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BABYSHAMBLES, Mañana, quién sabe

La panda de Doherty.

Foto: Danny Clifford

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 239)

BABYSHAMBLES Mañana, quién sabe

Pete Doherty: imprevisible anomalía en el profesionalizado negocio del rock. Caótico e indomable de verdad, su manifiesta incapacidad para mantenerse centrado y lejos de los problemas ha impedido que se le reconociese como lo que es: uno de los artistas más puros que ha dado Inglaterra. El circo sensacionalista ha ensombrecido un talento sensacional, pero los dos álbumes de The Libertines y el debut de Babyshambles son testimonios de una forma de entender la música y la vida que ya no se estila. Controvertido sin remedio, amado y odiado, en este artículo que fue portada del Rockdelux 239 (abril 2006) presentamos una magnífica radiografía de su tóxico y azaroso devenir: Nando Cruz analizó el expediente X del romántico y libertino Pete Doherty.

“El cuartel general está en la esquina de Mott y Broome. Empuja la puerta llena de grafitis, sube las podridas escaleras, pasa las salas de trabajo esclavizado y hallarás el lugar”. Las discográficas redactan textos así para convencer a los periodistas de la autenticidad de sus fichajes. Esta, en concreto, debía servir para anteponer el linaje underground de The Bravery. Solo falló el disco. Escuchándolo jamás verás esa “puerta llena de grafitis”. Tampoco percibirás el olor de las “podridas escaleras”. Y aún menos creerás que su música es una respuesta airada al “trabajo esclavizado”. Yo solamente oigo a cinco aspirantes a grupo guay cambiando compulsivamente de canal para ver si su videoclip ya sale en televisión.

La principal obsesión de un músico es materializar en un disco los sonidos que flotan en su cabeza. Hay otro reto, casi tan importante: que el público oiga exactamente lo que él ha grabado. El truco está en convencer al oyente de que no existe intermediario, ni canal ni filtro. No es fácil, sobre todo si el artista cree que el intermediario, el canal y el filtro son elementos imprescindibles para hacer música. En el “First Impressions Of Earth” de The Strokes solo escucho a cinco chicos majos acorralados por un directivo. En el “You Could Have It So Much Better” de Franz Ferdinand, a cuatro implacables triunfadores exprimiendo la mesa de mezclas para que sus canciones suenen como cañonazos. Oigo palabrería del productor, veo barras de ecualización dibujando gráficas de porcentajes económicos, veo a los mandamases de RCA sonriendo porque se han salido con la suya y a los de Domino brindando con champán caro.

“Tocar en cualquier lugar y en cualquier momento sólo por el placer de hacerlo y dejar que la gente sea parte de ello, que sepa que es algo especial para ellos”
(Carl Barât, The Libertines)

En el debut de Arctic Monkeys sí detecto urgencia espontánea, física, natural y adolescente. Se han salvado de la esterilización. Es una suerte y un lujo, porque no abundan discos donde ves lo que hay y solo lo que hay. La transparencia se ha convertido en un bien muy escaso. El Auto-Tune corrige voces, el productor disimula imperfecciones, el A&R te presenta al grupo desde su perfil más atractivo, y lo que te llevas a casa es un fotograma retocado de la película. Quizá el mejor, pero insuficiente para hacerte una idea de lo que hay detrás de esas canciones. Nos venden una demo de maquillaje y ecualización aprobada en rockera asamblea.

El debut de Babyshambles muestra el mejor y el peor perfil del grupo londinense, los disparos descartados y el making of. Todo en dieciséis canciones. “Down In Albion” (Rough Trade-Sinnamon, 2005) no es una obra maestra ni un disco influyente. Es justo lo contrario: un “aquí te pillo aquí te mato” irregular, descacharrado, caprichoso, impulsivo, largo, absurdo, yonqui, torpe, desordenado... No es un disco perfecto por la misma razón por la que un disco de Kate Bush no puede ser imperfecto. “Down In Albion” es un fiel reflejo del innegable talento y del desastroso día a día de su autor. En este sentido, sí es un disco perfecto. O por lo menos, extraordinario.

En “Down In Albion” oyes a un cantante enseñándole a su grupo las canciones que recuerda antes de volver a la calle y retomar esa caótica existencia que ha decidido vivir. Oyes a un guitarrista intentando adivinar cuándo llega el cambio de acorde. Los oyes compartiendo el micro en coros medio inventados y desafinados. Oyes al productor rezando para que no suene el móvil de Pete Doherty y se aborte la grabación. Oyes a Doherty con los mocos colgando y el aliento entrecortado echando el resto en esa toma por si acaso no hay otra. Oyes, como dijo el batería Adam Ficek, “a una banda tocando en una habitación”. Lo que hay y nada más que lo que hay.

