En la primera secuencia de este filme vemos al pequeño Wilde asegurando en el colegio que de mayor quiere ser un ídolo del pop. No es una boutade. Según Haynes, el autor de “El retrato de Dorian Gray” “tuvo que crear su propia imagen para rellenar el vacío que él suponía”. En esta magnífica exploración sobre los fastos y decadencias de una cultura musical concreta, sobre el fanatismo y los fans, se reconocen personajes e historias (David Bowie e Iggy Pop inspiran a los protagonistas, aunque Ewan McGregor y su melena rubia recuerden más a Kurt Cobain que a Iggy) pero, sobre todo, se concretan experiencias compartidas: ¡qué bien filma Haynes el ritual de comprar un disco, llegar a casa, sacarlo de la funda, ponerlo en el giradiscos y escucharlo mientras se contemplan las letras y fotos del álbum!
El procedimiento musical de “I’m Not There”, consistente en alternar temas originales de Dylan con versiones de otras de sus canciones a cargo de Antony & The Johnsons, Charlotte Gainsbourg, Sonic Youth –para quienes Haynes rodó el videoclip de “Disappearer” (90)–, Karen O, Jeff Tweedy y Stephen Malkmus, entre muchos otros, ya estuvo en la base de la banda sonora de “Velvet Goldmine”, donde las tomas originales de Brian Eno, Roxy Music y T-Rex y las versiones –a cargo de Placebo o Pulp– se combinan con las reinterpretaciones de bandas formadas para la ocasión: Thurston Moore, Steve Shelley, Don Fleming, Mike Watt y Ron Asheton se constituyeron en The Wylde Ratttz para reproducir la intensidad de The Stooges, mientras que Thom Yorke, Bernard Butler y Jonny Greenwood formaron parte de The Venus In Furs, bajo los que late el espíritu de las Arañas de Marte. 