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ROBERTSON DAVIES, El quinto  en discordia
 

LIBRO (2006)

ROBERTSON DAVIES El quinto en discordia

Libros del Asteroide

En su más célebre aforismo, el canadiense Robertson Davies (1913-1995) decía que, del mismo modo en que un edificio notable debe contemplarse por la mañana, al atardecer y a la luz de la luna, un libro verdaderamente bueno ha de leerse en la juventud, de nuevo en la madurez y, por último, en la vejez. Dramaturgo y, bajo el seudónimo Samuel Marchbancks, columnista brillante, Davies redoblaba así una apuesta por la literatura para todos los públicos de la que su obra narrativa es lisa y llanamente un paradigma. Dispuestas en tres trípticos y un cuarto inconcluso, sus once novelas le convirtieron en una gloria nacional que, fuera de su país –y comenzando por España, donde “Asesinatos y ánimas en pena” (1991; Destino, 1996) y “Un hombre astuto” (1994; Destino, 1996) se editaron de tapadillo–, tuvo que conformarse con ejercer una tácita pero capital influencia en Ferdinand Mount, Paul Auster y, por supuesto, John Irving.

De hecho, cabe hablar de “El quinto en discordia”, inicio de la trilogía Deptford que continuaron “The Manticore” (1972) y “World Of Wonders” (1975), como del antecedente directo de “Oración por Owen” (1989) de Irving. Original de 1970, “El quinto en discordia” también arranca con un accidente fortuito que marcará el destino de quienes lo desencadenaron, cuestionando su libre albedrío, abocándolos al perdón y a la venganza, sindicando su vida y también sus milagros. Si no hubiera esquivado esa bola de nieve que, lanzada por un compañero de colegio, acabó impactando en la embarazada señora Dempster y provocando el prematuro alumbramiento de su hijo Paul, nada sabríamos de Dunstan Ramsay y de sus andanzas. Y sería una pena: su huida del pueblo y su mutilado regreso de la I Guerra Mundial, su vocación por la hagiografía sagrada y su devoción por la magia pagana, su audacia moral y su refugio de culpa encarnan a un personaje fascinante, ese tipo del título que “conoce el secreto del héroe, aparece para ayudar a la heroína cuando se cree perdida e incluso puede provocar la muerte de alguien, si eso forma parte del argumento”. En la piel de un hombre que próximo al fin de sus días redacta una carta para saldar cuentas con un pasado que nunca dejó de perseguirle, Davies alcanzó la modernidad sin abandonar la tradición, ribeteando de melancolía y humor uno de esos clásicos a los que siempre se vuelve.

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