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BJÖRK, Violentamente infeliz

Envuelta en un halo de santidad, la herida en su pecho tiene algo de estigma a la vez que de vagina; una diosa de la fertilidad capaz de crear vida a partir de la semilla del dolor. Foto: Inez and Vinoodh

 
 

ARTÍCULO (2015)

BJÖRK Violentamente infeliz

Después de años buscando inspiración en el cosmos, Björk descubrió que el verdadero agujero lo tenía en el corazón: su ruptura sentimental con Matthew Barney, tras más de una década de relación, fue el detonante de “Vulnicura (2015), un disco en el que la alta tecnología, la delicadeza de las cuerdas y los sentimientos más violentos –despecho, odio, aturdimiento– confluyen como solo antes lo habían hecho en “Homogenic”. Javier Blánquez nos dio la bienvenida al lado oscuro de Björk.

Björk conoció a Matthew Barney en el año 2000; eran los días de promoción de “Bailar en la oscuridad”, la película que protagonizó para Lars Von Trier y que la llevó a pasear su vestido de cisne por la alfombra roja de los Óscar. Se gustaron, se casaron, tuvieron una hija –Ísadóra, nacida en 2002–, y por Barney decidió Björk dejar atrás su etapa en Londres para comenzar una vida extravagante en Nueva York a la altura de la reputación de su marido, famoso por sus ciclos de cine experimental solo proyectados en galerías de arte. Durante un tiempo vivieron en un barco amarrado a orillas del Hudson donde habían instalado un pequeño estudio de grabación; eran la pareja más excéntrica de todo Manhattan, una coalición de genio y rareza tan singular que ciertamente parecía que estuvieran hechos el uno para el otro. De todas las parejas que se le han conocido a Björk desde la publicación de “Debut” (One Little Indian, 1993) –Goldie, Howie B–, su relación con Barney ha sido la más discreta y estable.

“Tienes miedo de mis emociones sin límites / y yo estoy aburrida de tus obsesiones apocalípticas. / Te he amado tanto / que mi devoción me ha doblegado ante ti, / pero me he rebelado / y he destruido el icono”
(“Black Lake”)

Tan discreta que, cuando rompieron en 2013, prácticamente nadie se enteró. En la práctica era como si su matrimonio, de tan perfecto sobre el papel, no pudiera ponerse en cuestión. Y, sin embargo, algo se había roto tiempo atrás: los primeros rumores de infidelidad de Barney empezaron a circular en 2009 –al parecer, había alquilado un apartamento en Brooklyn y se estaba viendo con la pintora Elizabeth Peyton–, y de ese desengaño, que Björk dibuja como una traición imperdonable, es de lo que hablan las letras de “Vulnicura” (One Little Indian-Popstock!, 2015), las más confesionales que haya escrito. En la pieza central y definitiva del álbum, “Black Lake”, Björk se abre en canal con versos como “tienes miedo de mis emociones sin límites / y yo estoy aburrida de tus obsesiones apocalípticas. / Te he amado tanto / que mi devoción me ha doblegado ante ti, / pero me he rebelado / y he destruido el icono”.

“Vulnicura” es un título compuesto de dos raíces latinas: “vulnus”, que significa herida, y “cura”, que se refiere al cuidado de algo. El disco es, por tanto, como un bálsamo, un ungüento para sanar el dolor provocado por una ruptura que le ha dejado cicatrices en el orgullo. “Cuando empecé a hacer este disco, todo se desmoronó en pedazos a mi alrededor. No tenía nada”, le explicaba Björk a la periodista Jessica Hopper en la entrevista publicada el pasado 21 de enero en ‘Pitchfork’. “Ha sido la experiencia más dolorosa de mi vida”. De las nueve canciones escritas para “Vulnicura”, ocho están dirigidas a un “tú” impreciso –pero claramente identificable– al que Björk dirige toda clase de dardos y reproches. Se trata de una confesión de sus miedos, de su odio y su rencor para emerger, en el proceso, como una mujer fortalecida. “Confío en que el álbum documente mi travesía”, continuaba en la misma entrevista. “Al final me siento liberada. Ha sido un proceso de curación, porque así es como yo he sentido la experiencia”.

