Biel, protagonista ausente de esta melancólica pero radiante novela de Vicenç Pagès Jordà (Figueres, 1963), jibariza libros. Se trata de un poético intento de capturar en un concepto, a menudo una sola palabra, las ideas y sensaciones que le transmiten las lecturas de su adolescencia. Es precisamente a esa voluntad de síntesis a la que escapa “Los jugadores de whist”, una obra que, aunque se desarrolla en un escenario físico –el Empordà– y mental –cierta catalanitat de provincias en la línea del existencialismo de un Josep Pla posmoderno– concretos, posee un alcance universal y una ambición expansionista.
Desde un punto de vista argumental, la novela –publicada originalmente en catalán en 2009; la edición en castellano, con traducción a cargo de Flavia Company, neutraliza su riqueza dialectal, si bien incluye un prólogo del siempre incisivo Eloy Fernández Porta– alterna un relato de resonancias proustianas con un ágil retrato generacional que, sin sentimentalismos ni lugares comunes, conecta el paisaje de la adolescencia, definido como un juego libre de reglas inventadas, con el entorno hostil de la madurez, un juego impuesto cuyas normas se revelan crueles y absurdas.
En la prosa de Vicenç Pagès Jordà, los procesos representativos del paso a la edad adulta –el dolor apagado, la crisis de identidad y la aceptación de la propia decadencia– no están reñidos con la búsqueda de la belleza y el entusiasmo. Con las dosis precisas de una metaliteratura al servicio de la historia y no a la inversa –una estructura en espiral formada por una miscelánea de registros y voces y un name-dropping de referencias pop nada forzado–, “Los jugadores de whist” tiene todos los elementos necesarios para convertirse en un hito de nuestra narrativa reciente. Hasta tiene una muerte en extrañas circunstancias que ejerce de anclaje emotivo. Lo único que no ofrece esta novela es la posibilidad de ser jibarizada. Es demasiado compleja y, sin embargo, demasiado buena. ![]()























