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BOB DYLAN, Dylan lo que digan

Palabras (y música).
Foto: Daniel Kramer

 
 

ARTÍCULO (2016)

BOB DYLAN Dylan lo que digan

La designación de Bob Dylan como Nobel de Literatura a finales de 2016 levantó mucho revuelo. Fue un acontecimiento que, aunque en los últimos años esperado, impactó en el mundo literario. Era la primera vez que se reconocía a un escritor de canciones, cantante, folky, rockero... Todo en uno. La mayestática obra del de Duluth merecía ese reconocimiento; por él mismo, a la cabeza de todos los letristas de su generación, y por lo que representa para todos los compositores históricos de palabras y música. Desde Rockdelux, obviamente, aplaudimos esa decisión: Alberto Manzano, Susana Funes, David Morán, Jaime Gonzalo y César Luquero se sumaron a la causa con estos textos.

Dicen que Walt Whitman pasó el testigo a Allen Ginsberg, y este a Bob Dylan. Zimmy es un tío con suerte. Probablemente le hayan dado el Nobel de Literatura porque no es gay. Incluso se dice que Bobby tomó el título de “Tarántula” del poema lorquiano “Las seis cuerdas” –hay quien no sabe que la tarántula también vive en la lengua inglesa–. Para más inri, se rumorea en el más allá que Dylan Thomas se fue a la tumba para no ver a Robert Allen Zimmerman llevando su nombre. Por cierto, zimmer significa “andador”. Zimmerman, el “hombre andador”.

“Consciente o inconscientemente han otorgado el reconocimiento a una cultura popular que se ha nutrido de autores anónimos. El mismo Dylan sacó a la luz viejas baladas del XVIII y XIX, anónimas, y se inspiró en el cancionero tradicional, tanto de la cultura blanca como de la negra. Personalmente estoy contento por ellos, por los que forjaron el cancionero popular, del que muchos todavía nos estamos nutriendo”
(Xavier Baró)

Llueven las críticas desde los encumbrados palacios de cristal de la ortodoxia cultural más casposa, representada por los guardianes estatuderatos de la verdad, agazapada bajo el ala inhabilitada para volar, grapada para evitar el definitivo desprendimiento. Pero la gangrena herrumbrosa y enroñada, el hedor apestoso, suscribe que la putrefacción ya ha alcanzado el cerebro.

Bob Dylan ha ensuciado el aire con su canción, y el viento ha diseminado su voz arenosa como una plaga de langostas, interrumpiendo la aparente normalidad, penetrando como un misterio atronador, sin llamar a la puerta, arrastrándose en todos los salones para hipnotizar con su silbido bífido disfrazado de armónica. Míster Dylan, ¿estás seguro de hacer lo que está mal? Los jóvenes siempre lo hacen. Míster Dylan, ¿sigues siendo eternamente joven? ¿Sigues representando a la juventud, amenazando el orden, derribando muros y abriendo brechas a través de las cuales los jóvenes puedan entrar en el mundo y hacer que se les oiga? ¿Siguen los hijos e hijas fuera de control? ¿Sigues siendo un artista guerrillero con un punto de vista despreciativo hacia los mecanismos que el mundo adulto representa? –“el que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo”–. ¿Es eso ser joven? ¿Mantienes tu posición a pesar de las arrugas en la brecha frontal? ¿Accionas la palanca que dé la vuelta a todo? Sabes que sin ti no se habría producido el Mayo francés, aunque nadie te haya responsabilizado nunca de ello, ni tú mismo, afortunadamente, sin canciones que cambiaban los tiempos, soplaban al viento y predecían diluvios. Con canciones como esas y millones más de versos libres fuiste tú quien hizo que la música sea lo que es gracias a lo que hiciste para que así fuera, ignorante, claro.

