En un alarde de sobreinterpretación, la obra de Sofia Coppola podría entenderse como una empresa indirectamente autobiográfica. Según dicha teoría, “Lost In Translation” (2003) hablaría de su infortunado matrimonio con Spike Jonze mientras “María Antonieta” (2006) retrataría la subcultura de la frivolidad (juvenil) que arrasa en Hollywood. En este sentido, “Somewhere” (2010) sería una de sus películas más elementales: ¿cómo interpretar si no la historia de una niña (álter ego de Sofia) desesperada por llamar la atención e impresionar a su despreocupado progenitor (papá Francis)?
Lo cierto es que, más allá de la analogía paterno-filial, resulta fascinante la proximidad con que Coppola retrata unos no-lugares que son su hábitat natural: aparcamientos, carreteras, centros comerciales y, sobre todo, los impersonales pasillos y habitaciones de los hoteles de lujo. Una familiaridad que contrasta con el abordaje distanciado a ese padre insensible y abúlico al que da vida Stephen Dorff. Un planteamiento que rehúye la psicología (no llegamos a saber demasiado del pasado de los personajes) y que, junto al curso elíptico y fragmentado de la narración, remite a ese otro cine norteamericano de los setenta que tiene como hito referencial “Carretera asfaltada en dos direcciones” (1971), de Monte Hellman.
De hecho, el arranque de “Somewhere” remite al de “The Brown Bunny” (2003), la película de Vincent Gallo, otro aprendiz de Hellman obsesionado con contemplar las pulsiones nihilistas de unos seres abocados a la alienación. La diferencia es que Coppola se muestra impaciente por redimir a su protagonista, lo que le permite construir deslumbrantes juegos simbólicos, como la soberbia escena de la máscara, en la que el personaje de Dorff despierta, por un momento, del hechizo peterpanesco en el que lo ha sumido la cultura de la fama. ![]()


























