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BOB MARLEY, El Rey León (1ª parte)

Tendió un puente sobre el abismo que separaba el reggae de la música de éxito internacional.

 
 

ARTÍCULO (2005)

BOB MARLEY El Rey León (1ª parte)

Han transcurrido más de treinta años desde la muerte de Bob Marley (1945-1981) y el jamaicano más ilustre de todos los tiempos ha amasado un nivel de reconocimiento incluso superior al que tuvo en vida, con un poder simbólico universal. En esta primera parte del brillante y documentado artículo sobre el mito Bob Marley escrito por Lloyd Bradley, Rockdelux repasa la etapa más crucial de la carrera del rey del reggae. Es una historia de evangelismo, violencia política y corazones rotos que empezó con “Natty Dread” (1975) y terminó con nuestro hombre a un paso del éxito mundial.

La industria Marley es lo único que puede rivalizar con el culto a Bob Marley (1945-1981). La caja recopilatoria de cuatro CDs “Songs Of Freedom” (Island, 1992) es una de las más vendidas de la historia, y su rostro es uno de los más conocidos del planeta: desde Moscú hasta Mombasa, hay cientos de personas que no reconocerían a Elvis Presley pero que saben perfectamente quién es Bob Marley. Poco antes de su muerte, había logrado una hazaña insuperable: había tendido un puente sobre el abismo que separa el reggae de la música de éxito internacional. Un año antes, en abril de 1980, todavía en plenas facultades, era capaz de aparecer durante los actos de celebración de la independencia de Zimbabue y poco después volver locas a 100.000 personas en el estadio de fútbol de San Siro en Milán. La muerte puede que haya servido para canonizarlo, y su aura despierta una devoción parecida a la que recibe el Che, pero los cimientos de su logro gigantesco ya estaban asentados. Marley había completado la mayor parte de su viaje, un buscavidas de Kingston que se convierte en la primera Superestrella del Tercer Mundo.

“Amo a Jamaica y a su gente, pero tengo que empezar a moverme a lo largo y ancho del mundo. Mi madre me dice que Dios es el padre de los sin padre. Así que debo ir donde él me envíe”

¿Cómo lo consiguió? Responder que componiendo buena música sería demasiado simplista. En realidad, la música solo fue una parte de una ecuación que comprendía un montón de trabajo, una estrategia de imagen astuta y una amplitud de miras internacional. En 1974, antes de publicar “Natty Dread” (Tuff Gong-Island, 1975), Bob y los Wailers se encontraban cerca de su cumbre. Una serie de cambios sutiles pero decisivos les habían ayudado a llegar hasta allí: cambios de sonido, de mánager, en la formación del grupo e incluso en la estructura social de Jamaica. El camino estaba despejado y Marley podía escalar un peldaño más.

El 11 de agosto de 1974, en un artículo aparecido en ‘Xaymaca’, el suplemento dominical de la edición jamaicana del ‘Daily News’, Marley afirmó: “Amo a Jamaica y a su gente, pero tengo que empezar a moverme a lo largo y ancho del mundo. Mi madre me dice que Dios es el padre de los sin padre. Así que debo ir donde él me envíe”.

Parece obvio que, como músico, Marley fue un producto 100% jamaicano, pero también lo fue el fenómeno Marley. En la década de los setenta, Jamaica pasó por una época de gran agitación socio-política que terminó por cargarse los últimos vestigios del colonialismo. El proyecto de Michael Manley y su gobierno recién elegido, del partido de izquierdas Partido Nacional del Pueblo, totalmente projamaicano, nacionalista y defensor de la autosuficiencia estatal, proponía reinventar la nación jamaicana diez años después de su independencia. Manley era un antiguo líder sindical y se ganó el apoyo de la clase trabajadora prometiendo reformas sociales radicales y un grado de integración social que nunca había existido durante el gobierno del Partido Laborista Jamaicano. Desde que Jamaica consiguió la independencia en 1962, el Partido Laborista Jamaicano (con sede en Estados Unidos) no había movido ni un dedo para reducir el enorme abismo de riqueza entre la élite jamaicana de plantadores y comerciantes y la gran mayoría trabajadora. En cambio, el gobierno del Partido Nacional del Pueblo, de inspiración marxista, desarrolló el sistema universitario, y muchos jóvenes jamaicanos que se habían marchado a estudiar a Estados Unidos o al Reino Unido regresaron a casa entre 1973 y 1974, deseosos de contribuir al renacimiento de su patria.

