Recuerdo una vez que un conocido me discutía que una película era buena solo si salían actores “buenos”, importantes, famosos. “Por esa regla de tres, ‘El coloso en llamas’ es la mejor película de la historia”, repliqué. “Pues ¡claro!”, exclamó. En fin.
Como yo soy de los que cree que una ristra de actores de relumbre en el cartel de una película más bien huele a chantaje promocional (un prejuicio opuesto, pero similar al de mi conocido, lo sé), entré a ver “Contagio” con escepticismo, sospecha y hasta un pellizco de animadversión. Además, curiosamente como “El coloso en llamas” (John Guillermin, 1974), el filme también pertenece al género de cine de grandes catástrofes, apartado epidemias apocalípticas, en este caso.
Luego, resulta que la película pasa bien. Es ágil. Entretiene. La acción salta de un rincón del mundo al otro con sentido, siguiendo una lógica causa-efecto muy bien articulada. Es decir, el efecto mariposa en este caso es pertinente: realmente el misterioso virus letal de “Contagio” es un desencadenante de ciertos postulados de la teoría del caos. Y son, precisamente, las imágenes del caos global en el estadio avanzado de la epidemia las que más fuerza imprimen a la película de Steven Soderbergh, esta vez en su papel de director aplicado y obediente.
Hay muchos lances de la película que podrían haber dado lugar a un discurso más sólido: sobre la gestión gubernamental del miedo (un virus que se propaga más rápidamente que cualquier otro), sobre el papel de los viejos y los nuevos medios de comunicación o sobre la paranoia colectiva que puede llevar al ser humano a ver el peligro en cualquier objeto y acción cotidiana (la amenaza en el pomo de una puerta o en una mano encajada). Pero eso creo que sería pedirle a “Contagio” que fuera una película distinta a la que es. Imagino una película más honda y con menos tirón de taquilla que, claro, habría que hacer con actores sin tanto caché. ![]()


























