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BALAGO, Humanos frente al precipicio

David y Guim: banda sonora para el desastre. Foto: Óscar García

 
 

ENTREVISTA (2019)

BALAGO Humanos frente al precipicio

Balago, la banda electrónica de La Garriga (Barcelona), plantea en su nuevo disco una reflexión instrumental sobre el futuro de una humanidad que considera fatalmente condenada. Esperando el fin de los días, tenemos la oportunidad de disfrutar con una propuesta donde brillan lo oscuro y lo bello. Entrevista de Donat Putx.

Cinco años han tardado Balago en alumbrar un nuevo disco, el sexto de la formación integrada en este momento por David Crespo –el único miembro que ha participado en todos los álbumes del grupo– y Guim Serradesanferm. La obra lleva por título “El demà” (Foehn, 2018), es decir, “el mañana”. Un mañana, el que augura este binomio, no precisamente feliz, como uno ya comprende con solo ver la portada del trabajo, una impactante fotografía en blanco y negro donde se ve a tres tipos de espaldas, huyendo en la nieve.

“Este es el trabajo más conceptual y más meditado de Balago. Hasta ahora la forma siempre nos había resultado más interesante que el concepto, pero en este disco, donde la forma también es importante, hemos puesto mucho énfasis en el concepto”
(David Crespo)

“Este –apunta Crespo– es el trabajo más conceptual y más meditado de Balago. Hasta ahora la forma siempre nos había resultado más interesante que el concepto, pero en este disco, donde la forma también es importante, hemos puesto mucho énfasis en el concepto. Es un todo: la foto de la portada, el título del álbum y el de los temas, el clip, el ‘teaser’ que hicimos...”. Todo ello conforma un mensaje “absolutamente misántropo y una crítica a la especie humana”, señala.

Llegados a este punto de la conversación, emerge la convicción por parte del músico de que “la humanidad es un error evolutivo”. Conclusión a la que ha llegado “a través del animalismo, el naturalismo y el ejercicio de revisar los últimos dos mil años de historia. Solo hemos avanzado tecnológicamente, pero no en términos de empatía. Los problemas son los mismos: el racismo, el sexismo, el especismo... Y, además, ahora sumamos a todo esto la era digital. Como dijo Stephen Hawking, a la humanidad le quedan cien años”.

En coherencia con el poco tranquilizador marco conceptual que se ha descrito, las diez pistas de “El demà” discurren por un vibración tenebrosa cuando no abismal, en la que no obstante también hay lugar para ciertos episodios líricos que, como advierte Serradesanferm, “puede ser que en algún momento alguien los interprete como un giro esperanzado, aunque esta no era la intención”. “En el mundo de la música electrónica –considera a su vez Crespo– te encuentras con gente que puede pasarse seis minutos sin cambiar de nota, y que solo va modificando la textura. Nosotros no nos conformamos con quedarnos en la superficie del ruido y las texturas; también buscamos un cierto preciosismo musical, lo que implica trabajar las melodías y las armonías. El hecho de no tener voz exige que nos tengamos que esforzar por mantener la tensión, y eso se logra con melodías bellas que te atrapen, o jugando con planos diferentes, encadenando mediante puentes en una misma pieza tres temas o partes que, por separado, tal vez no funcionarían”.

Vídeo de 11invisibles para “Fins a l'últim moment”, uno de los temas de “El demà”.

La construcción de esta obra ha sido lenta –unos dos años–, pivotando entre la emotividad implícita en toda creación artística y un trabajo de laboratorio necesariamente cerebral: “Cuando ya teníamos claro el concepto –agrega David–, tuvimos que hallar un banco de sonidos, un poco como la paleta de colores que usa un pintor”. Establecidas estas marcas, acometieron una nueva fase en la que, según explica Serradesanferm, también participaron los azares: “En alguna ocasión puedes aprovecharte de algo que está mal grabado y que resulta interesante. Te encuentras con soplidos o sonidos que en principio no deberían estar ahí, pero que tienen colores que puedes utilizar. Cosas que inicialmente borras porque tienen demasiado ruido, pero que una vez desaparecidas echas de menos. Cuando las quitas, te das cuenta de que te has cargado algo importante”.

“En alguna ocasión puedes aprovecharte de algo que está mal grabado y que resulta interesante. Te encuentras con soplidos o sonidos que en principio no deberían estar ahí, pero que tienen colores que puedes utilizar
(Guim Serradesanferm)

Regresando a la paleta de sonidos mencionada anteriormente, debe destacarse el papel de las grabaciones de campo que Crespo equipara a los filtros con los que ciertos directores de cine filman sus películas. Dichas grabaciones contribuyen “a maquillar la pieza, a incluir texturas que en los momentos más vacíos te dan una vibración muy inquietante y orgánica”. Desvelando estrategias internas, cuenta que parte de estos elementos han sido extraídos de fragmentos de películas registrados aleatoriamente. Y puestos a seguir con las confidencias, agrega que samples de Wagner y Chaikovski también asoman en un álbum con frecuentes barnices clásicos que, en en su caso, no son ninguna novedad: “En nuestro primer disco –recuerda– ya había un ‘sample’ de Satie... y otro de ‘El hombre elefante’ de David Lynch. La música clásica y las bandas sonoras son dos influencias fijas en este grupo, que no han cambiado ni nunca cambiarán”.

Tampoco es la primera vez que Balago recurre a cantos religiosos –sean cristianos o musulmanes– para ilustrar algunos paisajes, estrategia que nos remite de nuevo al concepto: “Con estos cantos, se pretende ridiculizar a la especie humana y a una de sus mayores pajas mentales, la religión. No la fe, sino las sectas, la manipulación de las masas a través de las emociones. La fe, algún tipo de fe, es necesaria: si no, nos volveríamos locos”, concluye Crespo.

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