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ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

Régine, Win y la cofradía del fuego. Foto: Guy Aroch

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 328)

ARCADE FIRE El mundo en sus manos

¿Es Arcade Fire el grupo de rock más importante del momento? Podemos discutirlo, pero lo que parece claro es que sí es el único que mantiene con inquietud creativa y credibilidad el estatus y el carisma de los gigantes de estadio del siglo pasado. David Saavedra analizó la trayectoria, relevancia y actualidad del colectivo canadiense para la portada del Rockdelux 328 (mayo 2014) en vísperas de su visita al Primavera Sound 2014. Otra portada de Arcade Fire en Rockdelux, aquí.

El 26 de mayo de 2005, el ambiente de expectación era especialmente alto en el escenario Rockdelux durante la jornada inaugural del Primavera Sound. Arcade Fire, recién encumbrados a los altares del hype para la generación ‘Pitchfork’ –su debut, “Funeral” (Merge, 2004), había sido elegido mejor álbum del año anterior para la revista online–, iban a tocar por primera vez en España. Fue un concierto breve, de diez temas, pero que ya empezó en lo más alto con “Wake Up” y finalizó en plan paroxista con un encadenamiento que sería ya clásico en todas sus giras futuras, “Neighborhood #3 (Power Out)” y “Rebellion (Lies)”. Yo fui el encargado de escribir entonces la minirreseña para Rockdelux y, en un ejercicio de atrevimiento, apunté que estábamos ante la que podía llegar a ser la gran banda de estadio del siglo XXI, anonadado por el coraje y la intensidad con que atacaban las canciones y por su hiperactividad en el escenario. Parecía que, en lugar de limitarse a reproducir los temas que habían compuesto y grabado, fuese la propia música la que emanase de dentro de ellos, poseyéndolos y sacudiéndolos violentamente hacia algo que les trascendía, como un alien divino que quería salir fuera de sus propios cuerpos. Meses después, en el festival portugués Paredes de Coura y con la banda más rodada, la sensación fue aún más demoledora. Precedieron a los Pixies y los barrieron del escenario haciendo recordar aquello de “el pasado es vuestro, pero el futuro es nuestro”.

Aparentemente, Arcade Fire era todavía una banda pequeña entonces, pero ya se vislumbraba lo que acabaría siendo después. “Funeral” lo había publicado, solamente en Norteamérica, el prestigioso sello independiente Merge en 2004, y hasta un año después no llegó a Europa vía Rough Trade. En España fue la extinta compañía Sinnamon quien se encargó de distribuirlo e, incluso, trajo de promoción a Barcelona a su pareja-núcleo, Win Butler y Régine Chassagne. David S. Mordoh charló entonces con ellos para esta revista en el que sería tema de portada en el número 228, en abril de 2005, sobre su filosofía, intenciones e influencias, con el matrimonio aún aparentemente lejos de las ínfulas que irían adquiriendo a medida que se hicieron más grandes.

 
ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

Rockdelux 328 (Mayo 2014)
Foto: Guy Aroch
Diseño: Nacho Antolín

 

El periodista canadiense Michael Barclay, experto en la escena alternativa de su país, escribía recientemente que, cuando conoció al mayor de los Butler en 2003, le pareció uno de los músicos más ambiciosos que había visto jamás. Del enorme vocalista, de 1’94 de estatura, se puede decir que posee ese carácter impreso en su mismo nombre (Win, “ganar” en inglés, es una abreviatura de Edwin) y que también juega al baloncesto con una mentalidad muy competitiva, o al menos eso se desprende de un reportaje de la edición norteamericana de ‘Rolling Stone’ de este mismo año. La música ya estaba en sus genes: Alvino Rey, su abuelo, fue el mítico líder de big bands y pionero de la steel guitar; Luise, su abuela, componente del grupo vocal The King Sisters; y Liza Rey, su madre, vocalista y arpista. Criado junto a su hermano en un suburbio cercano a Houston (Texas), y educado en la fe mormona, se trasladó a Montreal a los 20 años y se licenció en estudios religiosos. Allí, en la McGill University, conoció a Régine, hija de unos emigrantes haitianos que habían huido de su país en los años sesenta con la dictadura de François Duvalier. Ella estudió comunicación y música. Su formación era clásica y completamente aislada del indie que había seducido a los Butler desde la adolescencia. Una noche de 2001, ella cantaba jazz en la inauguración de una exposición de arte. Win se quedó prendado y le propuso incorporarse al grupo que acababa de crear. Dos años después se casarían.

