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ALEJANDRO ESCOVEDO, Llorar, ganas de amar y colocarse

La vida sigue...

 
 

ENTREVISTA (2005)

ALEJANDRO ESCOVEDO Llorar, ganas de amar y colocarse

“Mi amigo Steve Berlin, de Los Lobos, me dice que no debo situar a mis ídolos por encima de mí, en un pedestal. Pero no puedo evitarlo: ellos inspiraron mi carrera”. Nada extraña que una avalancha de músicos acudiera al rescate de este humilde songwriter tejano. El disco de tributo a su talento, “Por vida”, le permitió enfrentarse a la hepatitis C y reflejó los múltiples sentimientos que concitan sus canciones. Y es que el de San Antonio, tras militar en bandas como The Nuns (en los setenta, en la primera ráfaga punk de San Francisco), y como Rank and File y True Believers (en los ochenta, dentro del movimento cowpunk), inició en 1992 una carrera en solitario que lo ha convertido en un cantautor de culto, admirado por los más incansables buscadores de sabores con raíces. Alejandro Escovedo sigue en la brecha, y bien, como se demuestra en esta entrevista de Ramón Fernández Escobar.

“Me encuentro bastante mejor. He dejado de tomar, tras nueve meses, una medicina que me hacía sentir muy enfermo”. Alejandro Escovedo responde con cierta debilidad desde su domicilio en Wimberley (Estados Unidos), minúsculo pueblo tejano, próximo a San Antonio. Pese a la convalecencia, ha vuelto a los escenarios: “Fue en la Universidad de Texas, y ya hemos tocado en Houston, Chicago, Washington DC, Seattle, Portland...”. Su voz emerge conforme avanza la conversación y solo suena dubitativa cuando se atreve (poco) con el castellano. “Mi padre nació en Saltillo, México. Era un indio de las montañas. Yo crecí en la California de los sesenta sin programas bilingües en la escuela. Me vi forzado a una inmersión total en el inglés. Vivíamos en la costa y hasta fui ‘surfer’”, relata en la lengua de David Crockett.

“En la época de True Belivers, trabajábamos pintando casas durante el día, y luego, con dos ‘packs’ de la cerveza más barata, nos pasábamos desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la mañana tocando en el garaje. Nuestro primer concierto fue en Oklahoma, y aseguramos poseer repertorio para tres horas. Nos llegaba solo para cuarenta minutos, por lo que, de camino, intentábamos recordar todas las canciones de punk, reggae o country que nos sabíamos”

El disco “Por vida: A Tribute To The Songs Of Alejandro Escovedo” (Or-Cooking Vinyl-Discmedi, 2004), donde le rinden homenaje Lucinda Williams, Steve Earle, Howe Gelb, Calexico, The Jayhawks, etc., ha contribuido a la recuperación del compositor, cantante y guitarrista no solo desde una perspectiva económica. “No mucha gente tiene la fortuna de llegar a comprender lo que significa para los demás. Normalmente, estas cosas pasan una vez que mueres. Ha sido un verdadero gesto de amor por parte de todos... Perdona, pero mi hija pequeña se empeña en besar al gato y tengo que acudir a rescatarlo cada dos por tres”. El mini-incidente descubre un apodo de Alejandro: “Me solían llamar Family Man, como al bajista de The Wailers. Y eso que, dada la desaparición de mi sistema inmunológico, estuve un tiempo alejado de los niños. Y también de mis gallinas. Son de raza araucana; las crío solo para nosotros. Tengo cuatro acres de tierra”. Y siete hijos locos por el hip hop. “Seis niñas y un niño. El chaval está como un príncipe. Ha cumplido 12 años y toca la batería. Estoy aprendiendo mucho más sobre música gracias a ellos”. Los padres de Alejandro (y de otras once criaturas), en cambio, resultaron decisivos en los gustos de su hijo. “Me compraron mis primeros discos: The Everly Brothers, Chuck Berry, Fats Domino y todos los de The Beatles y The Rolling Stones. A mi madre le privaba Mick Jagger y a mi padre, Jim Morrison”.

