La imagen evoca la de Billie Holiday, ídolo de Winehouse y una cantante que desplegaba su vida en canciones y actuaciones, exorcizando sus demonios personales en el escenario, a la vista de todo el mundo. A pesar de las lujosas cortinas drapeadas y las lámparas de pie antiguas que decoran el escenario rememorando el tipo de clubes de jazz repletos de humo donde Holiday solía cantar, el local del concierto de esta noche es un hangar inmenso, con capacidad para 10.000 personas, y la ausencia de pantallas de vídeo significa que solo aquellos que están más cerca del escenario pueden ver cómo se desprende la máscara del rostro de la cantante. Entre el público predominan las mujeres jóvenes, y son precisamente las adolescentes comprimidas contra las barreras de seguridad las que chillan con desesperación ante las lágrimas de Winehouse, gritando su nombre y ofreciéndole su apoyo. Al fondo de la sala, el silencio reina en una atmósfera que empieza a adquirir un aire hostil...
Shane O’Neill, agente de prensa de Amy, lo contempla todo con preocupación creciente. Han sido él y Ted Cummings, otro empleado de Island Records, quienes nos han traído hasta Birmingham para asistir al espectáculo y, confiamos, poder entrevistarla. Pero, al parecer, en la vida de Amy Winehouse no hay nada sencillo. En esta primera velada de la mayor gira de su carrera, debería de estar celebrando el final de un buen año, en el que su álbum “Back To Black” (Island-Universal, 2006) ha vendido más que ningún otro en el Reino Unido e incluso ha batido un récord situándose en lo alto de las listas en Estados Unidos, todo un logro para una cantante británica.
Sin embargo, hace apenas una semana, su marido, Blake Fielder-Civil, fue arrestado por agresión y por obstaculizar la justicia. A esto siguió la mención en el ‘Daily Mirror’ de una supuesta artimaña para comprar por 260.000 euros el silencio del camarero James King, a quien supuestamente agredieron Fielder-Civil y su amigo Michael Brown en junio de 2007 en el pub Macbeth de Hoxton, en el norte de Londres. Según algunos periódicos, si se le encuentra culpable, Fielder-Civil podría enfrentarse a una sentencia de cadena perpetua.
Para la prensa amarilla, no hay nada mejor que las malas noticias, y aun más si tienen algo que ver con Amy Winehouse: no ha dejado de aparecer en los periódicos desde finales de 2006, cuando consiguió su primer éxito con “Rehab”. Sus problemas con la bebida, las drogas y la bulimia le han ganado el sobrenombre de la “diva atormentada”, y la turbulenta relación con Fielder-Civil los ha coronado como los Sid y Nancy modernos, consumidos por una obsesión destructiva mutua alimentada por las drogas. Así que cuando se retuvo a Fielder-Civil en custodia en la prisión londinense de Pentonville, muchos esperaban que Winehouse se desmoronara, que se perdiera en la bebida y en las drogas, que no estuviera en condiciones para salir de gira.
Su aparición en el escenario en Birmingham, precedida por una breve visita a su marido aquella misma tarde, hace pensar que quizás algo de cierto haya en ello. Arrastra las palabras, se la ve desorientada y sola, incluso arropada por el grupo. Se percibe también, no obstante, una sensación de catarsis, la sensación de que necesita estar en el escenario en un momento como este. Interpretar temas de “Back To Black”, canciones escritas para el hombre que ama cuando se separaron por primera vez, es su manera de tenerlo cerca. No hablamos de arte que imita la vida. Es el arte como vida, y la vida como arte. Ahí radica la fuerza de Amy, lo que la convierte en la más grande cantante de soul de su generación.