Míster Dylan, tú que has atisbado el cielo rojo, ¿es verdad que el Señor te ha dicho “que ya no lloverá y que lo próximo será fuego”? Entonces, ¿ya no habrá limpieza, sino cenizas? Míster Zimmy, tú que eres el canario en la mina de la civilización para analizar su aire viciado, dime: dicen que la próxima guerra mundial (nº 313) será la batalla por el agua. Pero los vampiros dicen que nuestra sangre les está envenenando, que no van a poder sobrevivir a causa de nuestra nefasta nutrición. Barras de código venenoso en todos los alimentos. Sin embargo, Ginsberg proclamó, a propósito de aquel registrado advenimiento acuoso que protagonizaste, que “fue la primera revolución cultural que se producía sin derramamiento de sangre”. Entonces, ¿crees que podremos seguir guardando nuestra sangre para nosotros mismos? Como un secreto que solo compartiremos con quienes amamos. Porque tú nunca supiste “beber aquella sangre y decir que era vino”, ¿no? Solo oíste que se podía armar jaleo en el camino al cielo. Pero tú que has sintonizado sin parásitos en tu línea directa con las alturas, ¿es verdad que “Dios ya se encargará de las basuras”?

 
BOB DYLAN, Dylan lo que digan

"Nobelizado".

 

Míster Dylan, tú a mí no me engañas, sé que eres una pantera. Solo hay que mirarte los ojos. Mi percepción también me dice que tu piel es sedosa. Oh, sí, tu elegancia es innata. Eres sexy. Y te deslizas sigilosamente entre los átomos del aire, atravesando la gran distancia del invisible velo y la niebla, “donde el árbol de la vida crece mientras el espíritu no muera”. Porque “estamos aquí para descubrir algo que solo conocen los muertos”, ¿no? Entonces, este es otro mundo, ¿no? Los rockeros somos unos apestados. Leprosos del alma, perros de lluvia sin olfato rastreando lo innombrable.

“El modo en que condensa imágenes, reflexiones, contextos históricos, geográficos, conceptos mundanos o espirituales en rimas sencillas. Sus letras son como collages en los que conviven diferentes estilos y temas con una coherencia maravillosa; hace que algo muy complejo sea sencillo y armonioso”
(Alondra Bentley)

Te han dado el Nobel porque eres un poeta que canta, con belleza, ritmo, autoridad y verdad. ¿Sabe alguien lo que es eso? ¿Los pilares de la creación? ¡Pero, oye!, “¿de qué sirve la libertad con la verdad tan lejos?”. Eres un bufón. Haces milagros. Haces que las cosas sean verdad. Porque vives en tu sueño y no en el mundo real: “Has hecho zapatos para todos mientras tú sigues descalzo. Mudas otra capa de piel para ir por delante de tu perseguidor interior. Y no hay salida en ninguna dirección, salvo la que no se ve con los ojos. Porque nunca viste una hoguera que pudiera apagar sus propias llamas”.

Lo último que he oído es que, si no hubieras cantado, habrías escrito mugrientas novelas de realismo sucio como Bukowski, o poemas infestos plagados de perversidad, poemas de marginalidad –“para vivir fuera de la ley, has de ser honrado”–, de sistemática actitud en contra del gran sueño americano, poemas rastreros que harían bajar incluso a los ángeles a la Tierra, placeres de condenado asesinando querubines. Pero ¿no fuiste tú quien inventó la escritura del cielo? ¿O fue Leonard Cohen, quien no te hubiera importado ser durante unos minutos? Pero a mí lo único que me interesa es saber si serás siempre joven. Porque me encanta que te odien. Me encanta que odien tus gafas negras, las largas uñas de los dedos de tu mano derecha. Me encanta que te odien porque mantienes tus rizos intactos y eres un maleducado y no saludas al público que va a verte a los conciertos, con tu aire chaplinesco de película muda y todas las cosas que escondes en tus palabras. Y me encanta que nos dispares balas imaginarias que nos producen auténticas cicatrices en el corazón cuando no sabes qué más hacer antes de que caiga el telón, o la lluvia, o sople un viento huracanado que nos limpie las botas. Antes de que te marches, una cosa más: ¿siguen todos aquellos caballos cansados al sol? ¿Has aprendido ya a montar? Eres un ladrón de caballos y, mientras sigues juntando cantos rodados para el pueblo (y luego te lavas las manos), nos has hecho libres. Alberto Manzano

