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BOB DYLAN, La cicatriz ha cambiado de sitio

El prestidigitador dijo de Frank Sinatra: “Cuando él cantaba ‘Ebb Tide’ podía escucharlo todo en su voz la muerte, Dios, el universo, todo”.

 
 

ARTÍCULO (2015)

BOB DYLAN La cicatriz ha cambiado de sitio

Las voces no deberían ser medidas por lo bonitas que son. En vez de por eso, solo deberían importar si realmente te convencen de que están diciéndote la verdad. Lo apuntó Sam Cooke, refiriéndose a la suya. Lo recordó el 6 de febrero de 2015 Bob Dylan, en su discurso de aceptación del galardón “MusiCares Person Of The Year”, y lo ha ratificado en su flamante “Shadows In The Night”, descombrando diez baladas que cantó Frank Sinatra. Miguel Martínez elucubra aquí sobre veranos desbrozados, mejillas arrugadas y estrellas fugaces.

La película “La cicatriz”, dirigida en 1948 por Steve Sekely y protagonizada por Paul Henreid y Joan Bennett, es un intrigante ejemplo de cine negro de serie B. Intrigante por la astucia con que maneja su enredo, jugando con el doble sentido de las cosas. Sobre todo, con el de esa cicatriz que cambia de sitio y que es la que realmente explica la profundidad del discurso de su trama, su sentido oculto, más allá de la fatalidad criminal que en ella se respira. Más allá de sus sombras y barrotes, de su expresionismo en blanco y negro, más allá de todo eso, está la lucha entre ser tú y ser otro, entre dejar de ser lo que has sido para renacer en otra piel. El paso de ser cobre a despertarse un día convertido en corneta. “Porque yo es otro” (Arthur Rimbaud dixit). De eso va “Shadows In The Night” (Columbia-Sony, 2015), el 36º disco de estudio en la carrera de Bob Dylan, donde el de Duluth interpreta diez canciones que en su momento hizo suyas Frank Sinatra. Otros también, pero sobre todo Frank. Al menos, para Bob. ¿Por qué? Porque, y así lo escribió en su autobiografía, “Crónicas” (2004), “cuando él cantaba ‘Ebb Tide’ podía escucharlo todo en su voz: la muerte, Dios, el universo, todo”. Era aquella una voz llena de un canalla sentido de la libertad, que había vivido; era el blues de quien está apurando los últimos diez dólares de la noche antes de dirigirse, entre corbatas negras y mujeres sofisticadas, hacia la puerta de salida.


Veranos desbrozados

“Aprendí a componer letras escuchando canciones de folk. Durante tres o cuatro años todo lo que escuché fueron estándares de folk, me iba a dormir cantando canciones de folk, las cantaba en cualquier parte...”

Robert Allen Zimmerman recupera ahora esas diez canciones. Y en su voz, la voz de esas canciones es otra. Sin orquestas, sin grandiosidad, sin romances tumultuosos, sin rastro de arreglos con la exuberancia del champán helado y la mirada de Ava Gardner. Aquí el animal que canta es otro. La cicatriz, el blues, se presenta desde otra belleza: la de una fragua antigua o la de una zarza seca, convenciéndote de que te está diciendo, desde un nuevo ángulo, la verdad. Ese animal es la voz de un Dylan que ha querido perfilar a estas alturas de su vida (el 24 de mayo cumple 74 años) cuál sería la robustez confesional de Sinatra escuchado en la barra del bar de las últimas oportunidades, desnudo de pomposidad. Esa barra de los “Noctámbulos” de Edward Hopper en 1942. Esa desde donde Howe Gelb cantaba “Shiver” hace quince años (“hay algo en el agua, además de una luna que no sabe cuándo pararse”). Esa donde beben dos frases cinematográficas de 1988, tal para cual: una de “Los búfalos de Durham” (Ron Shelton), cuando el personaje de Kevin Costner afirma que solo cree “en besos lentos, largos, suaves, que duran tres días”, y otra de “Las amistades peligrosas” (Stephen Frears), la de “me convertí en un virtuoso del engaño”. Ser uno o ser otro. “Me veo devuelto al suelo, obligado a buscar un deber y abrazar la realidad”, escribió Rimbaud en el siglo XIX. “La poesía de Rimbaud es el tipo de cosas que significan algo. Ese es el tipo de cosas que voy a hacer”, comentó Dylan en 1963. Y así está en 2015, abrazando su realidad, que es ya la de un león en su invierno, a través de los lejanos veranos de Frank, que va desbrozando. ¿Te sientes más mayor al ver fotografías de tus ídolos en sus tiempos de plenitud o en los de su decadencia?

