Otra de las constantes en tu carrera es la evidente preocupación por el ritmo. En “Debut” (1993) y “Post” (1995) son beats dance, muy estructurados. Y desde “Homogenic” (1997) el ritmo aparece nítidamente deconstruido.Sí, tengo el ritmo muy arraigado. Escucho ritmos todo el rato en casa, música compuesta exclusivamente por ritmos.
A veces los ritmos de tus canciones tienen relación con los ritmos del entorno, ya sea la naturaleza o la ciudad. Otras, son muy íntimos y parecen acompañar a los ritmos del cuerpo, a los del corazón... Hay algo de eso, porque muchas de mis canciones tienen 80 bpm, que es el ritmo del corazón cuando estás caminando. Yo escribo casi todas mis canciones cuando estoy paseando, así que hay algo de eso, sí (ríe). Pero no es una cosa que quiera hacer deliberadamente, que sea consciente...
Lo que parece es que tu música está muy conectada con la realidad cotidiana y que refleja las dos caras de esta, el sonido interior y el exterior. Sí, desde luego. En “Vespertine” (2001), por ejemplo, traté de grabar el interior. Las letras se parecen más al modo en que se piensa que a la forma en que se habla. No son narrativas como al hablar. Además, los beats eran diferentes a los de “Homogenic”, cuyas canciones tenían beats muy grandes, pero a lo mejor solo uno constante durante todo el rato. En “Vespertine” había unos cuarenta beats revoloteando a la vez, como insectos o mariposas. Era muy fluido. Para mí era muy importante que el sonido fuera del interior.
De hecho, todos tus discos funcionan también como diarios. ¿Necesitas desnudarte en las canciones, poner todo tu corazón en ellas? Hay varios lugares en los que no puedo documentar cómo me siento; son difusos, y me gusta que lo sean. Es algo que no puedo controlar. Tengo un muy buen amigo a quien siempre le cuento si me está sucediendo algo mágico. Si me ocurre algo increíble, necesito contárselo a él. Otras veces, sin embargo, necesito escribir una canción sobre algo importante que me ha pasado, documentarlo de esa manera; entonces no se lo cuento a nadie más, es solo para que quede en esa canción. Y hay otras cosas que las escribo en mi diario y se quedan solo para mí; esa es la manera más personal de documentar una emoción, pues nunca se lo enseño nadie ni se lo cuento a un amigo ni compongo sobre ello. Me gusta no poder controlarlo, no saber qué puede llevarme a escribir una canción y qué se va a quedar exclusivamente en mi diario o en una conversación. Me agrada, porque no me gusta ser demasiado organizada en la composición de canciones... Sí, siempre pongo mi corazón en las canciones, por supuesto.