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The Leftovers, Lo que queda de la vida

Los efectos de una Marcha Repentina por la cual ha desaparecido de la Tierra un dos por ciento de la humanidad. Esto es el Apocalipsis desde un punto de vista doméstico.

 
 

SERIE TV (2014)

The Leftovers Lo que queda de la vida

El domingo 7 de septiembre (lunes 8 en España, en Canal+ Series) se cerraba la primera temporada de “The Leftovers” (2014), adaptación de HBO de la novela de Tom Perrotta, cocreada por Damon Lindelof (“Perdidos”). Tras unos comienzos algo discutibles, la ambiciosa serie, drama doméstico con apuntes sobrenaturales, ha revelado tener más ases en la manga de los aparentes. No es perfecta, pero sí exigente, lo que solo resulta digno de celebrar, opina Juan Manuel Freire.

La “regla de los tres capítulos” parece una forma justa de tomarle el pulso a una ficción televisiva. Sucede sobre todo con las sitcoms, cuyas químicas actorales y posibilidades de tiro cómico tardan a veces en solidificarse, pero también con los dramas serializados: igual que hay algunos con pilotos de vértigo pero cursos dudosos (“The Walking Dead”, “Héroes”), existen los que solo dan la justa medida de sus posibilidades pasado el duro trabajo de introducir un mundo, unos personajes, una historia.

Entiendo a quienes dejaron “The Leftovers” tras el primer episodio, especialmente porque las veinticuatro horas del día se acaban antes o después. Pero el movimiento fue quizá prematuro. “The Leftovers” no es una serie perfecta, pero sí posiblemente la menos acomodaticia que se haya estrenado en los últimos meses.

Hablamos de una serie posapocalíptica, pero no de otra serie posapocalíptica. El paisaje derruido, casi deshabitado que abunda en esta clase de historias se intercambia por una pequeña localidad inventada (Mapleton, New York) como salida de un cuadro de Norman Rockwell. Y lo que da más miedo no es lo que ves, sino lo que no está ahí. Los efectos de una Marcha Repentina por la cual ha desaparecido de la Tierra un dos por ciento de la humanidad. Esto es el Apocalipsis desde un punto de vista doméstico. La pregunta clave es cómo se sobrevive a lo inexplicable, cómo se sostiene el individuo (y también la sociedad) frente a algo que escapa a su entendimiento. Un algo que, por otro lado, solo es una versión maximalista/sobrenatural de la triste pérdida de toda la vida.

Los hay que intentan seguir adelante, tratar de simular que aquí no se ha evaporado nadie. Otros han dejado las convenciones de la sociedad para reunirse alrededor de líderes místicos; el caso más extremo, Los Remanentes Culpables, una entidad nihilista liderada por la temible Patti de Ann Dowd. Lo más parecido a un protagonista que tiene la serie, el jefe de policía Garvey (Justin Theroux), se sitúa casi contra su voluntad en un medio camino: mientras trata de comportarse civilizadamente para servir aún de modelo de integridad a su comunidad y, sobre todo, salvar lo que queda de su familia, algunas pulsiones oscuras luchan en su interior por tomar el control. (No revelaré cómo se manifiestan para no arruinar algunos extraños escalofríos y giros de la serie).

 

La pregunta clave es cómo se sobrevive a lo inexplicable, cómo se sostiene el individuo (y también la sociedad) frente a algo que escapa a su entendimiento.

 

Como en “Perdidos”, Damon Lindelof –el cocreador de la serie junto a Tom Perrotta, autor de la novela de 2011 en que se basa– parte de ideas fantásticas para explorar dramas reconocibles. Y también como en aquella, cuestiones de fe: esta versión del rapto bíblico no ha diferenciado entre inocentes y culpables, lo que resulta frustrante para los creyentes. “Si ya no podemos separar a los inocentes de los culpables, todo lo que nos ha sucedido, todo nuestro sufrimiento carece de significado”, dice el reverendo Matt Jamison en el excepcional tercer capítulo.

Ese episodio, “Two Boats And A Helicopter”, presentó casi una nueva serie en lugar del espectáculo de gravedad dramática de las dos primeras entregas. Un solo personaje, Jamison, en una sola historia como tomada del cajón de proyectos sin hacer de los Coen. (Otra referencia plausible es otro gran tercer capítulo, “Walkabout” de “Perdidos”). Los subrayados constantes, a menudo a través de la música de Max Richter, cedían paso a la sugestión. “The Leftovers” puede ser un recordatorio de que la incertidumbre está bien. Si algo no se entiende del todo, sigue en la cabeza. Puede resonar. Nada un significado único y no todas las historias son puzles por encajar. Con todos sus altibajos, hace falta defender “The Leftovers” por no telegrafiar el posible significado de sus imágenes, dejar al espectador deambular por espacios ambiguos y dejar preguntas sin respuesta (el presunto crimen de “Perdidos”). También por ser una serie de formato libre: lo mismo te ofrece un episodio coral que uno dedicado a un único personaje –además de “Two Boats And A Helicopter”, está el magistral “Guest” (capítulo seis) de Carl Franklin sobre Nora Durst, hermana de Jamison–, o legitima el recurso a menudo inútil e innecesario del flashback con una hora del pulso emotivo de “The Garveys At Their Best” (capítulo nueve).

Un episodio después, en la finale de temporada, el abuso del piano de Richter y un dramatismo over-the-top volvían a colapsar las arterias de “The Leftovers”. Mi suposición es que este episodio se planteó también como un posible final para la serie. Y se decidió cerrar con pirotecnia de todas las clases. Solo espero que la segunda temporada siga por los mejores caminos planteados en la primera, aquellos que no llevan en una dirección única, sino que obligan a plantearse si reír, llorar o, simplemente, sentir inquietud.

Publicado en la web de Rockdelux el 10/9/2014
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