El único modo de evitar que el público intuya que hay intermediario, canal y filtros es eliminarlos. Esta ha sido una de las obsesiones de Doherty desde que fundase The Libertines con Carl Barât, el novio de su hermana mayor. Grabaron “Up The Bracket” (Rough Trade, 2002) en solo cien horas. “The Libertines” (Rough Trade, 2004) tampoco tuvo una cocción complicada. Lo difícil a esas alturas ya era juntar al grupo en el estudio. Pero ahí estaba Mick Jones (ex The Clash): su misión en ambos discos fue separar a Doherty y Barât cuando se peleaban y tener la sala a punto para grabar a cualquier hora del día o de la noche. A la mierda los filtros.

Pete Doherty se aficionó pronto a anunciar conciertos a través de internet en pubs, en su casa o en la de amigos. Al principio Carl Barât estaba de acuerdo: “Tocar en cualquier lugar y en cualquier momento solo por el placer de hacerlo y dejar que la gente sea parte de ello, que sepa que es algo especial para ellos”, decía. Pero Doherty no ha usado internet exclusivamente para citar a sus fans, sino también para replicar los comunicados que vertían The Libertines en la prensa cuando su relación con el grupo ya era un desastre. Y para colgar CDs enteros con sesiones de grabación. A la mierda el canal. (El intermediario discográfico no se lo ha podido ahorrar, pero al final ha sido mejor así, ya que Rough Trade ha pagado las clínicas de desintoxicación y las fianzas para que Doherty saliera de la cárcel).

 
BABYSHAMBLES, Mañana, quién sabe

Rockdelux 239 (Abril 2006)

Diseño: Nacho Antolín

 

The Libertines era el gran plan de Pete Doherty. Pero ni la traición de Barât ni sus problemas con las drogas y la justicia le han impedido seguir componiendo y actuando. Cuando en 2003 lo apartaron del grupo (ver Rockdelux 221), Doherty montó Babyshambles. Y un año después, mientras sus compañeros tocaban en España, él salía de gira con su nueva banda. No tardó mucho en leer lo que esperaba. Su segundo single, “Killamangiro”, recibió una crítica en el ‘NME’ que le supo a fría venganza: “Babyshambles suenan más a The Libertines que The Libertines. El espíritu rebelde, la sensación de inminente colapso y el estruendo de baterías cayendo por las escaleras siguen siendo la esencia de una canción de Pete Doherty”.

Fue la química que estableció con Barât la que empujó a Alan McGee a convertirse en el mánager de The Libertines en su último año de existencia y declarar: “No he visto este nivel de devoción desde The Clash en 1977 u Oasis en 1994”. Y la que había animado a Gordon Raphael (productor de The Strokes) a reconocer que se moría de ganas de producir su primer single: “Era como conocer a The Beatles cuando tenían 18 años”. Pero si Pete Doherty no ha sido el único genio que tuvo The Libertines –esperaremos a los debuts de Dirty Pretty Things, el nuevo grupo de Barât, y Yeti, el de John Hassall–, sí fue su ideólogo. Él era el fan de The Smiths y The Clash, los grupos que más marcaron el sonido del cuarteto y por los que Barât nunca sintió interés.

Doherty es el principal depositario del legado artístico y espiritual de The Libertines; y cuando el 17 de diciembre de 2004 estos dieron su último concierto, Doherty ya pudo concentrarse en su grupo, completado con el batería Adam Ficek, el bajista Drew McConnell y el guitarrista Patrick Walden. Lástima que la espiral de caos en que vivía instalado entrara entonces en una dinámica aún más vertiginosa. La noche siguiente, los fans destrozaban el escenario del Astoria londinense ante la incomparecencia de Babyshambles; los pedales de la guitarra de Patrick Walden acabarían subastados en eBay. Días después, Doherty declaraba: “Sé dónde está exactamente el botón de autodestrucción. Solo he de resistir la tentación de pulsarlo”. Y celebraba el fin de año con cuatro conciertos en cuatro ciudades: Birmingham, Stoke, Oldham y Mánchester. El 15 de enero de 2005 iniciaba su noviazgo con Kate Moss. En febrero pasaba otra semana en la cárcel. Días después actuaba en el Brixton Academy de Londres ante cinco mil fans. El chaval vive tan deprisa que ni siquiera hemos tenido que esperar una década para verlo haciendo el pena con Elton John en Hyde Park. La escena se produjo el 8 de julio, balbuciendo ante millones de telespectadores.

