Aunque no son pocos quienes deciden abrazar la tradición del realismo sucio americano, raramente aparecen ya voces capaces de hacerlo con personalidad. Sucede lo mismo en el cine indie estadounidense de hoy en día, cuyos dramas de vida residencial parecen seguir a menudo un mismo patrón sin excesivo afán –o, simplemente, posibilidad– de trascenderlo de alguna manera.
Wells Tower (Vancouver, 1973) es esa extraña nueva voz que viene a arrojar luz sobre la implacable América fracasada con colores y tácticas absolutamente personales. En su primer libro de cuentos, “Todo arrasado, todo quemado” (“Everything Ravaged, Everything Burned”, 2009), bestiario de perdedores y glosario de relaciones infructuosas –entre padres e hijos, padrastros e hijastros, hermanos–, prolonga la conocida tradición con características propias: una tonalidad luminosa, pese a lo oscuro y deprimente de sus historias; una vibrante imaginería poética –como cuando compara los afloramientos de granito rosa con carne picada–; o una sintaxis plenamente musical en la que resulta fácil mecerse, perderse y dejar pasar las horas.
“Todo arrasado, todo quemado” se devora sin descanso como el thriller más adictivo no porque sus historias desemboquen en finales sorprendentes –los suyos son finales abiertos a la interpretación, a menudo previa decepción monumental de sus antihéroes–, sino, sencillamente, porque leerlo es todo un placer. Del revelador “La costa marrón” al sorprendente relato titular –con esos vikingos de la Edad Oscura hablando con expresiones del Medio Oeste–, pasando por el tristemente divertido “Ejecutores de energías importantes” y su imposible triángulo central, esta colección se presenta como uno de los eventos literarios del año, una serie de catastróficas desdichas explicadas con la sabiduría de John Cheever, la vida de Lorrie Moore y la osadía de Miranda July. Aunque sacar ahora mil referencias sería hacer flaco favor a un autor así de personal. Lo mejor, lo dicho, es leerlo. Es un hit. ![]()























