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SIRI HUSTVEDT, Una mirona que piensa

La mirada reflexiva.
Foto: Marion Ettlinger

 
 

ENTREVISTA (2017)

SIRI HUSTVEDT Una mirona que piensa

“Escribir ficción es como recordar algo que nunca pasó”. La novelista norteamericana Siri Hustvedt recupera esta idea en unos ensayos donde la praxis artística 
y sus vinculaciones con el psicoanálisis, la percepción y el concepto del límite siembran textos de origen diverso. Neurociencia, psiquiatría, literatura y feminismo componen una obra de conocimiento embriagador. Acaba de recibir el Premio Princesa de Asturias de las Letras.

Para alguien que no comulgue con la disociación entre arte y ciencia, “La mujer que mira a los hombres que miran a las mujeres” (“A Woman Looking At Men Looking At Women”, 2016; Seix Barral, 2017), de Siri Hustvedt (Minnesota, 1955), es una obra que debería despertar entusiasmo; si la perspectiva desde la que se escribe es feminista –y la persona que lee lo es–, el interés crecerá. Estos ensayos son un prodigio de transversalidad por sus propias referencias, que van desde filósofas del siglo XVII (Margaret Cavendish, quien ya se quejaba del dualismo cartesiano) hasta autores como Aby Warburg, preocupado, a principios del siglo XX, por descifrar esa memoria cultural que atravesaba los tiempos. Hustvedt reconoce cierta obsesión con lo liminal: “¿Dónde trazamos las líneas entre una cosa y otra? ¿Cómo esas líneas insconscientemente dan forma a la percepción? Me interesa el ‘entre’ como el lugar que genera la experiencia humana... El dualismo, la división aguda de la cultura occidental entre la mente y el cuerpo, ha tenido un efecto devastador en el pensamiento. Cavendish fue una pensadora radical que explotó esa división de una manera que ningún otro filósofo lo hizo en el siglo XVII. Warburg experimentó y trató de entender el espacio entre espectador y obra de arte como una conexión eléctrica que interrumpía el tiempo lineal ordinario. Ambos son ejemplos de pensadores que iban más allá de las categorías heredadas”.

“Hasta que los hombres heterosexuales no se sientan cómodos citando la autoridad de una mujer, reconociendo el genio de una mujer, admitiendo las influencias que las mujeres han tenido sobre ellos sin sentimientos de miedo o de castración, el contrato homosocial permanecerá. Tomar conciencia de este absurdo es la única forma de cambiarlo”

El volumen compila, en parte, escritura de encargo, pero también charlas académicas –la conferencia de un evento en Oslo sobre el suicidio, o su discurso de apertura en el bicentenario de Søren Kierkegaard, celebrado en 2013–, si bien cuenta con un artículo que, a la postre, se convierte en una vindicación feminista incontestable. Hablamos del correctivo aplicado al escritor Karl Ove Knausgård por su falta de referentes femeninos (“no son competencia”, le llegó a reconocer a Hustvedt después de un encuentro): “Hasta que los hombres heterosexuales no se sientan cómodos citando la autoridad de una mujer, reconociendo el genio de una mujer, admitiendo las influencias que las mujeres han tenido sobre ellos sin sentimientos de miedo o de castración, el contrato homosocial permanecerá. Tomar conciencia de este absurdo es la única forma de cambiarlo”, sentencia. Nombres como el de Pina Bausch, Louise Bourgeois, Willem de Kooning o Anselm Kiefer desfilan en la primera parte del libro, que igualmente conmemora las célebres charlas de Susan Sontag sobre el porno en el centro cultural neoyorquino 92nd Street Y. ¿Cree que Sontag habría estado interesada en cómo Kate Millett desenmascaró la sexualidad supuestamente emancipadora de Henry Miller en su “Política sexual” (1970; Cátedra, 2010)? “Sontag era profundamente ambivalente con respecto al feminismo. Quería ser parte del patriarcado, no enajenarlo, aunque nunca lo hubiera reconocido. Además, tenía poco interés, creo yo, en Miller o en Millett. Era una eurófila, interesada en lo que creía era la refacción francesa de la literatura. Opino que se equivocaba, y lo digo en el ensayo. Por supuesto, tengo una retrospectiva considerable ahora que Sontag no tenía cuando escribió sobre pornografía”. La estadounidense, de hecho, sostiene que la imaginación pornográfica no es dominio exclusivo de los hombres: “Puesto que todos somos seres sexuales, me parece difícil argumentar que lo pornográfico pertenece puramente a ellos. Esto sería confirmar que las mujeres no tienen fantasías sexuales, cuando sabemos que no es así. Lo que no quiere decir que la pornografía, mayormente producida por hombres y para hombres, no haya sido hostil con nosotras. Lo ha sido. Bastante. En el reino de la fantasía sexual, todos transformamos a los seres humanos en objetos deliciosos de una u otra clase”.

 
SIRI HUSTVEDT, Una mirona que piensa

Prosa viva, metáforas e ironía. Foto: Marion Ettlinger

 






“Pacientes con demencia y Alzheimer mantienen una apreciación y conocimiento de la música mucho después de que otras facultades cognitivas hayan desaparecido”

A propósito de otro tipo de corporalidades, Hustvedt se detiene en la obra de Bausch, con ideas tan sugerentes como aquella que dice que nuestro cuerpo no está en el espacio, sino que “es del espacio”. Son palabras de Merleau-Ponty, filósofo fenomenólogo, “no feminista, pero con muchas implicaciones para las feministas”, declara la autora al ser preguntada por “su” escuela feminista. Aunque si hay otro nombre que llama la atención en el texto sobre la bailarina y coreógrafa alemana es el de la filósofa Susanne Langer, que demuestra la inefabilidad de la música, su profundidad: “Langer fue una gran filósofa de la música y el ritmo, así como del papel que jugaban en lo que ella llamaba formas simbólicas no-discursivas del arte. Los intercambios entre infante y progenitor constituyen una especie de forma coral o musical. Pacientes con demencia y Alzheimer mantienen una apreciación y conocimiento de la música mucho después de que otras facultades cognitivas hayan desaparecido”. Cabría saber si sus enormes conocimientos en neurociencia, psiquiatría y psicoanálisis son el resultado de su propia enfermedad neurobiológica –que ya retrató en “La mujer temblorosa o la historia de mis nervios” (“The Shaking Woman Or A History Of My Nerves”, 2009; Anagrama, 2010) – o responden a una inquietud previa; porque, si bien comenzó a leer psicoanálisis “de adolescente”, el hecho de padecer migrañas y auras desde niña no solo afectó a su percepción, sino que sería fundamental en su fascinación por aquellas disciplinas.

La autora se emplea a fondo con el Kierkegaard más ficticio, cuya prosa viva, metáforas, complejas ironías y máscaras saltan “de un caso particular a la abstracción, de lo personal a lo universal”. ¿Acaso no son estas las personalidades creativas más interesantes? “Kierkegaard era sobre todo creativo. Por encima de todo, me atraen los pensadores valientes. Él encajaría maravillosamente entre ellos”.

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