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BILL CALLAHAN, Cartas y boxeo

El inteligente Bill Callahan, siempre tan seguro de sí mismo.

 
 

BIBLIOTECA POP (2011)

BILL CALLAHAN Cartas y boxeo

Presentamos un extracto de “Cartas a Emma Bowlcut” (publicado originalmente en inglés en 2010), libro de Bill Callahan editado por Alpha Decay en 2011 en su colección Héroes Modernos. Callahan, líder de la banda Smog, es una de las voces de referencia de la música americana de las últimas dos décadas. El protagonista de esta novela epistolar es un científico incondicional del boxeo que escribe sesenta y dos cartas a una mujer llamada Emma Bowlcut. Seducción y amor, soledad y frustración, anhelos y deseos van apareciendo en estas misivas que significaron la primera incursión de Bill Callahan en el mundo de la literatura. Desde días antes de su publicación, disponibles aquí en exclusiva.


CARTA 53

Mi ritual para cortarme el pelo consiste en inclinarme descamisado sobre la pila del baño y procurar dirigir toda la pelusa trasquilada hasta el interior de una bolsa de papel marrón. Mantener el pelo tan corto da un montón de curro. Es como un deber. Cuando el deber se vuelve no deber que se vuelve incuria o indisciplina que termina en el acto malogrado.

Es como el acto malogrado.

Voy a dejarlo crecer.

De niño llamé a la operadora. La primera llamada sin ayuda de nadie. Después de un largo silencio, le dije: Hay un petirrojo en un árbol del patio trasero. Las palabras Es eso cierto, cielo, salieron derretidas de su boca como si yo fuese su hijo favorito.

Me pregunto si alguna vez pensará en mí. Me pregunto qué le pasó al petirrojo. En realidad, no. Está muerto: crió malvas y desapareció. Pero qué fue de ese teléfono, de ese deseo.

Sigo tendido en el suelo casi todo el rato. Anoche me aferré a la barba como si fuera mi posesión más preciada. Si me rindo, acaso terminaría pegándome cabezazos contra el techo. Me desperté con la cabeza legañosa y los ojos legañosos y tomé algunas microlecturas. Rigurosamente secreto. El día avanza como un esposado.


CARTA
58

He estado conduciendo sin rumbo. Sin descanso. Tengo un balón medicinal en el asiento del copiloto, toda clase de aparatitos para mantenerme en forma esparcidos por el asiento de atrás. Trabajar contra resistencia. Siempre se trata de lo mismo. Empecé con flexiones para ponerme recto. Ahora que he aprendido lo que he podido sobre cómo desplomarme, quiero impartir mis métodos a los demás a fuerza de noquearles. La fuerza que me aprisionaba la quiero para mí. Voy a volver al gimnasio de boxeo.


CARTA
59

Reventé los micrómetros con los primeros golpes que le metí al saco de arena. Me los enganché con esparadrapo alrededor de las manos antes de ponerme los guantes y arremetí contra el saco hasta que los dedos se me quedaron ensangrentados, desgarrados y en carne viva.

Mi entrenador está muy, muy impresionado. Quiero decir que no parece impresionado en absoluto. Llegué convencido de que descubriría mi potencial. La semilla. De la grandeza. Ni hablar.

Me emparejó con una vaca latina dulce y callada. Luisa Cabello. No para hacernos de sparring, solo para ayudarnos. Me venda las manos. Quizá sea amor.

El entrenador no quiere decirme cuándo podré debutar en el cuadrilátero. Pero he escuchado en el gimnasio que se celebran algunas sesiones intempestivas. Combates clandestinos. Ya me hierve la sangre.

 
BILL CALLAHAN, Cartas y boxeo

Dibujo de la portada del libro en la edición española de Alpha Decay. Ilustración: Iker Spozio

 

CARTA 60

Después de la hora del cierre, nos quedamos ocho dentro del gimnasio toda la noche. Cuatro peleando, dos como esquinas, otro como árbitro y uno de cutman. Pensaba que hacían falta dos cutmans, pero solo había uno.

Quería ser el primero en pelear, pero me asignaron la segunda tanda. Vi pelear a los dos primeros boxeadores. Estaba impaciente. Era como observar la solución de una complicada ecuación matemática. O como irrumpir en los dos últimos minutos de una película épica.

Me emparejaron con el abogado matón de la mancha oscura en la espalda y los rasgos en fuga. Le había visto golpear el saco de arena como si el último suspiro de aire estuviera contenido en él y lo necesitara. Yo esperaba que el picapleitos, cuyo nombre era Garg o algo que sonaba a Garg, se me abalanzara con solo arrancar el primer asalto y acabara conmigo. Pero no lo hizo. Se movió al centro del cuadrilátero y se quedó allí, protegiéndose, sin aflojar golpe alguno. Yo solté mis primeros ganchos y él permaneció estático, cubriéndose. Así que continué metiéndole incansablemente durante todo el asalto. Tenía la piel cromada, un cuerpo pétreo. Era su primera pelea también.

Me figuré que el picapleitos desplegaría su ofensiva en el segundo asalto, después de haberse pasado el primero estudiándome. Pero no lo hizo. Mantuvo idéntica estrategia a la del primero: se quedó de nuevo en posición de defensa. Lo llaman «hacer fotos». Le golpeé los brazos, le golpeé los guantes, le golpeé las sienes y todas las partes del torso que pude. Sonó la campana anunciando el final del asalto y se volvió a su esquina. Vi la sombra de su espalda replegándose.

Solo pude verle la cara al principio de los asaltos, antes de que levantara la guardia, y al final de los mismos, cuando la bajaba. Era como si sujetara una máscara. Yo quería verle el rostro, orientarme en sus facciones. Me pareció despreciable que se ocultara. Quizá fuera una estrategia. Al principio pensé que era estúpido. Luego consideré que estaba chalado. A mitad del tercer asalto empecé a pensar que quizá era yo quien había perdido la chaveta. Desgastándome, regresando a mi esquina como un fideo jadeante mientras Garg se sentaba tranquilamente en la suya. Su batalla consistía en no luchar y yo era el que estaba perdiendo, noqueado por un abismo entrado en carnes. Sabía que le habían enseñado a pelear. Se había pasado millones de horas azotando sacos ligeros, peras y sacos de arena. Y ahora que le ha llegado el momento se ha quedado colgado como si el saco fuera él.

Luego empezó a perder sangre. Mucha sangre. No sé cómo. Puede que los cordones de sus guantes le laceraran el rostro. La sangre estaba alcanzando mis guantes y yo me la secaba en la camiseta del árbitro para impedir que éste la viera y detuviera la pelea. Al final del asalto, el árbitro parecía un carnicero enfundado en una camisa azul cielo. El cuarto tenía que ser el último asalto.

Me estaba quedando sin energía, pero me acordé de los incontables boxeadores que no habían arrojado la toalla en situaciones similares. Garg se quedó en el centro del cuadrilátero protegiéndose y yo me dediqué a su cuerpo. Hacia el final del asalto se abrió. Como un gran pájaro resucitado que despliega sus alas para comprobar que todavía le funcionan, con los pies todavía en el suelo. Los golpes me aturdieron. Me sorprendió recibirlos de un modo íntimo, cálido. Casi resultaban cariñosos, si el cariño fuese algo desagradable. En pocos segundos estaba en la lona viendo las estrellas.

Cuando volví en mí no quedaba nadie, excepto el cutman. Jugueteaba con algo en una de las esquinas. Vio que me movía y dijo: Vamos, tenemos que salir de aquí.

(Se puede leer la crítica del libro aquí)

Publicado en la web de Rockdelux el 22/8/2011
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