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BOB DYLAN, Rebelde sin causa

El genio de Duluth en 1966.

Foto: Jerry Schatzberg

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 241)

BOB DYLAN Rebelde sin causa

En 1966, el ahora Nobel de Literatura Bob Dylan grabó “Blonde On Blonde”, cuarto mejor álbum del siglo XX según la lista aparecida en el Rockdelux 200. Ese año también sobrevivió a una amenaza de bomba, a un accidente de moto y a las tijeras de un fan enloquecido. Medio siglo después, el de Duluth continúa fiel a sí mismo. Es el clásico por excelencia. Un mito que redefinió los sesenta, época a la que dio discurso, imagen, polémica y, sobre todo, grandes canciones, que han seguido brotando de su fértil imaginación a lo largo de estos cincuenta años de constante actividad. En este artículo de Tom Doyle se analizó ese alabado momento de ruptura eléctrica. Y Miguel Martínez comentó la trilogía del “mercurio incontrolado y cristalino” que puso el mundo del revés. Fue el tema de portada del Rockdelux 241 (junio 2006).

Temprano por la mañana, el 29 de julio de 1966 Bob Dylan atravesaba con su moto Triumph 650 Bonneville las Catskill Mountains, en el norte de Nueva York. Se dirigía a un taller mecánico cerca de su rancho de madera de cedro, situado en una propiedad de cuatro acres (1,6 hectáreas) con vistas a Woodstock. A pesar de ser un consumado motociclista, Dylan rodaba sin casco, y o bien topó con un charco de aceite, o bien el brillo del sol estival lo cegó momentáneamente; sus contradictorios recuerdos no lo dejan claro. Pegó un frenazo, la rueda trasera de la moto se trabó y Dylan voló por los aires. Su esposa Sara, que le seguía en coche, se encargó de recogerlo de la cuneta y llevarlo corriendo al Middletown Hospital. Diagnóstico: fractura de vértebras y conmoción cerebral leve.

“Yo no estaba muy metido en lo de las anfetaminas. Era agotador intentar seguir el ritmo de los que sí las tomaban”
(Robbie Robertson)

En los días siguientes, la rumorología contaba que la estrella de 25 años casi se había matado. Algunas informaciones, como la de la revista ‘Time’, incluso sugerían que Dylan se había hecho “profundos cortes en la cara”, y que había quedado desfigurado. Otras aseguraban que estaba paralítico y jamás podría volver a andar. Entre la comunidad underground proto-hippy de Londres corrió el rumor de que la CIA había “saboteado los frenos” de la moto del cantante rebelde. La realidad era mucho menos dramática, pero incluso así parecía que había terminado la carrera del portavoz generacional por excelencia y de la estrella musical más famosa del planeta por detrás de The Beatles.

El 16 de mayo de 1966, apenas un par de meses antes del accidente, Bob Dylan acababa de publicar su obra maestra. Cuarenta años después, “Blonde On Blonde” (Columbia, 1966) sigue siendo el punto de partida de la vertiente ambiciosa y cultivada del rock. En este disco, el sonido que él definió como “thin wild mercury” (algo así como “mercurio incontrolado y cristalino”), el malabarismo léxico y sus juegos con el absurdo hicieron florecer la imagen mítica e inescrutable de Bob Dylan.

Eran tiempos vertiginosos. En dieciocho meses Dylan se había transformado: el cantante acústico de folk de protesta de “The Times They Are A-Changin’” (Columbia, 1964) se había convertido, a través de “Highway 61 Revisited” (Columbia, 1965), en un poeta beat eléctrico de pelo alborotado y agitado por el speed. Pero la vivencia de este ascenso tan fulgurante no fue fácil. El 28 de julio de 1965, durante su primer concierto con banda de acompañamiento en el Newport Folk Festival, los puristas más radicales lo abuchearon y el decano cabecilla del folk Peter Seeger amenazó con cortar la corriente de un hachazo para evitar que Dylan siguiera tocando.