Algunos artículos de opinión publicados en las últimas semanas, como el de Rich Juzwiak en ‘Gawker’, han indicado que “Vulnicura” va escrito con la V de venganza: lo único que escuchamos son los reproches de Björk, sin dejar ni un solo resquicio para la defensa de Barney; él es culpable de todo y ella queda como una víctima indefensa. Incluso en la portada ha querido representarse como una mártir: aparece envuelta en un halo de santidad y la herida en su pecho tiene algo de estigma a la vez que de vagina, como si se representara como una diosa de la fertilidad capaz de crear vida a partir de la semilla del dolor. “Vulnicura” ha entrado con fuerza en el canon de los mejores discos de ruptura –para entendernos, más cerca del “Blood On The Tracks” (1975) de Dylan que del baboso “Ghost Stories” (2014) de Coldplay–, pero su lenguaje verbal va más allá de la simple expiación del dolor o la comprensión medianamente analítica de una situación y sus circunstancias: es un disco de desquite. Para Björk la curación no es posible sin un ajuste de cuentas, sin dejar a su exmarido como un bastardo insensible y mendaz.

 
BJÖRK, Violentamente infeliz

“Vulnicura” lleva implícito un mensaje de autoafirmación, pero no únicamente en lo anímico: también en el plano creativo.

Foto: Inez and Vinoodh

 

Este tipo de lenguaje era hasta hoy inédito en Björk. No es que las canciones de amor hayan sido infrecuentes en su carrera –basta retroceder veinte años antes de la ruptura con Barney, hasta los días del fosforescente “Debut”, para encontrar letras como “desde que te conozco / este pequeño lugar no tiene espacio / para mis grandes sentimientos / Soy violentamente feliz / porque te quiero” (“Violently Happy”)–, pero, con el tiempo, ese amor ya no estaba dirigido particularmente a una persona: Björk extendía también su pasión a los glaciares, los virus y los meteoritos, los auriculares de su walkman, las ballenas y la combustión de las estrellas.

Las letras de “Vulnicura”, se lo admitía Björk a Jessica Hopper, “son demasiado adolescentes, demasiado simples. Nunca he escrito letras así, me salieron muy rápido... Cuando daba las entrevistas sobre mi anterior disco“Biophilia” (One Little Indian, 2011)– podía hablar durante horas de tecnología, educación, ciencia, instrumentos, péndulos... Pero en este disco no podía hablar de nada de eso. Lo que hay en las letras es lo que tenía que ser”. Letras como “¿quién te ha abierto su corazón / y quién se ha coagulado? / ¿Quién de los dos quiere compartir / y quién ha cerrado todas las puertas?” (“Stonemilker”).

“¿Quién te ha abierto su corazón / y quién se ha coagulado? / ¿Quién de los dos quiere compartir / y quién ha cerrado todas las puertas?”
(“Stonemilker”)

Lo que hace de “Vulnicura” un álbum extraordinario, sin embargo, no es únicamente el mensaje, sino el vehículo. Desde la publicación de “Vespertine” (One Little Indian, 2001) parecía como si en la obra de Björk se hubiera dado un desequilibrio creciente entre la dimensión cósmica de los conceptos y la vaguedad de los resultados. Discos como “Medúlla” (One Little Indian, 2004), “Volta” (One Little Indian, 2007) o, especialmente, “Biophilia” resplandecían por sus ideas de partida –un hipercomplejo mosaico de sampling a partir de voces, o una recreación de los ritmos de la Tierra o, en un más difícil todavía, el misterio de la vida desde el Big Bang hasta los procesos químicos que facilitaron la primera mitosis, la división de la célula–, pero el conjunto de las canciones nunca estaba a la altura de tanta ambición. Por el camino se había perdido la antigua síntesis entre tecnología y emoción.