En realidad, Arcade Fire era un proyecto del mayor de los Butler fundado junto a su amigo Joshua Deu –está acreditado como coautor de las partes 1 y 3 de “Neighborhood”–, pero este abandonaría el grupo en 2003, justo cuando la banda editó su primer EP, homónimo, aunque popularmente conocido entre sus fans como “Us Kids Now”. En una turbulenta primera época, muchos músicos pasaron por la formación, pero Butler y Chassagne –ya los líderes indiscutibles entonces– no encontrarían a sus compañeros definitivos hasta la grabación de “Funeral”. Ahí ya estaban Will Butler, Richard Reed Parry, Tim Kingsbury, Sarah Neufeld y su colaborador Owen Pallett. Jeremy Gara llegaría en la gira posterior (precedido brevemente por Howard Bilerman). Todos ellos se intercambian constantemente los instrumentos en un concepto que se podría definir como música total, de un modo análogo a lo que hacía la prodigiosa selección holandesa de fútbol de los años setenta.

Aquellos Arcade Fire, a su modo, seguían las pautas de otros grupos-colectivo canadienses de sentimiento comunal y mentalidad de ir a por todas, bestias escénicas proclives a buscar un rock de voz en grito y puño en alto: de Broken Social Scene a Godspeed You! Black Emperor o The Constantines. Los autores de “Funeral” llevaron esa escuela, y la de otras bandas de indie emo intenso, como los estadounidenses The Wrens, a unas cotas de popularidad que, en realidad, no deberían parecer tan insólitas. Desde el principio, Arcade Fire tuvieron clara su intención de crear una conexión que ellos mismos definen como “de euforia espiritual” con su público, finalizando a menudo sus conciertos en medio de la gente, marchando en plan banda del Ejército de Salvación o improvisando bises en el exterior de los recintos donde actuaban. Ahora ya no es del todo así: en, por ejemplo, su decisión de imponer unos códigos de indumentaria a los fans que quisiesen acudir a algunos de los conciertos de la gira de “Reflektor” (Merge, 2013) se advierte una voluntad de jerarquización que antes no existía, por mucho que luego dijeran que se trataba de una broma.

 
ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

Régine Chassagne, Win Butler, Will Butler, Tim Kingsbury, Richard Reed Parry y Jeremy Gara: música en las alturas. Foto: JF Lalonde

 

En el crecimiento gradual establecido por los canadienses en estos trece años se otorga alta importancia a su hábil mánager, Scott Rodger, aunque en el ojo público haya influido más el haber caído en gracia a un importante crisol de figuras potentes del Olimpo rock. David Bowie fue el primero en apadrinarlos y subirse a un escenario con ellos, y luego llegarían David Byrne, U2, Bruce Springsteen, Mick Jagger, Neil Young o, la más reciente, Debbie Harry en su concierto en Coachella. Estamos, pues, ante una de las únicas (¿la única?) bandas de este siglo de heroísmos relativizados y fragmentación digital que puede contradecir la teoría de la muerte de los grandes colosos del viejo rock de estadio. Pero no solo cuenta con el refrendo de estas figuras, sino también del gran político-estrella del pop, Barack Obama –ellos también apoyaron su campaña–, y de alguien tan relevante en las subculturas contemporáneas como James Murphy. Antes de que el exlíder de LCD Soundsystem se convirtiese en productor de “Reflektor”, las dos bandas ya habían compartido una gira en 2007 y un split single (los canadienses versionaban “Poupée de cire, poupée de son” de Serge Gainsbourg para France Gall, y los neoyorquinos “No Love Lost” de Joy Division). Además, el núcleo duro de Arcade Fire participó como invitado en el mítico concierto final de LCD Soundsystem en el Madison Square Garden el 2 de abril de 2011. De hecho, es Win quien grita ese “Shut Up And Play The Hits” que acabaría titulando el documental posterior de 2012.