Robbie Robertson ejercía de guitarrista y confidente de Dylan desde 1965, y vivió de cerca la locura que rodeó al cantante en ese período. Cuando refresca la memoria, el lacónico músico canadiense emite un sonido que es medio risa y medio suspiro y, arrastrando las vocales, afirma: “Nosotros sí que vivíamos al día. Era un circo diario”. Robertson confirma que en el ojo del huracán los instintos creativos de Dylan se agudizaron, y describe así el estado de ánimo del cantante: “Activo... las ideas bullían en su cabeza”.

 
BOB DYLAN, Rebelde sin causa

La extraña sonrisa de mercurio. Foto: Jerry Schatzberg

 

Pero también estaban las drogas, que probablemente pusieron su parte en el frenético ritmo de trabajo de Dylan. “Yo no estaba muy metido en lo de las anfetaminas –afirma Robertson–. Era agotador intentar seguir el ritmo de los que sí las tomaban”. En marzo de 1966 Dylan admitió que “hacen falta muchas medicinas para mantener este ritmo”. Pero la carga de trabajo y los excesos químicos empezaron a pasar factura a su salud. Un periodista llegó a afirmar que en ese momento el cantante parecía “la muerte”. En una nueva muestra de humor negro, Dylan empezó a firmar sus autógrafos como “El Fantasma”.

En 1965 Dylan se reinventó con el explosivo y eléctrico “Highway 61 Revisited”, grabado en solo seis días en unas sesiones en las que muchas veces los músicos no tenían tiempo ni de aprenderse las canciones. Dylan encaró la grabación de “Blonde On Blonde” con las mismas premisas, pero las primeras sesiones en Nueva York y Los Ángeles con su nuevo grupo de gira, The Hawks (que después se convertiría en The Band, y que contaba con Robbie Robertson a la guitarra), resultaron insípidas y frustrantes. La insistencia del productor Bob Johnston hizo que Dylan desembarcara en Nashville, en parte con el objeto de aprovecharse de los excelentes músicos residentes en la ciudad.

“Yo tocaba la canción una y otra vez mientras Dylan escribía la letra a mi lado. Entonces yo iba y se la enseñaba al grupo”
(Al Kooper)

Los Columbia Studios de Nashville habían sido el escenario de grabaciones clásicas de Johnny Cash y Patsy Cline. En 1966 la ciudad experimentaba un boom musical de tal envergadura que la compañía instaló un nuevo estudio de grabación con el equipamiento más moderno en el mismo edificio. “Blonde On Blonde” fue uno de los primeros álbumes que se grabaron allí, aunque por entonces seguía siendo insólito que un músico de rock grabara en Nashville. El músico de sesión Charlie McCoy, un imperturbable sureño que hoy en día ronda los 60 años, todavía recuerda cómo fruncieron el ceño a su llegada: “Sabíamos quién era Bob Dylan, pero en Nashville nunca se había hecho este tipo de música”. McCoy recuerda que el primer día de grabación, el 14 de febrero de 1966, Dylan llegó tarde por culpa de un retraso en su vuelo: “Llegó y dijo: ‘Todavía no he terminado la canción. ¿Podéis esperaros un rato por aquí?’... No empezamos a grabar la canción hasta las cuatro de la madrugada. Y era ‘Sad Eyed Lady Of The Lowlands’. Quiero decir que... fue duro”. Aunque parezca mentira, Dylan grabó “Blonde On Blonde” a la vez que, en solo tres días, terminaba de escribir las letras.

Desde su participación en las sesiones de “Like A Rolling Stone” en 1965, Al Kooper formaba parte del grupo de Dylan y se había convertido en su mano derecha cada vez que este pisaba un estudio. Dylan se había hecho instalar un piano en la habitación de su hotel en Nashville, y allí le enseñaba las canciones a Kooper. Este simpático y afable narrador de historias, que tiene el mismo sentido del humor insolente que Dylan, recuerda así el episodio: “Yo tocaba la canción una y otra vez mientras Dylan escribía la letra a mi lado. Entonces yo iba y se la enseñaba al grupo”.

