El disco “Por vida: A Tribute To The Songs Of Alejandro Escovedo” (Or-Cooking Vinyl-Discmedi, 2004), donde le rinden homenaje Lucinda Williams, Steve Earle, Howe Gelb, Calexico, The Jayhawks, etc., ha contribuido a la recuperación del compositor, cantante y guitarrista no solo desde una perspectiva económica. “No mucha gente tiene la fortuna de llegar a comprender lo que significa para los demás. Normalmente, estas cosas pasan una vez que mueres. Ha sido un verdadero gesto de amor por parte de todos... Perdona, pero mi hija pequeña se empeña en besar al gato y tengo que acudir a rescatarlo cada dos por tres”. El mini-incidente descubre un apodo de Alejandro: “Me solían llamar Family Man, como al bajista de The Wailers. Y eso que, dada la desaparición de mi sistema inmunológico, estuve un tiempo alejado de los niños. Y también de mis gallinas. Son de raza araucana; las crío solo para nosotros. Tengo cuatro acres de tierra”. Y siete hijos locos por el hip hop. “Seis niñas y un niño. El chaval está como un príncipe. Ha cumplido 12 años y toca la batería. Estoy aprendiendo mucho más sobre música gracias a ellos”. Los padres de Alejandro (y de otras once criaturas), en cambio, resultaron decisivos en los gustos de su hijo. “Me compraron mis primeros discos: The Everly Brothers, Chuck Berry, Fats Domino y todos los de The Beatles y The Rolling Stones. A mi madre le privaba Mick Jagger y a mi padre, Jim Morrison”.
En el doble disco de homenaje a Alejandro intervienen varios de sus hermanos, desde el menor, Mario, líder de The Dragons, hasta el primogénito, Pete Escovedo, legendario percusionista de Santana. Este lo hace junto a su hija, Sheila E, ex batería y apoyo vocal de Prince. “Mi padre fue feliz al vernos trabajar juntos a Pete y a mí”. Alejandro se refiere a “By The Hand Of The Father”, musical creado en homenaje al patriarca del clan y que, editado en CD en 2002 por Texas Music Group, supone su último disco hasta el momento. “Él no lo vio en el teatro, solo en televisión; pero cuando lo escuchó por primera vez en su pequeño equipo, lo puso hasta seis veces seguidas, se giró hacia mí con una sonrisa y me di cuenta de que comprendía que era su vida. Pude hacerle ese regalo antes de que muriera el año pasado. Las historias que nos contaba de niños (fue emigrante, mariachi y boxeador) son, quizá, la razón de que yo acabara escribiendo canciones. Y muchas tratan sobre él”. Una de ellas, “The Rain Won’t Help You When It’s Over”, interpretada por otro hermano, Javier, se erige en la favorita de Alejandro dentro de “Por vida”. Ambos la compusieron tras formar True Believers en Austin (Texas) a mediados de los ochenta, banda esencial del roots rock pese a su truncada trayectoria. “Trabajábamos pintando casas durante el día, y luego, con dos ‘packs’ de la cerveza más barata, nos pasábamos desde las seis de la tarde hasta la una o las dos de la mañana tocando en el garaje. Nuestro primer concierto fue en Oklahoma, y aseguramos poseer repertorio para tres horas. Nos llegaba solo para cuarenta minutos, por lo que, de camino, intentamos recordar todas las canciones de punk, reggae o country que nos sabíamos”.