“The Wire” desafía un buen montón de convenciones, clichés, reglas escritas y no escritas sobre cómo novelar para televisión: A) Cada primer capítulo de cualquier temporada parece que sea el tercero o el cuarto, que la serie ya esté empezada y tú tropieces con ella sin que nadie te haya presentado a nadie. B) Aunque parezca lo contrario, Jimmy McNulty, el detective alcohólico y workaholic, indomable, chanchullero e individualista hasta el egoísmo, no es el protagonista principal y la serie gravita alrededor de varios personajes que a veces ni se encuentran entre ellos. C) La acción es lo de menos, y lo de más es lo que pasa por la cabeza de los protagonistas. D) Los argumentos se cuecen a fuego lento y no se fuerza ni un solo giro: si el equipo de policías de un caso tarda ocho episodios en formarse, pues tarda ocho episodios. E) La mejor resolución de una trama o de un caso siempre es la inevitable: Simon y Burns tienen un plan maestro y no les tiembla el pulso si para que la trama funcione deben cargarse a personajes con carisma (ya habrá otros). Ellos saben qué hacer en cada momento. De hecho, se pueden contemplar las cinco temporadas como un todo, como un prodigio de la estética de lo culminante, y no solo importan todas las piezas, como decía antes, sino que además encajan.
“The Wire” no es una serie fácil ni lo tuvo fácil: la BBC la rechazó por complicada, un editorial del ‘The New York Times’ la salvó de ser cancelada por la propia HBO tras la tercera temporada y todos sus admiradores hemos llegado a ella por el lento y casi clandestino proceso del boca-oreja. Es normal: no es tele de evasión, de la que se acompaña con bombardeo promocional cual blockbuster. Pero una vez se entra in the game, ya no hay vuelta atrás. A ver quién es el guapo que puede volver a mirarse una franquicia de “CSI” tras “The Wire”. De hecho, una vez acabas un episodio todo el resto de la televisión parece peor. Incluso el cine parece llegar tarde a terrenos que ya ha pisado antes esta serie: sirvan como ejemplos “American Gangster” (2007) de Ridley Scott, “Infiltrados” (2006) de Martin Scorsese e incluso “La clase” (2008) de Lauren Cantet, última Palma de Oro en Cannes y obra prima hermana de la cuarta temporada de “The Wire” (la de las escuelas).