Las largas sesiones de trabajo de “Blonde On Blonde”, sin embargo, estuvieron salpicadas por momentos de travesura experimentadora. Dylan, por ejemplo, insinuó que quería que “Rainy Day Women #12 & 35”, la canción inicial del disco, tuviera un aire parecido al de las bandas de música del Ejército de Salvación, y Charlie McCoy tuvo que despertar a un trombonista amigo suyo, Wayne Butler, a las 11 de la noche. “Llamó al tipo –recuerda Al Kooper–, y se plantó allí afeitado, trajeado y completamente despierto”. “Empezamos a grabar la canción –sigue McCoy–, y a las 12:17 volvió a guardar el trombón en el estuche y se marchó a casa”. Pero Robbie Robertson se perdió la grabación de “Rainy Day Women #12 & 35”: “Fui a tomar un café y a dar una vuelta, y cuando regresé ya la tenían grabada”.

 
BOB DYLAN, Rebelde sin causa

Rockdelux 241 (Junio 2006)

Foto: Jerry Schatzberg

Diseño: Nacho Antolín

 

Las letras de “Blonde On Blonde” en gran parte se centraron en las mujeres con influencia en la vida de Dylan. Los versos fervorosos de “Sad Eyed Lady Of The Lowlands”, por ejemplo, se referían indirectamente a Sara Lownds, la mujer con quien Dylan se había casado en secreto en noviembre de 1965 (la noticia la desveló el ‘New York Post’ en febrero de 1966 en un artículo con el siguiente titular: “¡No se lo digas a nadie! Bob Dylan está casado”). Además, se supone que tanto “Leopard-Skin Pill-Box Hat” como “Just Like A Woman” (en especial por la referencia a “su anfetamina y sus perlas”) trataban sobre Edie Sedgwick, la protegida de Andy Warhol que más tarde, en 1971, moriría de sobredosis a la edad de 28 años, y con quien se rumoreaba que Dylan había tenido un affaire.

Pero la canción más compleja, alucinada y fascinante de “Blonde On Blonde” es “Visions Of Johanna”, donde el protagonista, a pesar de estar con una chica, Louise, está totalmente obsesionado con otra que está ausente, Johanna. En ese momento a Dylan le atormentaba la interpretación literal de sus letras que hacían tanto críticos como fans, que las tomaban como si fueran confesiones autobiográficas. Aunque puede que esta percepción fuera algo cierta en el caso de “Visions Of Johanna”. No en vano, desde 1965 Dylan había mantenido relaciones paralelas con Sara Lownds y la cantante folk Joan Baez. “Al final, Sara y yo nos hicimos amigas –explica Joan Baez–, y nos pusimos a hablar durante horas de los tiempos en que ‘el vagabundo primigenio’ jugaba a dos bandas con nosotras”. Al Kooper, por su parte, recuerda cuando la esposa de Dylan se presentó en el estudio de Nashville y le hicieron escuchar la canción: “Se plantó allí una tarde y él le puso ‘Visions Of Johanna’. Ella dijo: ‘Esto es bastante fuerte’”.

“Al final, Sara y yo nos hicimos amigas, y nos pusimos a hablar durante horas de los tiempos en que ‘el vagabundo primigenio’ jugaba a dos bandas con nosotras”
(Joan Baez)

Esta sensación general de intensidad se trasladó también a las actuaciones en directo. Después de haber sido abucheado por todo Estados Unidos a causa de su conversión a la electricidad, en abril de 1966 Dylan se embarcó en una gira mundial. Robbie Roberston afirma que en muchas ocasiones la única defensa de los músicos era el volumen puro y duro: “Lo único que podías hacer en esa situación era decir: ‘Venga, a muerte’. Tenía un punto de desafío y hacía que tocaras mejor”. Llegó un momento en que las reacciones del público se volvieron tan extremas que Al Kooper empezó a temer que alguien disparara a Dylan a mitad de un concierto. De hecho, Kooper, temiendo por su seguridad, abandonó una gira justo antes de un concierto en Dallas, en septiembre de 1965, cuando apenas se cumplían dos años del asesinato del presidente John F. Kennedy en la ciudad. “No me parecía descabellado que Dylan también fuese un objetivo –afirma hoy Kooper–, porque en términos de fuerza revolucionaria él era mucho más potente que JFK”.