 
BOB MARLEY, El Rey León (1ª parte)

La muerte lo canonizó, y su aura despierta, todavía hoy, una devoción parecida a la que recibe el Che.

 

Fue decisivo que Manley rescatara a los natty dread (los rastas) de la oscuridad y los situara en primera línea de la cultura juvenil jamaicana. La religión rastafari estaba establecida en Jamaica desde la década de los treinta. Cuarenta años después, aproximadamente el 5% de una población de 2,5 millones eran rastas o simpatizantes del rastafarismo, la mayoría jóvenes. Antes del gobierno Manley, era normal que la policía humillase a los rastas, deteniéndolos y afeitándoles los dreadlocks, en una práctica que se conocía como trimming (recorte). Pero Manley propuso legalizar la marihuana y ofrecer billetes de avión subvencionados a Etiopía. En la campaña electoral de 1971, reclutó a Bob y Rita Marley (además de a Dennis Brown y The Inner Circle) para que formasen parte del PNP Musical Bandwagon, el carrusel musical del partido. A pesar de que los rastafaris desconfiaban enormemente de la política (la llamaban “polichanchullo”), es comprensible que muchos de ellos, y también muchos músicos, se animaran a apoyar el PNP.

La legitimación del movimiento rastafari permitió introducirlo en la clase media, y los uptown dreads (rastas de clase alta) empezaron a asomar la cabeza. Cat Coore, por ejemplo, el violonchelista y guitarrista de Third World, era el hijo de uno de los ministros del gobierno de Manley. Este movimiento fue evolucionando hasta crear una nueva rama del rastafarismo, llamada Twelve Tribes, que ofrecía una alternativa moderada y abierta de miras al Rastafari de Nyabinghi, inspirado en la intolerancia del Antiguo Testamento.

“Yo no vivo del dinero. No me importa lo más mínimo. Yo toco música; y si de la música sale dinero, pues que salga. Mi corazón está abierto de par en par. Por mis venas corre sangre, no dinero”

Marley se identificaba cada vez más con el rastafarismo, y ello le sirvió de plataforma para su misión artística y le metió de lleno en la onda de los nuevos tiempos. Diez años antes, había dejado su huella entre la juventud descastada en los teatros y las calles del centro de Kingston. Sin embargo, en los años setenta los rude boys (los jóvenes de pandillas callejeras) podían dejar de pelearse entre ellos y dirigir su rabia contra las autoridades competentes. Marley estaba en condiciones de representarlos, y así de bien lo hizo en los discos “Burnin’” (Tuff Gong-Island, 1973) y “Natty Dread”.

Además, Jamaica se estaba preparando para vender su imagen al extranjero. En 1972, “Caiga quien caiga” (“The Harder They Come”), la película dirigida por Perry Henzell que catapultó la carrera de Jimmy Cliff, alcanzó un gran éxito y sirvió para presentar la realidad jamaicana en medio mundo. La imagen que proyectaba vendía sufrimiento (“sufferation”, una de las palabras favoritas del argot jamaicano) y gangsterismo adornados con una pátina de glamour cinematográfico. De repente, daba la impresión de que la isla rebosaba de iconos musicales con potencial internacional. Dennis Brown, Big Youth y Max Romeo eran guapos y llevaban dreadlocks, tenían el dogma y el carisma, mientras que Jimmy Cliff gozaba de reconocimiento mundial. Pero Marley era el único que combinaba a la perfección la sensibilidad jamaicana con las ambiciones de internacionalidad.

