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The Newsroom, El reportero Don Quijote y los gatitos de Google

Will McAvoy (Jeff Daniels) y MacKenzie (Emily Mortimer), capaces de afrontar la verdad en el periodismo e incapaces de afrontar su verdad personal.

 
 

SERIE TV (2012)

The Newsroom El reportero Don Quijote y los gatitos de Google

Tras tocar la cima de la narrativa audiovisual con “El ala oeste de la Casa Blanca” y recibir el reconocimiento de Hollywood con el filme “La red social”, el príncipe de los guionistas regresó a su mejor forma con una doctrinaria pero ágil serie sobre nada menos que la verdad en el periodismo televisivo: “The Newsroom” (HBO; 2012). La pluma de Aaron Sorkin no debería dejar indiferente a nadie. Ruben Pujol analizó aquí la primera temporada.

Es hora de tomar partido. Y esos son momentos en los que Aaron Sorkin se gusta, en los que puede exhibir todo su músculo narrativo y se siente con licencia para embutirlo en morcillas ideológicas. Por eso, no le crean cuando dice, con falsa modestia, que su único objetivo con “The Newsroom” es el entretenimiento. Es eso y mucho más.

Es en el ámbito de las ideas donde Sorkin da lo mejor de sí y su obsesión por la perfección adquiere dimensiones de fábula moralizante. Es la alta política de “El ala oeste de la Casa Blanca” (1999-2006), el conflicto entre la moral, el sentido del deber y la patria de “Algunos hombres buenos” (Rob Reiner, 1992), e incluso la caracterización del alma vacía de la nueva cultura de la emprendeduría de “La red social” (David Fincher, 2010). Mientras, a pesar de ser formalmente impecables, sus trabajos menos logrados son aquellos en los que se asoma a temas más banales como el deporte –“Moneyball. Rompiendo las reglas” (Bennett Miller, 2011), “Sports Night” (1998-2000)– o los entresijos de la televisión y los late-nights –“Studio 60” (2006-2007)–.

Porque la brillante verborrea de Sorkin necesita un sólido andamiaje moral que sostenga la insultante inteligencia de sus héroes, que dote de sustancia a sus combates de esgrima dialéctica para que hagan avanzar la narración y las ideas a golpe de réplica y contrarréplica; y en la ajetreada redacción de un noticiario en la era de la decadencia del (buen) periodismo, encuentra terreno abonado para construir un vibrante y apasionado alegato en favor de la verdad.

Tras una suerte de crisis profesional durante un debate en un aula universitaria –un arranque que recuerda poderosamente, aunque con menos dramatismo, el punto de partida del filme “Network, un mundo implacable” (Sidney Lumet, 1976)–, el popular presentador Will McAvoy (Jeff Daniels) regresa a tomar las riendas de su noticiario no sin antes dejarse convencer por el viejo romántico de su jefe (Sam Waterston) y una quijotesca nueva productora ejecutiva (Emily Mortimer, que además resulta ser la exnovia que le rompió el corazón tres años atrás) para desarrollar un nuevo formato de informativo que honre el periodismo como servicio público, y convertirse así en un anchorman en la legendaria estirpe de los Edward Murrow y los Walter Conkrite.

 

Cada episodio de la serie se postula casi como una clase magistral de periodismo, un despliegue coreográfico de decisiones urgentes, fuentes contrastadas y poderes cuestionados.

 

En su misión evangelizadora, “The Newsroom” hace uso de una hábil trampa argumental, una muy particular y ventajista relación con la realidad: en su papel de supremo demiurgo moralista, Sorkin no se contenta con crear una cruzada de idealistas guerreros de la deontología y el rigor, sino que se otorga la facultad de corregir la cobertura de los principales acontecimientos de la actualidad para introducir un tratamiento alternativo de los mismos, en el que McAvoy y sus caballeros de la Mesa Redonda (la comparación con Camelot es del propio Sorkin) muestran cómo debió haberse informado sobre noticias como el desastre ecológico del Golfo de México, el ascenso del Tea Party, la crisis de Fukushima o la Primavera Árabe.

Así, cada episodio de la serie se postula casi como una clase magistral de periodismo, un despliegue coreográfico de decisiones urgentes, fuentes contrastadas y poderes cuestionados. De fondo, además, “The Newsroom” apunta a los conflictos intestinos de los mass media con los intereses empresariales que amordazan la independencia periodística al tiempo que ataca con la caricatura el juego del sensacionalismo y la prensa amarillista.

Pero tampoco se dejen disuadir por la carga de moralina. Es cierto que, de tan buenos, uno a veces desearía que la furia de Dios cayese sobre estos reporteros tan perfectos cuales gatitos de Google, pero los reproches que les podemos hacer a los hijos de Sorkin, más que defectos, son virtudes exageradas, algo que no solo escasea en la ficción.

La serie es indiscutible e inevitablemente ombliguista en su americanismo y, en ocasiones, como en el episodio construido a partir de la muerte/asesinato de Bin Laden, da hasta algo de grima patriotera. Pero en la hora del relativismo, su quijotismo resulta vigorizante y, además, es entretenimiento de primera clase. Sorkin combina magistralmente la gran trama idealista, en la que los personajes muestran un regio compromiso con la verdad y la profesión, con la trama secundaria de las relaciones románticas, en las que esos héroes del rigor se muestran torpes e incapaces de afrontar su verdad personal.

Más allá de la moralina, el idealismo y la pretenciosidad, atributos de los que Sorkin no puede ni quiere escapar, quien tenga un mínimo interés en la profesión de periodista, o simplemente a quien le importe la manera en que los medios de comunicación representan la realidad, se sentirá interpelado. Porque “The Newsroom” toma partido.

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