La tormenta llegó a un punto crítico en mayo de 1966, cuando los conciertos llegaron al Reino Unido. Noche tras noche, los puristas del folk esperaban tranquilamente a que Dylan terminara la primera parte de su actuación, acústica y en solitario, y después se cebaban con el artista en la segunda parte, en cuanto aparecían The Hawks en escena. Según Robbie Robertson, “en el Reino Unido la cosa se puso seria de verdad; la gente estaba muy cabreada”. El 16 de mayo, en Sheffield, una amenaza de bomba obligó a desalojar el Gaumont Theatre y la actuación estuvo a punto de cancelarse. Al final la policía peinó el recinto y dio el visto bueno a la celebración del concierto. El 19 de mayo, en Glasgow, horas antes del concierto programado en el Odeon Theatre, un hombre disfrazado de camarero que escondía un cuchillo se introdujo en la suite de Dylan, pero Albert Grossman, el mánager y protector de Dylan, consiguió echarlo. Robbie Robertson recuerda el terror que sintió en un concierto de la misma gira cuando un grupo del público subió corriendo la rampa del escenario blandiendo unas tijeras: “No recuerdo en qué ciudad era, pero recuerdo que pensé: ‘Madre de Dios’. Aunque entonces me di cuenta de que no querían hacerle daño a Bob. Que solo querían un mechón de su cabello”.

 
BOB DYLAN, Rebelde sin causa

Bob Dylan, cansado, ausente: rueda de prensa en Londres en mayo de 1966.

 

Pero la fecha que pasó a formar parte de los anales del rock fue el 17 de mayo, con ocasión del concierto en el Free Trade Hall de Mánchester. C.P. Lee, autor del libro “Like The Night”, una crónica sobre aquella gira de 1966, se encontraba entre el público. “Todo el mundo estaba en ascuas; no sabíamos lo que pasaría –recuerda el escritor–. Se pudo percibir un gran suspiro de alivio cuando Dylan salió al escenario con la guitarra acústica. Pero en la segunda parte se le unieron esos tíos y se oyó una exclamación colectiva... El ambiente se puso al rojo vivo. Seguidamente se escuchó un estallido de sonido y fue como si nos hubiesen clavado de golpe en los asientos. Nunca había oído algo tan fuerte”. El público siguió silbando y dando palmadas de desaprobación en las pausas entre canciones hasta que, justo antes del último tema, “Like A Rolling Stone”, se oyó el famoso grito de “¡Judas!”, que fue jaleado con una ovación. Dos personas, John Cordwell y Keith Butler, han afirmado ser las autoras del grito, pero C.P. Lee cree que fue Butler quien chilló. Dylan entonces respondió en tono desafiante y malicioso: “No te creo... Eres un mentiroso”. Según la leyenda, Dylan se giró y le dijo a Mickey Jones, el batería: “Dale fuerte de cojones”. Sin embargo, Jones lo desmiente: “Si escuchas bien la grabación, oirás un acento británico. Creo que fue uno de los ‘roadies’, que quería defendernos”. Cuando la gira llegó a su término el 27 de mayo en el Royal Albert Hall de Londres, Dylan estaba realmente enfadado. “Ah, lo mismo de siempre –soltó al público–. ¿Es que no lo oís?”.