Marley siempre fue jamaicano hasta la médula. El día después de su boda, en 1966, se marchó del país para reunirse con su madre en Wilmington (Estados Unidos), dejando a Rita Marley sola en la isla. Pero regresó tan solo ocho meses después. Marley era un trotamundos, algo inusual entre sus compatriotas, y no tenía más remedio que absorber las influencias cosmopolitas que recibía.

Durante el invierno y la primavera de 1970, residió en Suecia junto al cantante estadounidense Johnny Nash y su mánager Danny Sims. Este último y el también estadounidense Arthur Jenkins formaron el primer equipo de management y publishing de los Wailers. Luego, cuando Sims y Nash dejaron a los Wailers tirados y prácticamente en la indigencia durante los últimos cuatro meses de 1971 en una casa del norte de Londres (los habían llevado allí para grabar y hacer una gira, pero Sims y Jenkins se largaron a Estados Unidos para promocionar un disco de Johhny Nash), fue Marley quien se esforzó por integrarse en la comunidad negra de la zona. Engendró al menos un hijo en este período.

De vuelta en Jamaica, Marley se rodeó de un círculo de amigos muy concienciados con la causa jamaicana pero que a su vez tenían mucho mundo. Neville Garrick, por ejemplo, era un rastafari devoto que se había licenciado en UCLA en diseño gráfico y había regresado a la isla cuando Manley subió al poder. Alan “Skill” Cole había estudiado con Garrick en Kingston a principios de los años sesenta, y posteriormente se había convertido en la estrella de la selección jamaicana de fútbol, lo cual le había permitido viajar por todo el mundo. Don Taylor, quien en 1974 reemplazaría a Sims en las funciones de mánager, era un jamaicano avispado que había logrado hacerse camino en Estados Unidos trabajando como mánager de artistas de soul como Little Anthony & The Imperials, Martha Reeves, Chuck Jackson y The Stylistics.

 
BOB MARLEY, El Rey León (1ª parte)

Marley fue un buscavidas de Kingston que se conviertió en la primera Superestrella del Tercer Mundo.

 

Sin embargo, la vocación internacional de Bob Marley no respondía al criterio con que la industria musical mide el éxito; es decir, con los territorios conquistados y el número de discos vendidos. En una entrevista radiofónica de 1973, Marley afirmó lo siguiente: “Yo no vivo del dinero. No me importa lo más mínimo. Yo toco música; y si de la música sale dinero, pues que salga. Mi corazón está abierto de par en par. Por mis venas corre sangre, no dinero”.

Bob Marley se mantuvo fiel a estas convicciones durante el resto de su vida, y siempre conservó la obsesión de expandir el mensaje de unidad entre hermanos (“one love”) del Jah Rastafari. Para él, vender discos y entradas de conciertos era solamente un medio para alcanzar el fin deseado. En 1976 le contó al escritor Steven Davis que “si Dios no me hubiese dado una canción para que yo la cantase, entonces yo no podría cantar ninguna canción. La cultura no puede venderse... Yo hablo de una hermandad universal”.

Según Neville Garrick (el director artístico de los Wailers a partir de 1975), Marley no disfrutaba con la rutina de las giras, pero se lo tomaba como un deber que tenía que cumplir. “A Bob no le gustaban los viajes ni tener que vivir en hoteles. Lo encontraba cansino y pensaba que le estaba robando un tiempo que podría haber dedicado a cosas más importantes. Pero, por muy cansado que estuviera, siempre decía que valía la pena porque lo importante era, durante el concierto, conseguir que sus letras y su mensaje llegasen al mayor número de gente posible”.

