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ARCTIC MONKEYS, Lo que somos y lo que no somos

Andy Nicholson, Matt Helders, Alex Turner y Jamie Cook.

 
 

ENTREVISTA (2006)

ARCTIC MONKEYS Lo que somos y lo que no somos

Documento Rockdelux. Echemos la vista atrás y recuperemos los inicios de Arctic Monkeys. En febrero de 2006, con el primer disco recién publicado, David S. Mordoh estudiaba el caso y ofrecía un veredicto amparado en los estribillos duros –muy duros para su pinta de modosos– de cuatro chavales reivindicando involuntariamente la parte fundamental del rock donde la tribu se impone al producto. Al fin y al cabo, el elixir –la eterna juventud– del rock.

1. CRONOLOGÍA. Tres muchachos crecen juntos en Sheffield (Reino Unido): Alex Turner (voz y guitarra), Andy Nicholson (bajo) y Matt Helders (batería). Al terminar el bachillerato hace poco más de dos años, deciden formar un grupo junto a Jamie Cook (guitarra). Sus bolos locales crean un enjambre de seguidores fieles que allí reciben demos –gratis o a coste bajo– y las cuelgan en internet con tal éxito que a principios de 2005 Arctic Monkeys llenan aforos de capacidad media con un público capaz de recitar de memoria todas sus canciones. Tras un EP autoeditado y agotado en mayo con “Fake Tales Of San Francisco” como tema estrella, les llueven las ofertas. Firman con Domino y obtienen su primer número uno en singles en octubre con “I Bet You Look Good On The Dancefloor”. Aquel mismo mes se meten en el estudio para pulir su primer LP, “Whatever People Say I Am, That’s What I’m Not” (Domino-[PIAS] Spain, 2006), del cual se ha extraído en sencillo “When The Sun Goes Down”.

"Internet es un medio, no un fin. Es un vehículo que ha ayudado a divulgar nuestra música, pero lo importante es la música. Cualquiera puede colgar sus canciones en la red. Otra cosa es que triunfe. Y no hemos cometido crimen alguno firmando un contrato discográfico, pues nunca hemos estado contra la industria"
(Matt Helders)

2. EL CASO. La música y los textos de Alex Turner. Un pop cambiante y aguerrido, contundente cuando ha de serlo, que descubre la perspectiva de un adolescente británico de provincias del nuevo milenio y sus prioridades escapistas: la discoteca, el alcohol, aquella chica, el segurata, el proxeneta y su harén, los maderos atemorizando, etc. Con la mirada fría de quien ha perdido la fe en los mayores y la denominación de origen de la ciudad que popularizó Jarvis Cocker. Habla Matt Helders: “Mucha gente se ve reflejada en los textos, pero creo que el mérito es sonar a la vez a muchos de los grupos para nosotros importantes de los últimos años: Oasis, The Strokes, The Libertines...”.

Sin embargo, Arctic Monkeys empiezan a citarse a medida que la bola va creciendo en la red, hasta el punto de pasar a la historia como los primeros que triunfan al margen de lo que hasta hoy entendíamos por industria discográfica. “Nuestros seguidores se multiplicaron gracias a la red, pero no creo que seamos una banda de internet. La red influyó en nuestra difusión: las demos, los foros, el boca-oreja, etc. Pero internet es un medio, no un fin. Es un vehículo que ha ayudado a divulgar nuestra música, pero lo importante es la música. Cualquiera puede colgar sus canciones en la red. Otra cosa es que triunfe. Y no hemos cometido crimen alguno firmando un contrato discográfico, pues nunca hemos estado contra la industria. No hemos traicionado a nadie. Sencillamente, la industria no nos hacía caso”.

Aun así, persiste la percepción de que la gente los ha hecho suyos gracias a la eficacia que alimenta el binomio nuevas tecnologías/barrera generacional. “Al día siguiente de llegar al número uno con ‘I Bet You Look Good On The Dancefloor’, cada periódico británico analizaba el suceso de manera distinta, aunque todos parecían coincidir en que lo habíamos conseguido gracias a nuestros amigos de la red. Hasta entonces, todo nuestro material había estado allí gratis, incluso esa canción. ¿Por qué entonces la iba a comprar alguien que ya se la había bajado?”.