“Sé dónde está exactamente el botón de autodestrucción. Solo he de resistir la tentación de pulsarlo”
(Pete Doherty)

Pete Doherty es un puzzle imposible para quien no sepa comprender cómo una misma persona puede actuar en un festival contra el racismo ante cuarenta mil personas en Trafalgar Square e invitar a su camello a cantar en el Bowery Ballroom (Nueva York), grabar una canción para la ONG War Child y acabar en un calabozo de Oslo, leer poesía en la BBC y ser señalado por un diputado como “ese que consume drogas, es encarcelado y aun así obtiene portadas”. Pero él tiene el mismo don para echarse una siesta en el filo de una navaja que para resumir sus utópicas ansias de libertad en canciones de ritmo nervioso, acordes con chispa y versos inocentes, emocionados y sencillos.

“Fuck Forever” es el single más popular de Babyshambles, tan irradiable en Inglaterra como el “What A Waster” de The Libertines. Además de ser la antítesis del “Live Forever” de Oasis, tiene cuerpo y alma de himno romántico del siglo XVIII; como el “Irish Blood, English Heart” de Morrissey. Son composiciones de gran empaque donde el autor enarbola su actitud vital con una valentía épica. “¿Cómo puedes elegir entre muerte y gloria? / Los finales felices nunca me aburrieron / Los finales felices aún no me aburren / Pero tienen una forma de hacerte pagar / de hacerte claudicar / Yo rompí las ataduras / porque soy muy inteligente / Pero inteligente no significa juicioso / Así que a la mierda la eternidad / Si no te importa…”, canta Doherty, medio cocido.

El tiempo ha de resituar esta canción entre las más conmovedoras y memorables de su época. Nace del más absoluto caos, pero poco a poco va entrando en vereda, se encabrita y, ya en el estribillo, descarga su beoda y rebelde vitalidad. Imposible no sentirse agitado por ella. Si no es un cántico libertario al nivel de “London Calling” (The Clash), es porque en los planes de Doherty no entra componer himnos de alzamiento. Bastante tiene con mantenerse en pie. Lo suyo no es el combat rock, sino la mera supervivencia. Y la crónica pormenorizada de su heroica y patética existencia.

Doherty compuso “The Man Who Came To Stay” en su primera estancia en prisión, en octubre de 2003. Más adelante, cuando se vio fuera de The Libertines, acusaría a Carl Barât y Alan McGee en los versos de “Gang Of Gin”. En su segunda condena, en febrero de 2005, trabó amistad con un presidiario apodado The General; es quien canta “Pentonville”. Pero la música no es su único medio para inmortalizar sus hazañas. Él vendió (y cobró en persona) a ‘The Sun’ la exclusiva sobre su marcha de The Libertines. Y hace dos meses ‘The Guardian’ publicó extractos del diario que escribió en su tercer encarcelamiento. Más extensas son las notas que escribe a mano y cuelga en www.babyshambles.net bajo el nombre de “The Books Of Albion”.

 
BABYSHAMBLES, Mañana, quién sabe

Adam Ficek, Pete Doherty, Patrick Walden y Drew McConnell: héroes y villanos. Foto: Danny Clifford

 

Con 27 años recién cumplidos, Doherty tiene una biografía por la que deberían estar pujando en los despachos de Hollywood. No hay guionista que no pueda sacar rendimiento a un historial bohemio como el suyo. Las escenas jugosas son infinitas: escuchando de niño a New Kids On The Block, rellenando fosas en un cementerio para ganarse el primer sueldo, haciendo el payaso con su amigo Carl Barât para los turistas en el Speaker’s Corner de Hyde Park, peleándose con él en el escenario de Reading, robando en la casa de Barât, reconciliándose con él a la salida de la cárcel, componiendo juntos en un hotel del barrio parisino de Montmartre, burlándose de Marilyn Manson en el backstage del ‘David Letterman Show’, tocando la guitarra a las puertas del juzgado, fumando crack a escasos metros de un furgón policial, recitando el poema “Suicidio en las trincheras” de Siegfried Sasson al recibir el premio ‘NME’ al grupo revelación, escapando de un monasterio tailandés donde se sometía a una cura de desintoxicación para comprar droga en Bangkok…

Ahora que “En la cuerda floja” ha envuelto en glamour la vida de Johnny Cash, ahora que se ha reeditado “Viajando con los Rolling Stones” de Robert Greenfield, tal vez convenga establecer paralelismos. El acoso al que sometió la policía a Mick Jagger y Keith Richards durante la gira americana de 1972 es similar al que vive él, detenido por, entre otras razones, poseer droga, conducir borracho y tener una navaja. Y el Cash desquiciado por su amor no correspondido hacia June Carter no dista tanto del Doherty que sigue enamorado de Kate Moss, aunque ella haya tenido que alejarse de él (tras la famosa foto de la modelo esnifando cocaína) para no arruinar su carrera ni perder la custodia de su hija. (Por cierto, él también tiene un niño de dos años y medio).