“Por alguna razón, en Island siguen hablando de Bob Marley & The Wailers. Yo nunca les he dicho que lo hicieran, nunca. Pero quizá tengan algún motivo. Bueno, de hecho yo soy un Wailer”

El motivo principal de la disolución de los Wailers originales fue que Marley deseaba conectar con el resto del mundo. En 1973 Bunny Livingston se negó a seguir viajando; Peter Tosh, el gigante de dos metros, se rebeló y empezó a intimidar a los periodistas extranjeros con llaves de artes marciales, y solía burlarse del público diciendo que no estaba a su altura. Además, Tosh nunca sintió demasiado aprecio por Chris Blackwell, el director del sello Island. Se refería a él como “whiteworst” (el peor blanco) y, supuestamente, una vez lo amenazó con un machete. Pero era Bunny quien tenía más fama de ser anti-blancos. Por decirlo suavemente, los compañeros de Marley no ayudaban demasiado a transmitir el mensaje de amor universal.

Marley conocía perfectamente las limitaciones de Bunny y Tosh, pero dejó que Blackwell asumiese él solo la responsabilidad de la ruptura del trío. “Por alguna razón –dijo Marley–, en Island siguen hablando de Bob Marley & The Wailers. Yo nunca les he dicho que lo hicieran, nunca. Pero quizá tengan algún motivo. Bueno, de hecho, yo soy un Wailer”. Marley era consciente de lo que estaba perdiendo. La mejor música de The Wailers antes de “Natty Dread” fue el fruto de una dinámica de grupo particular, un choque de temperamentos que había imbuido de un sentido de urgencia canciones como “400 Years”, “Small Axe”, “Get Up And Stand Up” y “I Shot The Sheriff”. Además, en la manera de interpretarlas pesaba tanto la delicada voz de tenor de Bunny y su dicción instintiva como la naturalidad del sentido musical de Tosh y el tono quejumbroso de Marley. Es revelador que, en los discos subsiguientes de los Wailers, Marley siguiese recurriendo al material grabado con este trío.

Incluso sin ellos, Marley acertó de pleno con “Natty Dread”. Canciones como “Rebel Music (3 O’Clock Road Block)”y “Them Belly Full (But We Hungry)” reflejan la convulsión política que vivía Jamaica en 1974, pero sus encantos rockeros lograron ampliar su atractivo. Una versión anterior de “Road Block” había ocupado el número uno de la lista de singles jamaicana durante todo el verano de 1974, seguramente gracias a que Marley, Skill Cole y un matón amigo suyo llamado Take-Life se presentaron blandiendo armas en los estudios de la JBC Radio y consiguieron que suspendieran el veto radiofónico que pesaba sobre la canción. “Natty Dread” vendía sufrimiento rasta a los aficionados al rock, y en febrero de 1975 se convirtió en el primer disco de los Wailers que entraba en el Top 100 de Estados Unidos.

 
BOB MARLEY, El Rey León (1ª parte)

El motivo principal de la disolución de los Wailers originales fue que Marley deseaba conectar con el resto del mundo.

 

Sin embargo, las probaturas musicales de Marley no habían hecho más que empezar. Durante unas sesiones de remezcla en Londres, a Marley le presentaron al guitarrista negro de Nueva Jersey Al Anderson, quien había formado parte de The Centurians y Red Bread. Anderson jamás había tocado reggae –aunque Paul Kossoff, el guitarrista de Free, le había hecho escuchar “Catch A Fire” (Tuff Gong-Island, 1973)–, y era la primera vez que conocía en persona a un rastafari. Las sesiones en que Anderson se encargó de añadir fraseos de blues en las canciones “Lively Up Yourself” y “No Woman, No Cry” no fueron un éxito, pero ambos se pasaron una noche tocando juntos en el piso de Marley en Chelsea. “Me di cuenta de que Marley tenía un potencial enorme como compositor”, le contó Anderson a Steven Davis. “Era plenamente consciente de lo que estaba ocurriendo en el mundo. Me dijo: ‘Vente a Jamaica. Verás que es un mundo totalmente distinto al que estás acostumbrado’”.