“Todo el mundo estaba en ascuas; no sabíamos lo que pasaría. Se pudo percibir un gran suspiro de alivio cuando Dylan salió al escenario con la guitarra acústica. Pero en la segunda parte se le unieron esos tíos y se oyó una exclamación colectiva... El ambiente se puso al rojo vivo”
(C.P. Lee)

Al terminar el tour, Dylan desapareció y se tomó un descanso en España con Sara, pero regresó a Woodstock a finales de junio, donde empezó a editar “Eat The Document”, un documental sobre su reciente gira que nunca llegó a publicarse oficialmente. Dylan se encontraba debilitado a causa de las drogas y el ritmo de trabajo, y poco después de la gira europea se le pudo ver en una fotografía con las mejillas hundidas y apoyándose en un bastón en un bosque de Woodstock. A pesar de todo, Albert Grossman ya había concertado sesenta y cuatro fechas más de Dylan con The Hawks, entre ellas un concierto en el Shea Stadium de Nueva York y una visita a Moscú, la primera que hubiera hecho una estrella del rock norteamericana. Pero el accidente de moto se cruzó en su camino y la gira fue cancelada. Con todo, posteriormente Dylan admitió que exageró la gravedad del suceso para poder librarse del yugo de las giras: “Me harté completamente de toda la situación. Desperté y volví en mí. Me di cuenta de que estaba trabajando para unos parásitos. Fuera consciente o no, lo que quería era dejarlo por una temporada”.

Robbie Robertson se acuerda de cuando visitó a Dylan en Woodstock poco después del accidente: “No estaba vendado ni nada por el estilo. Se había hecho daño y llevaba un collarín. No me pareció que hubiese cambiado en nada. Seguía quedándose despierto toda la noche y fumando un millón de cigarrillos”. Pero incluso estando retirado, sus seguidores más obsesivos siguieron acosándolo. En la primera entrega de su autobiografía, “Crónicas. Volumen 1” (Global Rhythm Press, 2005), el cantante recordaba lo siguiente: “Hatajos de haraganes peregrinaban desde California. Tontos del culo irrumpían en casa a cualquier hora de la noche”. Dylan decidió retirarse del todo y dedicar su tiempo a Sara, a Jesse (su hijo recién nacido) y a su hijastra Maria. Más tarde describiría su nueva vida casera como “caótica por dentro y por fuera... Si los niños querían jugar a baloncesto en la cocina, jugaban a baloncesto en la cocina”.

En los años siguientes Dylan intentó destruir su imagen por varias vías: grabando discos extraños y crípticos como “John Wesley Harding” (Columbia, 1967) o cantando como si se estuviera tapando la nariz en álbumes como “Nashville Skyline” (Columbia, 1969). Sobre este último Dylan afirmó lo siguiente en “Crónicas. Volumen 1”: “Me aseguré de que sonase contenido y domesticado... También usé una voz diferente. Yo no era el portavoz de ninguna generación; había que cortar de raíz esa idea”. En otras palabras, el portavoz generacional de los años sesenta había renunciado a su cargo. Tom Doyle

 

 

LA TRILOGÍA DE MERCURIO

BOB DYLAN, Rebelde sin causa

Bob Dylan ya había redefinido la música folk. Pero su plan era volar mucho más lejos y grabó el álbum “Another Side Of Bob Dylan” (Columbia, 1964), en esencia un disco de rock con guitarra y armónica. Fue el primer paso para el salto y el asalto al nuevo territorio, uno que pedía atención inteligente. Porque Bob Dylan no iba solo a proponer algo diferente, sino sobre todo algo muy peculiar. Iba a ser un explorador introduciéndose en reinos desconocidos. Salió de ellos con mucho más de lo que pensaba que estaba buscando. Así ocurrió nada menos que tres veces en dos años, 1965 y 1966, con esta saga para el recuerdo. En esos viajes musicales halló el sonido del mercurio líquido que escuchaba en su cabeza, estableció correspondencia emocional con el caos del momento, descodificó los aullidos eléctricos del blues remoto... La siguiente frase se escribió sobre el poeta británico T. S. Eliot, pero también es válida para la trilogía que catapultó a Bob Dylan a otra dimensión: “Poesía que libremente expresa una sensibilidad moderna, formas de experimentar que uno está al cien por cien vivo en su propia era”.