Ya hay quien ve en Pete Doherty una nueva versión de Sid Vicious, el bajista de los Sex Pistols más famoso por su instinto autodestructivo que por su talento. ¿Otro niñato que no ha grabado ningún disco que justifique, por ejemplo, este artículo? Malcolm McLaren aporta un matiz clarificador: “Doherty es demasiado intelectual. Es una combinación de Sid Vicious y Morrissey”. En efecto. Y no solo porque en escena se comporta como una mezcla de ambos, entregándose a los leones porque cree poder amansarlos con su arte, sino porque incluso cuando sus canciones buscan la salida más fácil y rápida siempre tienen giros melódicos de inspiradísima factura pop.

“Es William Blake, es Thomas de Quincey, aunque solo lo sepa en parte”
(Malcom McLaren)

McLaren añadía: “Es William Blake, es Thomas de Quincey, aunque solo lo sepa en parte”. Y ahí es donde subestima al chaval. Antes de esnifar una raya de coca con una hoja arrancada de una biografía de Paul Verlaine ante los ojos de un reportero de ‘Mojo’, Doherty había sido becado por la facultad de literatura de la Universidad de Londres. Y una vez allí, fue elegido para recitar poesías en Moscú dentro de un programa de intercambio con una universidad rusa. Oscar Wilde, Arthur Rimbaud, John Keats y el Marqués de Sade habían despertado esa atracción por el exceso, lo prohibido, el vivir el instante, que tanto tiene en común con el ideario romántico. En vez de ir a la guerra como Lord Byron (o como el padre de Doherty, militar destinado a la primera guerra del Golfo), él ha montado una banda de rock. En su caso, es casi lo mismo.

¿Veis una gloriosa e ilustre carrera en perspectiva?, preguntaban en el ‘NME’ a The Libertines cuando ni habían editado el primer disco. Doherty respondió: “Creo que dos de nosotros habremos muerto antes de Navidad”. La premonición no se ha cumplido, pero sus allegados insisten en que al chico le quedan pocos meses; los mismos que le daban hace año y medio. En Rough Trade ya no quieren saber nada de él. Y las ventas ni siquiera se corresponden con la facturación que debería aportar un grupo cuyo líder ocupa portadas constantemente en la prensa (musical o no). Pete Doherty es un caso único donde lo sensacionalista ha acabado ensombreciendo lo sensacional, pero no anda el rock actual tan sobrado de artistas con un talento tan ardiente como para pasar por alto una obra como “Down In Albion”. ¿Para qué esperar a que grabe discos sensatos (si es que llega ese día) y reivindicar entonces la descarnada sinceridad de este debut?

“Albion”, su canción favorita, resume con aire contenido, reflexivo y diríase que maduro la empanada vital sobre la que se sustenta su novelesca existencia. Suena inmortal y emocionante; lo más cerca que ha estado de su amigo Shane MacGowan. En ella Doherty retoma los planes que hizo con Barât cuando sellaron un romántico pacto según el cual avanzarían juntos hacia la Arcadia, ese país imaginario y sin leyes. Así se lo explicaba Doherty a Barât. Y este veía en el plan un pasaje a la posteridad. “O en la cima del mundo o en el fondo del canal”, intuía. Pete Doherty sigue ahí: indeciso entre la muerte y la gloria.

P.D.: Hace slo unas semanas Bill Drummond y Jimmy Cauty (The KLF) emitían un comunicado donde desvelaban que Pete Doherty era un montaje para “mostrar la fragilidad de esta sociedad obsesionada por los famosos”. El chico trabajaba como imitador de Buddy Holly en hoteles para turistas y ellos le habían propuesto convertirlo en el líder de un grupo falso. Lo único real, siempre según ellos, ha sido el romance con Kate Moss: la modelo se enamoró del falso punk y ahí el invento se les escapó de las manos. El presunto yonqui romántico quiso entonces ser libre, rompió el contrato con sus creadores y grabó un disco con una banda nueva. Si no es cierto, por lo menos tiene bastante gracia.

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