Hay un género de directores que, inconscientes o geniales, no solo se asoman al abismo sin miedo sino que se crecen ante el vértigo de la caída. Rodrigo Cortés, en su segunda película –debutó con “Concursante” en 2007 después de deslumbrar en el circuito de cortometrajes con su magnífico “15 días” (2000)–, práctica un más-difícil-todavía al atreverse a ejecutar un ejercicio de estilo que, importante, sin dar la espalda a la platea, interpela a una imposibilidad: la de rodar un thriller de acción en una caja de madera.
Premisas al margen, lo realmente asombroso aquí es la ejecución, en la que Cortés hace gala de un sentido extraordinario de la planificación, el montaje y el sonido que pone en evidencia las excusas habituales del género español. Para competir con cierto cine norteamericano no es necesario imitarlo, adaptarlo a la idiosincrasia europea o gastar cincuenta millones de euros y rodar en Malta con cientos de extras; la mejor receta, como bien saben en Hong Kong, es superarlo en su flanco más débil, el de la originalidad, el riesgo y la inventiva narrativa. Allí es donde “Buried (Enterrado)” se desenvuelve mejor y Cortés se calza su chistera de mago para romper las leyes del espacio al convertir un recinto pequeño y oscuro en vasto escenario de un thriller tan dramático como intenso, con el arranque más audaz y arriesgado que se ha visto en una multisala en muchos años.
Al filme se le pueden reprochar ciertos parches en el guión, especialmente en algunos momentos que rezuman intencionalidad dramática, pero el conjunto queda solventado por la vibrante dirección de Cortés y la interpretación de Ryan Reynolds, un actor de antipático mentón y mediocre filmografía que aquí derrocha intensidad y emoción, cargando con el peso de la película durante los 94 minutos que dura el filme. ![]()


























