Antonio de Prada nunca pisó la sala de la calle Padre Xifré de Madrid, y apenas sabía nada de ella. Tampoco viene del mundillo musical, sino del cinematográfico. Pero mientras estudiaba en la escuela de cine Septima Ars de Madrid, un amigo le pidió un favor: digitalizar unas cintas u-matic con imágenes de conciertos en Rock-Ola. Completado el visionado, De Prada pensó en realizar un corto, que finalmente se ha convertido en un documental de ochenta y dos minutos –y en un libro, “Rock-Ola. El templo de la movida”–. Y en este caso la distancia ha sido determinante para enfrentarse con éxito al mito sin dejarse contaminar por la estupidez de “cualquier tiempo pasado fue mejor (porque yo era joven)”.
De Prada, virgen de prejuicios y de compadreo, ha montado el metraje sin dar nada por sentado. Su método es tan interesante como el resultado: ha secuenciado las entrevistas a los protagonistas al estilo VH1, pero sin apostillar los recuerdos con voces en off o textos explicativos. Así, le ha salido un relato coral estructurado a partir del horario de la sala, dando importancia a la música pero también al teatro y a la moda, y combinando relevantes sospechosos habituales (Alberto García-Alix, Jesús Ordovás, Servando Carballar, El Hortelano), secundarios que aportan matices a menudo ninguneados (el grupo de teatro GAD, Ramoncín, Ismael Díaz de La Broma de Ssatán) y los auténticos protagonistas: el equipo que mantuvo abierto Rock-Ola entre abril de 1981 y marzo de 1985. La historia está en el libro. En el documental, la memoria sin falsa nostalgia.