 

¿Literatura? Por supuesto

La Academia se ha pronunciado: Dylan es el ganador del Nobel de Literatura “por haber creado nuevas expresiones poéticas dentro de la gran tradición de la canción estadounidense”. Salta la controversia. Es que acaso ¿esto es literatura? Música y literatura han estado unidas desde siempre; por algo se habla de lírica, en alusión al instrumento que acompañaba las palabras. Ya apuntaba la portavoz de la Academia la esencia fundacional oral de la literatura: los poetas Homero y Safo, así como los primeros textos, en realidad nacieron para ser cantados y representados. ¿O “La Ilíada” no es literatura? El premio a Dylan es también una reivindicación a esa veta medular de la poesía, a los aedos y juglares, a los trovadores y a los romances que dieron pie a los cantares de gesta: “El Cantar de Mio Cid”, “El Cantar de Roldán”... germen mismo de las llamadas literaturas nacionales.

La discusión puede seguir por otros derroteros, pero la escisión entre poesía y música no es más que una clasificación discrecional; una moda que tomó vuelo con G. E. Lessing y su libro “Laocoonte” en 1766; una fijación que ignora una larga tradición de poetas que, como Dylan, no reducen el mundo a una pieza potable de tres o siete minutos, sino que amplían nuestro universo de vivencias y formas de comprender la esencia humana. Susana Funes

   

El bardo en su telaraña literaria

 
BOB DYLAN, Dylan lo que digan
 

En cuanto se supo que el Nobel era para Dylan, la yihad literaria se apresuró a subrayar con cierto desdén que en realidad la producción estrictamente literaria del de Duluth, su aportación a las letras en mayúsculas, era de tan solo dos libros (destacatalogados, para más señas, aunque Malpaso se encargará de devolverlos a la circulación en breve). Dos obras que, siendo justos, serían en realidad una y media, ya que lo contrario supondría dar por bueno que el viejo Bob sabía lo que se hacía cuando intentó ser al mismo tiempo Kerouac, Ginsberg y Rimbaud, y escribió con “Tarántula” (1971; Star Books, 1976) un tratado del caos disfrazado de prosa poética. Calificado repetidamente como experimento fallido y repudiado incluso por su autor, el estreno de Dylan en formato libro se gestó entre 1965 y 1966, en plena ebullición eléctrica, pero no vio la luz de forma oficial hasta 1971 y desde entonces aún está por llegar alguien capaz de explicarnos qué diablos quería contarnos con semejante enredadera narrativa repleta de espinas, frases alucinadas del tipo “el abogado que lleva un cerdo con una correa se para a tomar un té y se come el donut del censor por error” y toneladas de escritura automática al servicio del surrealismo. Adentrarse en “Tarántula” es, de hecho, navegar sin brújula y naufragar una y otra vez intentando comprender lo incomprensible.

El Dylan narrador en el sentido más estricto del término tardaría aún unos cuantos años en aparecer y no sería hasta 2004 cuando se destaparía como espléndido cronista y contador de historias de primera con “Crónicas. Volumen 1” (2004; Global Rhythm, 2005), primera entrega de una supuesta autobiografía en fascículos de la que nunca más se supo. En esta ocasión, el de Duluth aplaca sus instintos poéticos y cierra bajo llave la cháchara surrealista para armar un fascinante relato a partir de tres momentos señalados: su llegada a Nueva York a principios de los sesenta, la lidia con el estrellato entre finales de los sesenta y principios de los setenta, y la grabación de “Oh Mercy”, publicado en 1989. Tres pasajes que son otras tantas excusas para que un Dylan sorprendentemente locuaz haga memoria, celebre a sus héroes y persiga las luces y sombras de una personalidad artística desbordante que se exhibe aquí sin ambages, resolviendo las fórmulas más complejas de la ecuación dylaniana y dando un nuevo impulso, acaso el definitivo, a la autobiografía musical y la literatura rock. David Morán