Parte del encanto y el interés que posee la banda de Win Butler radica, precisamente, en el modo en que, sin renunciar nunca a cierta mentalidad de vanguardia, a un moderado amor por la extrañeza, en su repertorio se puede rastrear una historia paralela que engloba a buena parte de la música popular de las seis últimas décadas. Es encomiable la versatilidad con que pueden afrontar, incluso fusionar, multitud de estilos sin dejar de ser nunca ellos mismos y sin intentar disimularlo. En su actual gira, sin ir más lejos, reconocen las deudas de “Afterlife” con “Temptation” (New Order) y las de “Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)” con “Heart Of Glass” (Blondie), pero también las que sienten con la infinidad de canciones ajenas que están versionando.

Más complejo a la hora de valorar la actitud actual de la banda es pensar en cómo aquella sensación de realidad y autenticidad extremas se ha camuflado en cierto aire de impostura (los disfraces, el hecho de presentarse con el nombre de The Reflektors), no sé hasta qué punto condicionado por las tentaciones e inseguridades del éxito masivo a la manera de los U2 de “Achtung Baby” (1991), o si esa asunción de las influencias afrocaribeñas en mezcolanza con reflexiones existenciales y nobles sentimientos tiene más de capricho forzado que de evolución natural. Por otro lado, las declaraciones últimamente habituales del mayor de los Butler, crítico con “la tiranía de la cultura juvenil” o la música de baile asociada a la cultura de las drogas de los blancos de clase media, reivindicando un más amplio sentido de la comunidad y de pertenencia a algo mayor que uno mismo, siembran la incertidumbre sobre si estamos ante una banda progresista o reaccionaria. En cualquier caso, sí se advierte en sus conciertos actuales un excitante golpe de timón, al concentrar su vena más épica en los primeros minutos y finalizar con una explosión bailable y festiva que nunca hasta ahora habían desarrollado de la misma manera. Al final, la única verdad es que en sus directos, incontestables, nunca dejan prisioneros.

Pantallazos visionarios

A pesar de esa idea de crítica de la cultura contemporánea que subyace en su discurso, lo cierto es que Arcade Fire también han sido muy hábiles, incluso visionarios, a la hora de aliarse con ella y mostrarse en el epicentro de la misma, en especial en la red y con la complicidad de algunos de los videocreadores más reputados.

Una vez conscientes de su poder mediático, empezaron a aprovecharlo con los enigmáticos teasers que anticipaban “Neon Bible” (Merge, 2007) en una web creada ad hoc, con un supuesto número telefónico de la esperanza como señuelo. Ese mismo año, en uno de los más aplaudidos vídeos de guerrilla de la serie “Les concerts à emporter” de la página La Blogothèque, el francés Vincent Moon filmaba a la banda al completo tocando en un ascensor. La colaboración fue tan satisfactoria que el grupo pidió al director que se encargase del rodaje del posterior documental sobre su gira de aquel disco, y que se editaría con el título de “Miroir Noir” (Vincent Morisset, 2009).

Con “The Suburbs” (Merge, 2010), los canadienses darían varios pasos más hacia delante. El primero, con Terry Gilliam –una de las influencias en el imaginario de los de Montreal–, encargado de filmar su concierto de presentación en el Madison Square Garden neoyorquino para la webserie “Unstaged”. La apuesta se redobló cuando, en colaboración con Google Maps, diseñaron junto al director Chris Milk el vídeo interactivo para “We Used To Wait”. Para amplificar la experiencia emocional al escuchar el tema, se incitaba al espectador/oyente a que introdujera la dirección del lugar donde creció en una web creada para tal efecto, y, en combinación con las imágenes creadas para el clip, aparecían vistas del entorno personalizado.

Sería también con este álbum cuando se iniciarían las colaboraciones con Spike Jonze. Él firmó el videoclip de “The Suburbs”, que, en realidad, era el anticipo de “Scenes From The Suburbs”, un mediometraje de media hora que se estrenaría en el Festival de Berlín de 2011, con guion de Win y Will Butler. Visualmente interesante, fue sin embargo en su confuso argumento (combinación de la temática de vida suburbial adolescente propia del álbum con una distopía sobre un estado totalitario) donde fracasó.