BOB DYLAN, Rebelde sin causa

“Bringing It All Back Home”
(Columbia, 1965)

Bob Dylan capta que los tiempos están cambiando. Eric Burdon enchufa “The House Of Rising Sun” y le señala un camino. The Byrds le cogen prestada “Mr. Tambourine Man” y la hacen bailar. Él decide agarrase a la tirantez eléctrica del sonido de Chuck Berry, ese boogie autosuficiente y viril, y articular desde ahí el nuevo discurso. Abre fuego con la cascada de palabras de “Subterranean Homesick Blues” y también rockea duro en “Maggie’s Farm” y “Outlaw Blues”. Nos dice que son canciones que ha escrito con el timbal de su mente. Y aunque algunos temas, los más folk, podrían servir para justificar su popularidad como portavoz contemporáneo, el conjunto va en otra dirección: perderá devotos y ganará nuevos adeptos. Con este LP publicado el 22 de marzo de 1965 empieza su etapa ácida y se zambulle en la expresión personal, que supera la mera instrospección y los códigos tradicionales. Igual la enriquece con surrealismo en “It’s Alright, Ma (I’m Only Bleeding)” que la plasma en hermosas cartas de amor (“Love Minus Zero/No Limit”, “She Belongs To Me”).

 
BOB DYLAN, Rebelde sin causa

“Highway 61 Revisited”
(Columbia, 1965)

La respuesta a su derrota en el Newport Folk Festival el 28 de julio de 1965 fue esta victoria rotunda publicada un mes después, el 30 de agosto: aquí empieza, en varios sentidos, la cultura rock. Dylan mira desde fuera a un enfermo (ese circo que lo rodea: ha perdido el control sobre su agenda y está a merced de las tormentas psíquicas de su mente volcánica) y lo atraviesa con su rayo láser de letras alegóricas y drogadas, con su blues hiriente y garajero. Las teclas de Al Kooper y la guitarra de Mike Bloomfield lo escudan con sus bisturíes, por momentos el volumen sube hasta el rojo vivo, la historia del pop se altera, Jimi Hendrix descubre aquí cómo debe cantar. No hay concesiones a la Era Acuario. Anarquía en Estados Unidos. Kennedy ha sido asesinado. Vietnam no será un camino de rosas. En la sociedad distorsionada de “Desolation Row” nadie es reconocido por ser quien es, todos pasean disfrazados. En palabras de su autor: “Nunca seré capaz de hacer un disco mejor que este. Es sencillamente demasiado bueno. Hay un montón de cosas en él que hasta yo escucharía”.

BOB DYLAN, Rebelde sin causa

“Blonde On Blonde”
(Columbia, 1966)

Comentó su productor, Bob Johnston, que este doble LP grabado en Nashville combinaba Memphis con los chicos del sur y las raíces de mucha gente. Hizo eso, sí, pero además convirtió cada canción en un paisaje narcótico. Son catorce y desfilan como fotogramas de una película surrealista en tecnicolor. Su protagonista es Mr. Tambourine Man danzando entre la desorientación y el desespero, seducido por mujeres que son artistas de la vida, sabias tranquilas (“Visions Of Johanna”, “Sad Eyed Lady Of The Lowlands”). El amor ha reemplazado al comentario social. La música ha ganado en capas y exuberancia melódica; es más densa. Su voz suena cool en el sentido en que ya lo era entonces la imagen de James Dean. Las letras son incómodas y oblicuas, pero han suprimido el odio y la ira. El LP, publicado el 16 de mayo de 1966, es la destilación de sus dos seminales predecesores, invita a la descripción y a la interpretación pero las desafía continuamente. “Es lo más cerca que he estado nunca del sonido que oigo en mi cerebro”, dijo Bob Dylan. Miguel Martínez

 
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