista del comportamiento humano cuya devoción primeriza por Freud se vio pronto sustituida por la admiración a la hipótesis arquetípica de Jung. “Para ti esta vida es un deporte que consiste en mirar”, le hace decir a uno de los personajes de “El quinto en discordia”. Para él, en cambio, la vida era un deporte que consistía en explorar los pliegues del azar sacándole todo el jugo a las posibilidades expresivas de la novela tradicional.

Lo que no dice su obra lo dice, en este caso, su biografía: nacido en Ontario en el seno de una familia acomodada, Davies viajó por primera vez a Inglaterra a mediados de los años treinta para estudiar Letras en la Universidad de Oxford. Fue allí donde comenzó a tantear sus posibilidades como autor teatral al tiempo que exploraba la médula espinal de la novela tradicional. Después de pasar un año trabajando para el Old Vic Theater de Londres, regresó a Canadá en 1940 para dedicarse al periodismo y emprender una frenética producción literaria que le llevó a publicar una veintena de libros en poco más de dos décadas. Hombre de letras en el sentido más estricto de la expresión y profesor de la Universidad de Toronto durante veintiún años, Davies alternó la narrativa con la enseñanza, la elaboración de numerosos ensayos literarios y la escritura de obras de teatro como “Eros At Breakfast” (1948) y “At My Heart’s Core” (1950).

Periodista antes que escritor y dramaturgo antes que novelista, Davies murió en plena era informática, pero el punto final de “Un hombre astuto”, última novela que publicó en vida, lo tecleó con la misma máquina de escribir a la que se acercaba como Samuel Marchbanks para firmar sus ácidas y brillantes columnas periodísticas compiladas en los volúmenes “The Diary Of Samuel Marchbanks” (1947), “The Table Talk Of Samuel Marchbanks” (1949) y “Samuel Marchbanks’ Almanack” (1967). En 1992, tres años antes de morir, su nombre sonó con fuerza como candidato al Nobel de Literatura, galardón que finalmente fue a parar a manos del poeta antillano Derek Walcott.

Antepasado borroso y lejano del realismo mágico, Davies quebró cualquier similitud con los narradores norteamericanos al renunciar abiertamente a perseguir la Gran Novela Canadiense: si no la escribió fue simplemente porque jamás creyó que hubiese una que escribir. “Estamos demasiado divididos en actitudes, sentimientos, climas y todo lo demás para tener una única mirada que pueda funcionar en una novela para todo el país”, aseguró en una de sus últimas entrevistas, la misma donde expresaba su sorpresa ante el hecho de que sus novelas pudieran tener algún tipo de interés para lectores de lugares tan exóticos para él como Japón o Israel. Será que, en su empeño por acotar y reflejar la sociedad canadiense de la segunda mitad del siglo XX, Davies se saltó varias fronteras a lomos de conceptos tan universales como el libre albedrío, la culpa, la condena y el doble fondo de la historia. 

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