Más relevante de cara a su futuro sería el vídeo de “Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)” firmado por Vincent Morisset, ya que ahí aparecerían por primera vez esas figuras de cabezudos posteriormente retomadas por Anton Corbijn para “Reflektor”. Quizá se podría haber esperado algo más del clip del prestigioso realizador holandés, ensombrecido por sorpresas virales como el programa televisivo especial de ‘Saturday Night Live’ de presentación del álbum, en el que se alternaron canciones en vivo con cameos humorísticos de celebridades como Bono, Ben Stiller o Michael Cera. Incluso dos fenómenos tan en boga como el lyric video y el fan made video con apropiación de imágenes ajenas fueron utilizados por ellos en el estreno también sorpresa en YouTube de su último álbum: colgaron el disco al completo, con las letras de cada tema sobreimpresionadas, acompañado por secuencias de la película “Orfeo negro” (Marcel Camus, 1959) en el que no es solo el lyric video más largo de la historia, o el primero que engloba un álbum entero, sino una forma de establecer una relación paralela, de retroalimentación mutua de significados, entre el contenido del disco y el filme inspirador.

El último grito, hasta el momento, ha sido otra experiencia pionera. Durante la ceremonia de los YouTube Music Awards celebrada el pasado noviembre, idearon, de nuevo junto a Spike Jonze, un clip en directo donde, paralelamente a su actuación, la actriz Greta Gerwig desarrollaba una coreografía en un decorado en el que, en un momento dado, aparecía cantando Win Butler. Se produce ahí una suerte de ilusionismo visual, cuyo truco es desvelado en el momento en que Gerwig irrumpe en el escenario para finalizar, junto a un grupo de niñas, bailando ya a la vista del público allí presente.

 
ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

Reflexiones existenciales y nobles sentimientos: ¿pose o actitud? Foto: Guy Aroch

 

LOS CUATRO PUNTOS CARDINALES

ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

“Funeral”
(Merge, 2004)

Las muertes consecutivas de familiares de varios miembros de la banda inspiraron el título de un álbum furioso, intenso y también versátil que va más allá de la épica de sus singles (véase “Haiti” o “Crown Of Love”). Es un disco-rito de paso a la edad adulta que apela a la autoayuda contra el dolor y la pérdida, y recuerda viejos romances juveniles en un barrio en parte real, en parte imaginado. Según el recuento de la web Metacritic, es el segundo álbum mejor valorado de los 2000, tras “Kid A” (2000) de Radiohead. Penúltima canción: “Rebellion (Lies)”.

ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

“Neon Bible”
(Merge, 2007)

Lejos de dejarse amedrentar por el impacto de su debut, mostraron aquí aún más altas ambiciones: grabado en una iglesia reconvertida de Quebec, es una especie de álbum distópico conceptual con imágenes que evocan la oscuridad en medio del océano, paranoias sobre el progreso tecnológico y altas preguntas de carácter espiritual. “Black Mirror”, gran tema de apertura, se anticipa a la serie de TV del mismo título, y se refuerzan como abanderados de la honestidad frente al cinismo de los tiempos. Penúltima canción: “No Cars Go”.

 
ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

“The Suburbs”
(Merge, 2010)

De nuevo conceptual y, encima, doble. Son dieciséis temas con una media de calidad alta, aunque sin hits de aparente impacto. Win Butler define su sonido como un cruce entre Neil Young y Depeche Mode para recrear con cierta nostalgia momentos de su vida en la adolescencia, plasmados con aplomo y sentido reflexivo. De entre el conjunto sobresalen temas como “Ready To Start”, “Month Of May”, “Empty Room” (la gran tapada) y, por supuesto, la penúltima canción: “Sprawl II (Mountains Beyond Mountains)”.

ARCADE FIRE, El mundo en sus manos

“Reflektor”
(Merge, 2013)

Muy influido por sus viajes a Haití y Jamaica, es su álbum más arriesgado y también el que guarda mayor desequilibrio interno, con cierta indefinición. Un disco que, pese al concurso de James Murphy en la producción, denota un exceso de autoindulgencia con sus propias ideas. Guarda gran interés en su asunción de rituales como el vudú o el carnaval y en su acercamiento a la música disco y los ritmos afrocaribeños, algo que nunca se debe desligar de su creciente compromiso con el pueblo haitiano. Penúltima canción: “Afterlife”.

 
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