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AGUJETAS, Vida salvaje

Gitano puro y salvaje.

 
 

ARTÍCULO (2000)

AGUJETAS Vida salvaje

Agujetas murió el día de Navidad de 2015, y con él se fue un pilar imprescindible del flamenco más jondo: volcánico cantaor gitano siempre en la cima de los más grandes. Recuperamos aquí lo que escribió Javier Blánquez en el año 2000 apoyado en las declaraciones de Dominique Abel, directora del documental “Agujetas, cantaor” (1999), película que visualizó el cante imprevisible del hombre de voz profunda.

Dicen los muy entendidos en flamenco que escuchar el cante de Agujetas supone una experiencia similar a la de introducirse en el túnel del tiempo. En las antípodas de todo el jondo actual (el que deriva del maestro Chacón vía Enrique Morente y todo el legado de Camarón), Manuel “Agujetas”, a sus más de 60 años –no existe un registro fiable que indique su auténtico año de nacimiento–, parece como si tuviera 120 y no se hubiera movido de sus principios musicales. “No hay cante moderno” es la máxima que esgrime para posicionarse en una tradición perdida, la de la escuela de Jerez de principios de siglo, la de Don Manuel Torre, que en boca suya cobra vida después de la muerte. Agujetas es un cantaor a la vieja usanza, telúrico (que no anacrónico) en su forma de marcar los tiempos y concebir su papel de cantaor, salvaje hasta el extremo y decididamente libre en todo lo que se refiere a su vida y arte.

“Agujetas no deja que nadie atente contra su libertad. No quiere hablar con nadie ni permite que lo entrevisten. Siempre está enviando a todo el mundo a la mierda”, explicaba la directora francesa (aunque desde hace tres lustros afincanda en España) Dominique Abel, una de las pocas personas (“ser mujer en un mundo tan machista como el del flamenco tiene inconvenientes, pero también ventajas”) que ha podido acceder al reducidísimo círculo que rodea a este gitano de rostro castigado por el tiempo y alma supurante de flamenco doloroso y brusco para, desde la confianza y la amistad, rodar el documental “Agujetas, cantaor” (1999), uno de los pocos documentos fiables que ilustran el sentir y el vivir de este anárquico personaje, gitano hasta las tripas (“un gachí –payo– no puede cantar flamenco”, afirma en la cinta) y radical en su forma de vida.

La irrupción de Agujetas en el filme de Dominique Abel, cuyo texto de presentación fue este: “Uno de los más grandes cantaores flamencos de todos los tiempos. Uno de los últimos representantes de la escuela de Jerez y del cante jondo más arcaico y puro, feroz enemigo de la modernidad, personalidad muy libre y original, mitificado, para lo bueno y para lo malo, dentro del mundo gitano”.

En la película se le muestra en su hábitat natural: una fragua, una casa construida con sus propias manos –“yo voy poniendo ladrillos, uno encima de otro: si se aguanta, bien; si no, pues no”– y un colchón en el suelo para dormir él y su mujer, japonesa por más señas: “Es única bailando por soleares. Las demás serán mejores o peores, pero ella es diferente a todas. ¿Pero tú crees que una japonesa bailando flamenco puede ser como las demás?”. Y el cante para los amigos, solo cuando le apetece. Cante dogmático (“yo soy analfabeto: para cantar bien no hay que saber ni leer ni escribir, porque la pronunciación correcta estropea las letras y la entonación”) y nunca tomado a la ligera: “Uno empieza a cantar bien de los 70 o 75 años para arriba”. Si en el flamenco ahora Ketama simbolizan la pasta y la disolución de las esencias, Agujetas está en el extremo opuesto: integridad, honestidad, raíces.

Como acompañamiento al documental (nuevamente, y para escarnio nuestro, financiado por dinero francés: “Busqué producción en España, pero no hubo manera”, explicaba Dominique Abel), Auvidis también ha lanzado la banda sonora del mismo, “Agujetas, cantaor”, jondo que duele y que puede echar para atrás a los no muy aficionados al género: martinetes de ¡diecisiete minutos!, soleares de diez, dos seguiriyas: nada de palos menores ni festivos. Flamenco serio, inmovilista, pero tremendamente puro. Agujetas siempre ha sido libre, individualista y salvaje. Ya nadie le va a poder cambiar. Y visto lo visto y escuchado lo escuchado, quizá haya que felicitarse de que aún exista alguien así.

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