En el doble disco de homenaje a Alejandro intervienen varios de sus hermanos, desde el menor, Mario, líder de The Dragons, hasta el primogénito, Pete Escovedo, legendario percusionista de Santana. Este lo hace junto a su hija, Sheila E, ex batería y apoyo vocal de Prince. “Mi padre fue feliz al vernos trabajar juntos a Pete y a mí”. Alejandro se refiere a “By The Hand Of The Father”, musical creado en homenaje al patriarca del clan y que, editado en CD en 2002 por Texas Music Group, supone su último disco hasta el momento. “Él no lo vio en el teatro, solo en televisión; pero cuando lo escuchó por primera vez en su pequeño equipo, lo puso hasta seis veces seguidas, se giró hacia mí con una sonrisa y me di cuenta de que comprendía que era su vida. Pude hacerle ese regalo antes de que muriera el año pasado. Las historias que nos contaba de niños (fue emigrante, mariachi y boxeador) son, quizá, la razón de que yo acabara escribiendo canciones. Y muchas tratan sobre él”. Una de ellas, “The Rain Won’t Help You When It’s Over”, interpretada por otro hermano, Javier, se erige en la favorita de Alejandro dentro de “Por vida”. Ambos la compusieron tras formar True Believers en Austin (Texas) a mediados de los ochenta, banda esencial del roots rock pese a su truncada trayectoria. “Trabajábamos pintando casas durante el día, y luego, con dos ‘packs’ de la cerveza más barata, nos pasábamos desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la mañana tocando en el garaje. Nuestro primer concierto fue en Oklahoma, y aseguramos poseer repertorio para tres horas. Nos llegaba solo para cuarenta minutos, por lo que, de camino, intentamos recordar todas las canciones de punk, reggae o country que nos sabíamos”.

 
ALEJANDRO ESCOVEDO, Llorar, ganas de amar y colocarse

El disco “Por vida”, donde le rinden homenaje Lucinda Williams, Steve Earle, Howe Gelb, Calexico, The Jayhawks, etc., contribuyó a la recuperación del compositor, cantante y guitarrista no solo desde una perspectiva económica.

 

Alejandro había aterrizado en Austin como guitarra solista de Rank And File, pioneros del cowpunk y liderados por los hermanos Kinman. Uno de ellos, Tony, participa en “Por vida”. Y de su paso anterior por la Gran Manzana, Escovedo evoca con cariño su colaboración con una de las musas de la no wave, Judy Nylon; mientras que otra experiencia previa, en 1978, al frente del combo punk The Nuns como telonero en San Francisco de los Sex Pistols, dejó un halo de amargura: “La cosa iba de ellos y su autodestrucción, para nada de música. El punk-rock se había transformado en lo que yo había intentado evitar siempre. Si algo bueno tenía, era eliminar la barrera entre músicos y público. Buscábamos ser lo contrario de ‘rock stars’, y por eso nos iniciamos en el punk (Javier Escovedo lo hizo con The Zeros) en un momento en que la música o el cine carecían de creatividad y rebelión. Todo estaba comercializándose. Hasta el surf se había convertido en un gran negocio”.

La época universitaria californiana de Alejandro estuvo a punto de engendrar un cineasta. “Quería hacer películas, pero no sabía cómo. En el departamento de cine de San Francisco State tenía un amigo que conducía un taxi de noche. Recorríamos juntos la ciudad hablando del tema sin parar. En las salas había una serie que se llamaba ‘Music In The Movies’. Y la primera vez que la vi, mostraba a Brian Eno promocionando el álbum ‘Here Come The Warm Jets’ (1974). Me quedé impresionado. Quisimos hacer un filme sobre una imaginaria ‘peor banda del mundo’. Y como no sabíamos tocar, resultaba fácil encarnar a los protagonistas. Alquilé mi primera guitarra y no la devolví. Era cine y rock’n’roll de guerrillas”, rememora el songwriter tejano, ya cumplidos los 54.