Nash Edgerton dirige “The Night We Called It A Day”, vídeo de uno de los temas de “Shadows In The Night”. Trama de cine negro con mujer fatal (Tracy Phillips), amante traicionado (Robert Davi) y héroe (Bob Dylan).

Mejilla arrugada

La cicatriz ha cambiado de sitio. Parecido no es lo mismo, como rezaba el espectáculo de Faemino y Cansado. En aquellos discos de Sinatra –como “Where Are You?”, de 1957, el primero que grabó en estéreo, del que proceden cuatro de las diez composiciones de “Shadows In The Night”– a la tristeza se la iluminaba para que brillase lujuriosa. Era una herida de la que se hacía gala. El Dylan actual tiene ese corte en otra mejilla, una que ya está arrugada. No queda en ella rastro de lujuria; tampoco en su garganta, con ese tono de violonchelo retirado, y por eso lo enfoca todo desde y con otra instrumentación, mucho más liviana y apacible, a cargo de su banda de directo: un contrabajo inclinado, guitarras con sordina, escobillas sobre la percusión y el hilo de una pedal steel, la que más manda, que va uniendo las puntadas. En algún ceda el paso se cuela una trompeta. En otro, un trombón o una trompa. Alrededor del velo fantasmal de su voz, esas partículas quedan en suspensión. Y, cuando se mueven, emprenden un vuelo sin nostalgia, porque ”Shadows In The Night” no suena ni a un disco de los años cuarenta ni de los cincuenta ni de los sesenta (aunque parezca que suene a todo eso). Es como si fuese un sujeto interdimensional en cuyo interior la energía, la información y el tiempo vibrasen al unísono, en un plano al margen del calendario, en su propia dimensión psíquica. Con los tres flotando en un aura espaciosa que recuerda a algunos momentos de “Modern Times” (Columbia, 2006) –pensad en el tema “Beyond The Horizon”–, y que acaba convirtiéndose en diez formas diferentes de decir “ahora solo querría estar en tus brazos”. Al protagonista de “La cicatriz” también le habría gustado decirlo antes del final, cuando zarpa el barco. Y, además, añadir: “Porque yo es otro”.


Estrella fugaz

“Frank es la montaña que has de escalar. Tenía esa habilidad para entrar en la canción de una manera coloquial. Te cantaba a ti, no lo hacía sobre ti. Yo nunca quise cantar sobre nadie, siempre quise cantarle a alguien. Nunca compré sus discos en aquellos años. Pero los escuchaba igualmente. En un coche, en una gramola”

Escuchadas tras “Shadows In The Night”, las palabras con que “Shooting Star” cerraba “Oh Mercy” (Columbia, 1989) suenan premonitorias: “Vi desvanecerse una estrella fugaz esta noche / Mañana será otro día / Me pregunto si será demasiado tarde para decirte las cosas que necesitabas que te dijera”. El último sermón en la montaña, la última radio sonando. Casualidad o no, poco después Bob publicó ese par de discos de versiones de folk tradicional negro y blanco, y en blanco y negro, “Good As I Been To You” (Columbia, 1992) y “World Gone Wrong” (Columbia, 1993), donde acompañándose de guitarra y armónica, y como, exagerando un poco, escribió Ira Robbins en ‘Newsday’ (en la reseña del segundo), “se expresa más sobre el arte de Bob Dylan que en cualquier colección suya de canciones originales”. Tenía Robbins parte de razón. “Aprendí a componer letras escuchando canciones de folk. Durante tres o cuatro años todo lo que escuché fueron estándares de folk, me iba a dormir cantando canciones de folk, las cantaba en cualquier parte...”, contaba Bob en febrero en su discurso del MusiCares. Pero no tenía Robbins la razón absoluta. “Todas esas canciones están conectadas, no seamos tontos. Yo solo abrí una puerta diferente de una manera diferente. Diciendo lo mismo, era diferente, aunque no pensaba que se convirtiera en algo tan fuera de lo corriente”. Esos dos discos de los noventa mostraban a un Dylan que necesitaba enseñar de dónde venían sus canciones antes de que él abriera su puerta para transformar, sobre todo entre 1965 y 1966, aquel cobre en corneta. “Yo soy otro”. Por algún motivo, no quería que se le hiciera tarde como al protagonista de “Shooting Star”.