 
ARCTIC MONKEYS, Lo que somos y lo que no somos

Un pop cambiante y aguerrido, contundente cuando ha de serlo, que descubre la perspectiva de un adolescente británico de provincias del nuevo milenio y sus prioridades escapistas.

 

Con tanto barullo mediático, no era fácil meterse en un estudio para estructurar el primer álbum. “Respecto a la supuesta cobertura exagerada de publicaciones como el ‘NME’ y a las comparaciones con el caso de The Libertines, quiero aclarar que nosotros no hemos hecho nada para salir en la prensa. Ni hemos buscado controversias ni hemos exigido moquetas rojas. Nos hemos mantenido fuera de esta espiral; y lo digo siendo fan de The Libertines. Solo tras el contrato con Domino se ha vehiculado la promoción por los cauces habituales en estos casos. En cuanto al álbum, queríamos que abarcase nuestras inquietudes y nuestra historia hasta este momento”. Yo tengo apuntada una ristra de canciones que no entraron; supongo que podría haber sido un disco de sesenta minutos en lugar de uno de cuarenta. “Queríamos que sonase con cierta unidad y no como una recopilación exhaustiva. Decidir los descartes fue duro, así como cuáles se regrababan, ya que cada uno tiene sus canciones preferidas”. Para titularlo, recurren a una frase del film británico “Sábado noche, domingo mañana” –melodrama working class del free cinema dirigido por Karel Reisz en 1960 con Albert Finney de protagonista– y le buscan una estupenda portada en consonancia: esa cara en blanco y negro y esa ceniza que no cae.

"Nosotros no hemos hecho nada para salir en la prensa. Ni hemos buscado controversias ni hemos exigido moquetas rojas. Nos hemos mantenido fuera de esta espiral"
(Matt Helders)

El disco arranca en tromba con el clásico de sus conciertos “The View From The Afternoon”, pura estampida con algún que otro quiebro que recuerda a “Smells Like Teen Spirit” (Nirvana). Una avalancha que no decae con los acordes metálicos de “I Bet You Look Good On The Dancefloor” ni con “Fake Tales Of San Francisco”. Es un trío de ases letal en vivo. A mitad del disco, el pistoletazo heavy que inaugura “Still Take You Home” deja paso a una guitarra que zigzaguea nerviosa como las de The Coral, con Arctic Monkeys siempre urgentes y turgentes, tomándose un respiro con la emocionante precariedad sonora –deliberada– de la insumisa “Riot Van”. El tramo final es como una escalera hacia el delirio con otro trío ganador: abre boca “When The Sun Goes Down” y mantiene el clima “From The Ritz To The Rubble”. Pero es “A Certain Romance”, con su arpegio de cristal conductor tipo Orange Juice, la que va creciendo hasta estallar en otra estampida arrolladora digna de The Wedding Present. Un final, como casi todos los cortes del disco, a lo grande.

3. VEREDICTO. Dos opciones. La primera es encomendarse a todos los ‘The Wire’ repletos de jazz noruego, ver que el ‘NME’ les ha dado un diez y cargarse el disco bajo una excusa estrictamente técnica/musical. Niet al hype. La otra opción, por supuesto, es sucumbir a la euforia del momento –como con el primero de The Strokes– y disfrutar. Amparados en estribillos duros –muy duros para su pinta de modosos– que arrastran y golpean y en directo son la leche, cuatro chavales reivindican involuntariamente esa parte fundamental del rock donde la tribu se impone al producto. No es la primera ni, ojalá, la última vez que ocurre, sobre todo cuando el disco es tan digno como este. Si alguien es capaz de recordar la escena de la película “Trainspotting” con el “Born Slippy” de Underworld sonando mientras aquella masa bailaba con las botellas de agua apuntando al cielo, entenderá lo que es estar allí en medio, perteneciendo a la tribu; al fin y al cabo, el elixir –la eterna juventud– del rock.

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