“Solo podía afrontar estas canciones si las escribía para cuerdas”, indicaba Björk en la entrevista con ‘Pitchfork’. “Decidí convertirme en una maniática del violín y escribí arreglos para un conjunto de quince instrumentos, algo que no había hecho antes. Tenía veinte ideas sobre tecnología que podría haber desarrollado, pero este álbum no podía ser futurista. Tenía que estar en la línea del cantante/compositor. A la vieja usanza. Con absoluta sinceridad”. El uso de cuerdas tampoco es infrecuente en el repertorio de Björk: las hay en canciones tempranas como “Isobel”, en la versión de “Hyper-Ballad” que escribió el Brodsky Quartet –recogida en “Telegram” (One Little Indian, 1996)– y a lo largo de todo “Homogenic” (One Little Indian, 1997), pero incluso en “Homogenic” las partes interpretadas por el Icelandic String Octet eran un complemento embellecedor del trabajo electrónico, altamente abstracto, elaborado por Mark Bell. En “Vulnicura” el camino es a la inversa: la entrada en el proyecto de Alejandro Ghersi –o sea, Arca– se produjo en un estadio muy avanzado de la composición, cuando las canciones ya estaban escritas, arregladas para un ensemble de cuerdas y pendientes de texturas añadidas y de ritmos crujientes que completaran su recorrido emocional.

A diferencia de otros álbumes, “Vulnicura” no ha sido un trabajo en equipo. Toda la gente que se ha sumado al proyecto –desde The Haxan Cloak, que presta ayuda en la producción de “Stonemilker”, “Family” y “Quicksand”, hasta el poeta islandés Oddný Eir Ævarsdóttir, coescritor de “Mouth Mantra”, pasando por Antony, que presta su voz de apoyo en “Atom Dance”– lo hizo en el tramo final, a finales del verano de 2014. Björk empezó a escribir las canciones un año antes, en secreto, y originalmente ni siquiera estaba prevista la participación de Arca: su inclusión fue accidental, aunque con resultados óptimos. Sus beats, prácticamente líquidos, consiguen que “Vulnicura” mantenga el aura futurista que se le presupone a Björk, pero sin disminuir el impacto visceral de las canciones; uno de sus méritos es mantener la tensión rítmica de principio a fin sin recurrir a los ritmos de baile –hacia la mitad, parece como si “Black Lake” fuera una revisión de la espasmódica “Pluto”: falsa alarma–. Y de la conjunción de dolor, imaginación, azar, ajuste de cuentas, tecnología y alma, Björk ha conseguido lo que, a estas alturas, parecía una causa perdida a juicio de sus fans: grabar un disco que pudiera mantener la cabeza alta al lado del intocable “Homogenic”.

 

Ella compone sola

“Vulnicura” lleva implícito un mensaje de autoafirmación –“me has herido, pero saldré adelante”–, pero no únicamente en lo anímico: también en el plano creativo. Se quejaba Björk en la entrevista con ‘Pitchfork’ de que se ha cansado de luchar contra la opinión general de que, por ser mujer, se supone que todos los sonidos de un disco los ha hecho otra persona. “El 80% de los ‘beats’ de ‘Vespertine’ los hice yo. Tardé tres años en terminar ese disco porque todos los sonidos eran microscópicos. Matmos estuvieron trabajando durante las dos últimas semanas, añadieron percusión por encima, pero no compusieron ninguna estructura. Sin embargo, en todas partes se les indica como autores del disco entero”.

Ocurrirá también que haya quien conceda a Arca más responsabilidad de la que ha tenido en realidad –su papel es el de coproductor, el de maquillar las canciones con nuevos sonidos–. “A veces he pensado en publicar un mapa de todos mis discos e indicar quién hizo qué en cada uno. Pero sería algo tan defensivo que me parece patético”, continuaba Björk. “Aunque siento que está llegando una tercera o cuarta ola de afirmación feminista, así que puede ser un buen momento para abrir un poco esa caja de Pandora y airear las ideas”.

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