En 2015 el de Minnesota vuelve a hacer lo mismo. Esta vez con otro tipo de canciones, que también le marcaron antes de abrir su puerta. “Frank es la montaña que has de escalar. Tenía esa habilidad para entrar en la canción de una manera coloquial. Te cantaba a ti, no lo hacía sobre ti. Yo nunca quise cantar sobre nadie, siempre quise cantarle a alguien. Nunca compré sus discos en aquellos años. Pero los escuchaba igualmente. En un coche, en una gramola”. Ahora viajamos más rápido, más a menudo y más lejos, pero en vez de con recuerdos volvemos con fotos. Dylan asegura no ser una persona nostálgica, pero cuando en la ceremonia del MusiCares quedó noqueado con la versión de “Knocking On Heaven’s Door” que hizo Bruce Springsteen, evocó. Y explicó luego que “por un momento, todo volvió a la memoria, Peckinpah, Slim Pickens, Katy Jurado, James Coburn, las polvorientas calles sin ley de Durango, mi primera esposa, mis hijos cuando eran pequeños. Por un segundo, lo recordé todo. Fue así de potente”. La voz de Bruce diciéndole la verdad, convenciéndolo. La verdad de que ya está llamando a las puertas del cielo. La de que no es oscuro aún, pero está oscureciendo. Como escribió la poetisa polaca Wislawa Szymborska, refiriéndose a su difícil vida con la memoria, “en sus historias siempre soy más joven. Es agradable, solo que para qué seguir insistiendo en eso. Los espejos me dicen otra cosa”. Sí, puede que de eso vaya “Shadows In The Night”, del paso de ser cobre a despertarse un día convertido en corneta. En una vieja corneta. “Porque yo es otro”. La cicatriz en la mejilla arrugada. Un disco magnífico, de serie A.

 

Y me despediré

En una entrevista de 2010 preguntaron a Bruce Springsteen qué signfica ser de Nueva Jersey. “En lo que a mí respecta, mi herencia de Nueva Jersey es ser un crío y crecer con Sinatra, siempre Sinatra sonando en casa. Lo interesante es que cantaba muy coloquialmente, de la manera en que habla la gente”, contestó. Coloquial, la misma palabra que usó hace un par de meses Dylan para definir el cantar de Frank. Y continuó respondiendo Bruce. “Él tenía una visión del mundo muy específica y bastante completa. Si quieres saber cómo se sentía en los años cuarenta o en los cincuenta, o en una cierta parte de los sesenta un particular grupo de gente en Estados Unidos, solo tienes que acudir a Frank Sinatra. En el momento en que la aguja toca el vinilo, ese mundo es evocado”.
Fue el 18 de noviembre de 1995 cuando Bob conoció a Frank, a quien nunca había saludado. Cenó en la mansión de los Sinatra en Beverly Hills, con Springsteen –que ya había acudido allí antes– entre los invitados. Cuentan que acabaron bebiéndose entre los tres varias botellas de bourbon y cantando al piano clásicos de country y alguno de Frank, como “Strangers In The Night”. No tuvo suerte Bob al intentar convencer a su anfitrión de que grabase un disco de versiones de Hank Williams, idea que pergeñaba junto a Don Was, según ha explicado. ¿El precedente conceptual, consciente o no de “Shadows In The Night”?
Al día siguiente, se celebró el concierto del 80º aniversario de Sinatra. Lo abrió Bruce, cantando en solitario “Angel Eyes”, de su (y mi) disco favorito de Frank, “Only The Lonely” (1958), y más adelante llegó el turno de Dylan, quien, a petición del homenajeado, interpretó “Restless Farewell”, de “The Times They Are A-Changin’” (Columbia, 1964), una especie de “My Way” –”yo es otro”– en clave folk. La última estrofa: “Así que mantendré mi posición y seguiré siendo como soy, y me despediré sin que me importe en absoluto”. Al acabarla, el octogenario de la primera fila aplaudía emocionado. Le quedaban solo treinta meses.

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