Cuando tocaste en Barcelona el pasado 25 de febrero, comentaste que tu show se compone de canciones cómicas y trágicas. Tengo la impresión de que las trágicas son la sustancia y las cómicas, una especie de guarnición para hacer el recital más llevadero. No veo problema en ganar pasta con las canciones humorísticas. En cambio, si haces dinero con las dramáticas, ésas donde estás poniendo el corazón, no acabo de sentirme bien del todo. Siempre he querido escribir música seria, pero no me considero compositora. No tenía guitarra ni escribía poemas en el colegio. La inspiración me viene muy de vez en cuando.
No había escuchado hablar de ti hasta que Will Odlham te recomendó en una entrevista... Antes de hacer tu pregunta, déjame decir que amo la música de Will Oldham.
A él también le gusta la tuya. Dice que le suena a la vez familiar y distinta a todo lo que ha escuchado. ¿Cómo lo haces? Mi música viene de un sitio lejano. Cada una de tus preguntas son mil preguntas. Cada canción viene de sitios distintos. Supongo que te refieres al nivel más profundo. Las canciones surgen de un lugar recóndito, de un yo verdadero. Aquí es donde comienzan los problemas porque parece que estoy pontificando. Ahora mismo, mientras te digo esto, me siento como un niño hablando de religión. Vivimos muy lejos de nuestras verdaderas identidades; tan lejos como los humanos y las estrellas. Es complicado llegar a escuchar la voz de tu interior. Me gustaría decir que lo he conseguido. Mi música tiene que ver con llegar allí. Tampoco hay que descartar que lo que estoy diciendo sea basura. Quizá sean sólo pensamientos de bufón. Algo sé seguro: si existe ese “yo verdadero”, no va a ser un ramo de rosas; tendrá muchas zonas oscuras, pero al menos será algo real, que no es poco. Dicho esto, cuando llegas a encontrar un destello de verdad en una canción, no es buena idea explicarlo. De hecho, apesta.
Quizá puedas poner un ejemplo... El último momento de honestidad lo tuve en una pieza nueva: “Fresh Out Of Candles”. Trata de santos. También tiene que ver con los cambios que hubo en la Iglesia Católica en los años cincuenta y sesenta. Ya sabes, lo que llevó al Concilio Vaticano II. Mi teoría es que esos cambios se adoptaron por el suicidio del actor que hacía de Superman en televisión –se refiere a George Reeves, cuyo fallecimiento, ocurrido en 1959, inspira el film “Hollywoodland” (Allen Coulter, 2006)–. Esto afectó tanto a Dios y al Papa que decidieron hacer algo al respecto. Los santos se estaban volviendo malos. “Fresh Out Of Candles” es una canción cómica y a la vez real porque tiene que ver con mi infancia. Cuando yo era niño ibas a la iglesia y te ponían velas en el cuello para bendecir la garganta. Era un ritual para evitar que los críos se ahogasen. Mientras las ponían te soltaban una especie de conjuro “mumbo jumbo”. Es algo que me marcó porque mi hermano murió ahogado. El estribillo de mi canción dice: “Basta ya de velas”. Ahora en mi vida no hay velas
Hoy llevas una camiseta estampada con la imagen de una virgen. ¿Eres religiosa? No, ni me gusta la liturgia, pero intento leer escritos de religión con la mente abierta.
¿Quiénes son tus músicos favoritos? Cuando estoy en casa nunca escucho música. Me encantan los conciertos, pero no escucho grabaciones. Lo siento. Me obsesiono con distintos estilos de música. La última adicción fuerte fue el folk caribeño: rumba, comparsa, música de santería... En una época trabajaba en el sur del Bronx y allí todo eso es muy popular. A finales de los ochenta llegué a tocar en una banda de este tipo. Allí empezó la obsesión y todavía sigue.
Háblame de alguien a quien quieras ver en directo y todavía no hayas podido. Little Richard. Lo adoro. Daría lo que fuera por verle actuar. Me da igual el estado en que se encuentre. Sería un lujo disfrutar de cualquier cosa que quiera ofrecerme, por pequeña que sea. Me está dando pena hablar de esto porque vivo en Cleveland, muy aislada; no tengo mucho contacto con músicos que me gustaría ver. Estaría bien mudarse a otra ciudad, pero en Cleveland está mi novio y otros asuntos económicos que me atan. La vida tiene estas complicaciones. Estoy un poco arrinconada, pero no es el fin del mundo. Tampoco puedo quejarme: ya sabes, hace poco compartí escenario con Marc Almond.
Eres un músico que gusta a otros músicos. Es una cosa mutua. Will Oldham es uno de los mejores. Me fascina su modo de cantar. Consigue que cada palabra llegue al oyente. Cuando le escuchas cantar, lo entiendes. También me gusta David Tibet por su sinceridad. Algunas cosas que hace son una mierda, pero siempre suena sincero. Admiro eso.
Durante una temporada trabajaste en el circo. ¿Qué aprendiste allí? Tocaba la típica música circense y alguna de mis composiciones. También hacía de actriz. Fui parte del Kamikaze Freak Show. Una de las estrellas era un enano escocés que levantaba peso con la polla. Llevaba la típica faldita de cuadros. Era un circo para adultos, claro. Una vez nos contrataron en Holanda para un “show” familiar sin saberlo. El promotor nos obligó a salir y fue una de nuestras mejores noches. La gente se lo tomó muy bien. El enano de quien te hablaba era mi novio. Tenía una personalidad extrema: podía ser muy amable o muy bestia. Un día dejó tirado al circo, justo antes de una gira de dos meses. Un pobre chico tuvo que hacer lo de la polla. A mí me tocó otro número durillo. Consistía en llenar un saco de botellas de vino o cerveza y luego machacarlas con un martillo. Me tumbaba encima del saco y me cubrían de cemento. No me contaron el truco hasta cinco minutos antes de salir a escena. Ya sabes cómo son en el circo con estas cosas: temen la antigua maldición gitana. Yo estaba aterrada antes de hacerlo por primera vez. Alguien me vio y me dijo: “Pase lo que pase, quédate quieta; basta con no moverte”. Era cierto. Fue un buen número porque el miedo es algo que se palpa y se contagia. El público siente tu miedo. Dicho esto, nunca volvería a hacer algo así. 