“La cosa iba de ellos y su autodestrucción, para nada de música. El punk-rock se había transformado en lo que yo había intentado evitar siempre. Si algo bueno tenía, era eliminar la barrera entre músicos y público. Buscábamos ser lo contrario de ‘rock stars’, y por eso nos iniciamos en el punk en un momento en que la música o el cine carecían de creatividad y rebelión. Todo estaba comercializándose”

Algunos de sus héroes juveniles brillan en el álbum de tributo, empezando por John Cale. “Cuando escucho su versión de ‘She Doesn’t Live Here Anymore’, es como si oyera todo lo que siempre he querido hacer. Aunque él no la haya escrito, deja su huella”. Ian Hunter merece un capítulo (“los True Believers soñábamos con ser los Mott The Hoople del Southwest”), aunque Alejandro disfruta sobre todo con la aproximación de Ian McLagan a su “Wedding Day”. “Fui amigo de otro de The Faces, Ronnie Lane. Vivió en Texas y toqué en su banda. Nos decía que necesitábamos más personalidad y se empeñaba en emborracharnos. Yo ya no bebo. Las palabras del doctor fueron (recurre al español): ‘Si quieres tomar, vas a morir’”. Además de Lane, otros músicos amigos ya fallecidos, tejanos como Townes van Zandt (“el mejor escritor de canciones; mejor que Bob Dylan”) o residentes en el estado de la Estrella Solitaria como Sterling Morrison, seguro que también habrían acudido en apoyo de Escovedo. Y él parecía barruntarlo con asombro en uno de sus temas de los noventa: “Everybody Loves Me”.

Alejandro no comulga con la mayoría republicana de Texas (“hasta los chicanos votan aquí a Bush. Es asombroso”), tan poco partidaria de esa Seguridad Social que él ha echado de menos en su enfermedad –en plan profético, llamó a su disco en directo “More Miles Than Money. Live 1994-96” (Bloodshot, 1998)–. Y el músico confiesa cierta prevención hacia grupos del Klan o de milicia de ultraderecha, teniendo en cuenta su origen y sus actuales, e incomprendidas por muchos vecinos, creencias budistas: “Desde el 11-S de 2001, el gobierno ha hecho casi pasar por incorrecto todo lo que no fuera ser baptista y republicano”.

Alejandro, sin embargo, se identifica con la escena tejana: “Me va muy bien su ritmo, sobre todo el de Austin. No prima la ambición; solo quieren hacer música. En este estado los músicos van por libre y son muy creativos; me encantan”. En cualquier caso, su sello actual, Bloodshot, radica en Chicago y “A Man Under The Influence” (Bloodshot, 2001) lo grabó en Carolina del Norte con Chris Stamey (ex dB’s) como productor. De los otros tres largos de su carrera en solitario se había encargado Stephen Bruton. “Sentí que Stephen estaba muy ocupado con sus propias cosas. Con Chris quiero repetir. Es genial”. Y lo corrobora la versión escogida por Stamey en “Por vida”: “One True Love”.

El sonido futuro de Alejandro se debate entre el de su orquesta de trece unidades y el más intimo que lució en su debut como solista, “Gravity” (Watermelon, 1992): guitarra, batería, bajo, un teclado y chelo. “Todavía creo en la posibilidad de combinar lo muy eléctrico con las cuerdas”. Sigue, eso sí, firme en su valoración del espacio entre notas (“parecemos al borde del precipicio, pero damos marcha atrás combinando crescendos de ruido libre con preciosos susurros minimalistas. La fuerza no consiste en un bombardeo continuo, sino en dar silencio y de nuevo volumen”, dice) y ajeno a un posible aumento de popularidad gracias a “Por vida”: “Soy afortunado. He hecho, visto y experimentado mucho. Solo pienso en escribir nuevas canciones”.

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