En el debut de Arctic Monkeys sí detecto urgencia espontánea, física, natural y adolescente. Se han salvado de la esterilización. Es una suerte y un lujo, porque no abundan discos donde ves lo que hay y sólo lo que hay. La transparencia se ha convertido en un bien muy escaso. El Auto-Tune corrige voces, el productor disimula imperfecciones, el A&R te presenta al grupo desde su perfil más atractivo, y lo que te llevas a casa es un fotograma retocado de la película. Quizás el mejor, pero insuficiente para hacerte una idea de lo que hay detrás de esas canciones. Nos venden una demo de maquillaje y ecualización aprobada en rockera asamblea.
El debut de Babyshambles muestra el mejor y el peor perfil del grupo londinense, los disparos descartados y el making of. Todo en dieciséis canciones. “Down In Albion” (Rough Trade-Sinnamon, 2005) no es una obra maestra ni un disco influyente. Es justo lo contrario: un “aquí te pillo aquí te mato” irregular, descacharrado, caprichoso, impulsivo, largo, absurdo, yonqui, torpe, desordenado... No es un disco perfecto por la misma razón por la que un disco de Kate Bush no puede ser imperfecto. “Down In Albion” es un fiel reflejo del innegable talento y del desastroso día a día de su autor. En este sentido, sí es un disco perfecto. O por lo menos, extraordinario.
En “Down In Albion” oyes a un cantante enseñándole a su grupo las canciones que recuerda antes de volver a la calle y retomar esa caótica existencia que ha decidido vivir. Oyes a un guitarrista intentando adivinar cuándo llega el cambio de acorde. Los oyes compartiendo el micro en coros medio inventados y desafinados. Oyes al productor rezando para que no suene el móvil de Pete Doherty y se aborte la grabación. Oyes a Doherty con los mocos colgando y el aliento entrecortado echando el resto en esa toma por si acaso no hay otra. Oyes, como dijo el batería Adam Ficek, “a una banda tocando en una habitación”. Lo que hay y nada más que lo que hay.
El único modo de evitar que el público intuya que hay intermediario, canal y filtros es eliminarlos. Ésta ha sido una de las obsesiones de Doherty desde que fundase The Libertines con Carl Barât, el novio de su hermana mayor. Grabaron “Up The Bracket” (Rough Trade, 2002) en sólo cien horas. “The Libertines” (Rough Trade, 2004) tampoco tuvo una cocción complicada. Lo difícil a esas alturas ya era juntar al grupo en el estudio. Pero ahí estaba Mick Jones (ex The Clash): su misión en ambos discos fue separar a Doherty y Barât cuando se peleaban y tener la sala a punto para grabar a cualquier hora del día o de la noche. A la mierda los filtros.
Pete Doherty se aficionó pronto a anunciar conciertos a través de internet en pubs, en su casa o en la de amigos. Al principio Carl Barât estaba de acuerdo: “Tocar en cualquier lugar y en cualquier momento sólo por el placer de hacerlo y dejar que la gente sea parte de ello, que sepa que es algo especial para ellos”, decía. Pero Doherty no sólo ha usado internet para citar a sus fans, sino también para replicar los comunicados que vertían The Libertines en la prensa cuando su relación con el grupo ya era un desastre. Y para colgar CDs enteros con sesiones de grabación. A la mierda el canal. (El intermediario discográfico no se lo ha podido ahorrar, pero al final ha sido mejor así, ya que Rough Trade ha pagado las clínicas de desintoxicación y las fianzas para que Doherty saliera de la cárcel).