  

Nada ha cambiado

De la irritación –porque lo de literatura parece quedarle grande al intruso– al onanismo –ya que cualquier galardón devendrá minucia para el ídolo– se polarizan las pandémicas reacciones a la “nobelización” de Dylan. De las celebratorias, la más cuadrúpeda se la adjudica uno que afirma que el día que Dylan muera “muchos se suicidarán”. Menos insensato, aunque lo diga en serio, es otro que apunta que no ha sido el cantante quien ha ganado el Nobel, sino viceversa. A similar altura brillan los literati del bando detractor, unidos por un argumento común: Dylan no es un escritor da capo.

En ambos casos harían bien en relativizar. Si hay millares de escritores contemporáneos de Dylan que, conocidos o no, lo reducen a ágrafo, y cientos de cantautores, poetas y letristas del rock susceptibles de recabar mayores méritos literarios, también son muchas las clases de literatura que podemos y debemos aceptar a estas alturas. Y el Nobel ni mide la totalidad ni aspira a ello. Al fin y al cabo, no es tan diferente del Óscar o del Planeta.

Que a Dylan le hayan ungido con laureles suecos y casi un millón de euros debería rebotar en la percepción que de él albergamos. No le hará ni mejor ni peor. Por encima de su cebada dimensión de mito, en posesión asimismo de un Pulitzer, la pervivencia de una incesante, cuantiosísima obra determina por sí sola que el suyo sea un succès d´estime, ajeno a polémicas y alharacas, con o sin Nobel. Jaime Gonzalo

  

 
BOB DYLAN, Dylan lo que digan

El joven Dylan: cultura popular. Foto: Elliott Landy

 

¿Cómo de bueno soy?

Convocamos de urgencia a un puñado de músicos españoles. ¿Objetivo? Comentar la jugada 
a propósito del Nobel de Literatura otorgado a Bob Dylan. He aquí 
el resultado del sondeo.

“La noticia me pilló en el estudio de grabación y a todos los que andábamos por allí se nos iluminó la cara”, apunta Josele Santiago, antes de explicar por qué: “Nadie se esperaba un gesto así en medio de este auge retrógrado que nos está tocando soportar. Es una gran noticia para todos, no entiendo la polémica. Que un novelista se cabree porque le den el Nobel a un poeta me parece sencillamente ridículo”.

Menos sorprendidos, aunque igual de contentos, se muestran Kiko Veneno y Mikel Erentxun. Ambos coinciden en que el reconocimiento llega incluso tarde y que el premio trasciende lo individual para instalarse en terreno colectivo. El de Figueres entiende que el galardón también es “para el que creó la poesía pop, inmediata, omnipresente, accesible, esa poesía que lo mismo ayudó a parar la guerra, no digo cuál porque las guerras son todas iguales, que a globalizar el inglés”. Y el donostiarra considera que este Nobel “dignifica un oficio, el de escritor de canciones, totalmente denostado”. En su turno, Xavier Baró profundiza en dicha idea: “Consciente o inconscientemente han otorgado el reconocimiento a una cultura popular que se ha nutrido de autores anónimos. El mismo Dylan sacó a la luz viejas baladas del XVIII y XIX, anónimas, y se inspiró en el cancionero tradicional, tanto de la cultura blanca como de la negra. Personalmente estoy contento por ellos, por los que forjaron el cancionero popular, del que muchos todavía nos estamos nutriendo”. Y Niño de Elche pone objeciones al supuesto: “Si fuese un reconocimiento colectivo me gustaría que lo detallaran a la hora de otorgar el galardón y no darlo a un individuo en particular, ya que Dylan es un artista individual, único, para lo bueno y para lo no tan bueno. Si lo hacen con esa mirada de reconocer a un movimiento o colectivo han cometido el mismo error que con el Nobel de la Paz de este año”.

