CARTA 60
Después de la hora del cierre, nos quedamos ocho dentro del gimnasio toda la noche. Cuatro peleando, dos como esquinas, otro como árbitro y uno de cutman. Pensaba que hacían falta dos cutmans, pero sólo había uno.
Quería ser el primero en pelear, pero me asignaron la segunda tanda. Vi pelear a los dos primeros boxeadores. Estaba impaciente. Era como observar la solución de una complicada ecuación matemática. O como irrumpir en los dos últimos minutos de una película épica.
Me emparejaron con el abogado matón de la mancha oscura en la espalda y los rasgos en fuga. Le había visto golpear el saco de arena como si el último suspiro de aire estuviera contenido en él y lo necesitara. Yo esperaba que el picapleitos, cuyo nombre era Garg o algo que sonaba a Garg, se me abalanzara con sólo arrancar el primer asalto y acabara conmigo. Pero no lo hizo. Se movió al centro del cuadrilátero y se quedó allí, protegiéndose, sin aflojar golpe alguno. Yo solté mis primeros ganchos y él permaneció estático, cubriéndose. Así que continué metiéndole incansablemente durante todo el asalto. Tenía la piel cromada, un cuerpo pétreo. Era su primera pelea también.
Me figuré que el picapleitos desplegaría su ofensiva en el segundo asalto, después de haberse pasado el primero estudiándome. Pero no lo hizo. Mantuvo idéntica estrategia a la del primero: se quedó de nuevo en posición de defensa. Lo llaman «hacer fotos». Le golpeé los brazos, le golpeé los guantes, le golpeé las sienes y todas las partes del torso que pude. Sonó la campana anunciando el final del asalto y se volvió a su esquina. Vi la sombra de su espalda replegándose.
Sólo pude verle la cara al principio de los asaltos, antes de que levantara la guardia, y al final de los mismos, cuando la bajaba. Era como si sujetara una máscara. Yo quería verle el rostro, orientarme en sus facciones. Me pareció despreciable que se ocultara. Quizá fuera una estrategia. Al principio pensé que era estúpido. Luego consideré que estaba chalado. A mitad del tercer asalto empecé a pensar que quizá era yo quien había perdido la chaveta. Desgastándome, regresando a mi esquina como un fideo jadeante mientras Garg se sentaba tranquilamente en la suya. Su batalla consistía en no luchar y yo era el que estaba perdiendo, noqueado por un abismo entrado en carnes. Sabía que le habían enseñado a pelear. Se había pasado millones de horas azotando sacos ligeros, peras y sacos de arena. Y ahora que le ha llegado el momento se ha quedado colgado como si el saco fuera él.
Luego empezó a perder sangre. Mucha sangre. No sé cómo. Puede que los cordones de sus guantes le laceraran el rostro. La sangre estaba alcanzando mis guantes y yo me la secaba en la camiseta del árbitro para impedir que éste la viera y detuviera la pelea. Al final del asalto, el árbitro parecía un carnicero enfundado en una camisa azul cielo. El cuarto tenía que ser el último asalto.
Me estaba quedando sin energía, pero me acordé de los incontables boxeadores que no habían arrojado la toalla en situaciones similares. Garg se quedó en el centro del cuadrilátero protegiéndose y yo me dediqué a su cuerpo. Hacia el final del asalto se abrió. Como un gran pájaro resucitado que despliega sus alas para comprobar que todavía le funcionan, con los pies todavía en el suelo. Los golpes me aturdieron. Me sorprendió recibirlos de un modo íntimo, cálido. Casi resultaban cariñosos, si el cariño fuese algo desagradable. En pocos segundos estaba en la lona viendo las estrellas.
Cuando volví en mí no quedaba nadie, excepto el cutman. Jugueteaba con algo en una de las esquinas. Vio que me movía y dijo: Vamos, tenemos que salir de aquí. 
(Se puede leer la crítica del libro aquí)