“Para mí es perfecto. Su ironía, la sonoridad y el ritmo de las palabras, la libertad con que mezcla conceptos, figuras e historias detrás de las que se esconden héroes y monstruos. Su maravillosa mala leche arremetiendo contra todo y todos cuando le viene en gana, de la manera más elegante y sin despeinarse”
(Eva Amaral)

La distinción entre alta y baja cultura es otro de los asuntos por los que cabe interrogarse. ¿Diluye o difumina fronteras la decisión de la Academia Sueca? Alondra Bentley tiene claro que sí: “De alguna manera, con esto los académicos le están diciendo al mundo que en el universo del folk, rock, blues o country te puedes encontrar con algunas de las mejores piezas de literatura que se han escrito”. Javi Vielba (Arizona Baby y Corizonas) parece estar de acuerdo: “El impacto de Dylan en la cultura, tanto popular como académica, es enorme”. Y Josele Santiago considera el premio como una buena oportunidad para neutralizar interferencias: “La música culta y la popular harían muy bien en superar sus problemas de comunicación. Sería muy enriquecedor para ambas, tienen mucho que contarse. Este podría ser un paso importante en este sentido”.

Hablamos de un premio Nobel de Literatura que, ante todo, es compositor de canciones y, no está de más recordarlo, sustantivo intérprete de las mismas. Así que pedimos a nuestros interlocutores que hagan el esfuerzo de aislar la escritura del norteamericano antes de abrir el catálogo de fascinaciones personales. Yuri Méndez (Pájaro Sunrise) lo intenta, pero no lo consigue del todo: “Más que su escritura, admiro que durante muchos años sus letras y su forma de cantarlas expresaban la misma cosa. No es fácil, y creo que está al alcance de muy poca gente”. Alondra Bentley da muchas coordenadas para ubicar con exactitud su embeleso: “El modo en que condensa imágenes, reflexiones, contextos históricos, geográficos, conceptos mundanos o espirituales en rimas sencillas. Sus letras son como collages en los que conviven diferentes estilos y temas con una coherencia maravillosa; hace que algo muy complejo sea sencillo y armonioso”.  Y Eva Amaral no tiene reparo en otorgarle un diez: “Para mí es perfecto. Su ironía, la sonoridad y el ritmo de las palabras, la libertad con que mezcla conceptos, figuras e historias detrás de las que se esconden héroes y monstruos. Su maravillosa mala leche arremetiendo contra todo y todos cuando le viene en gana, de la manera más elegante y sin despeinarse”.

Por enredar, animamos a nuestros invitados a que se queden con sus versos favoritos del de Duluth. Empieza Baró: “Hay unos cuantos”, advierte, pero se decanta por “el que no está ocupado naciendo, está ocupado muriendo”. Vielba opta por “Tiene que haber alguna forma de salir de aquí, le dijo el bufón al ladrón, hay demasiada confusión, no consigo encontrar alivio”, y razona su respuesta: “Me parece que este fragmento describe certeramente los tiempos que corren”. Méndez tampoco duda –“It was another lifetime, one of toil and blood, when blackness was a virtue, and the road was full of mud”– y aclara que “esas cuatro líneas llevan dándome vueltas en la cabeza desde que era un crío”. Veneno prefiere subrayar el conjunto: “Lo importante es el ‘quejío’ de la letra y de la voz”, señala. “Ese ambiente suyo, libre y desbocado, es lo que tengo siempre en mi mente”. Y Amaral apela a la figura del “viento idiota que sopla desde tu boca cada vez que hablas”: “Viendo la televisión me viene muchas veces a la cabeza lo de viento idiota”, sonríe. César Luquero

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