“Él era un perfeccionista radical. Mantenía una disciplina férrea. Siempre era el primero en subirse al autobús o en bajar a la recepción del hotel. Si habíamos quedado a las 10, él llegaba a menos cuarto. Si llegabas tarde, te miraba fijamente sin decir nada, pero esa mirada te hacía sentir tan mal que ya no volvías a llegar tarde. Era un gran líder porque nunca le pedía a nadie que hiciese algo que él nunca haría”
(Judy Mowatt, I-Threes)

Marley le invitó a unirse a los Wailers, pero Anderson se pasó seis meses de relax en el centro de operaciones de Marley, en el número 56 de Hope Road en Uptown Kingston, sin presentarse a un solo ensayo. Sin embargo, al cabo de poco se pusieron a preparar una gira norteamericana para el verano. Marley no quería dejar pasar esta oportunidad. Manejaba el grupo con la disciplina de un James Brown. Los Wailers estaban obligados a jugar a fútbol, correr por la mañana y comer alimentos sanos “I-tal” (la comida que recomienda el rastafarismo): sopa de pescado, carragenina, fruta fresca y avena, todo ello preparado por los cocineros de gira Mikey Dan y Antonio “Gillie” Gilbert. Gracias a estos cuidados, los Wailers se mantenían en buena forma física durante las giras y lograban la concentración mental necesaria para afrontar con garantías todos los conciertos, que duraban siempre dos horas.

Los ensayos se llevaban a cabo con una diligencia militar, y los músicos eran sancionados cuando se distraían o tocaban con desgana. Después de los conciertos, Marley nunca se iba de juerga y quería que los miembros del grupo estuviesen disponibles para comentar errores y proponer mejoras. Rita Marley, Marcia Griffiths y Judy Mowatt formaban las I-Threes, el trío encargado de los coros en la gira, y esta última recuerda que muchas veces Marley las sacaba de la cama y les obligaba a ir a ensayar a su habitación, donde él las esperaba con la guitarra acústica. “Ya nos habíamos puesto el camisón y pensábamos que por aquel día ya se había terminado todo, pero él siempre quería que practicásemos algunas armonías o que mejorásemos algo que no le convencía. Lo repetíamos una y otra vez, y vuelta a empezar... A veces estábamos tan cansadas que se nos saltaban las lágrimas, pero es que él era así, un perfeccionista radical. Mantenía una disciplina férrea. Siempre era el primero en subirse al autobús o en bajar a la recepción del hotel. Si habíamos quedado a las 10, él llegaba a menos cuarto. Si llegabas tarde, te miraba fijamente sin decir nada, pero esa mirada te hacía sentir tan mal que ya no volvías a llegar tarde. Era un gran líder porque nunca le pedía a nadie que hiciese algo que él nunca haría”.

Por decirlo llanamente, Marley sabía cómo tenían que tocar y comportarse para poder competir con los grandes grupos de rock. Tenía determinación y ambición suficientes para no permitir que le frenasen las preconcepciones del mainstream sobre lo que debería ser un artista de reggae, y tampoco estaba dispuesto a aceptar que nadie escondiese la cabeza.

Durante los meses de junio y julio de 1975, los Wailers asombraron a los hipsters de Norteamérica. En el ‘Village Voice’ llamaron a Marley “el Mick Jagger del reggae”. A su primer concierto en el Roxy de Los Ángeles, el 9 de julio, acudió una multitud estelar de curiosos; entre ellos, The Rolling Stones, Grateful Dead, George Harrison, Ringo Starr, Billy Preston, Herbie Hancock, The Band, Cat Stevens, Buddy Miles y la mujer de Bob Dylan, Sara Lowndes.

 
BOB MARLEY, El Rey León (1ª parte)

Su rostro es uno de los más conocidos del planeta: desde Moscú hasta Mombasa, hay cientos de personas que no reconocerían a Elvis Presley pero que saben perfectamente quién es Bob Marley.

 

Los Wailers llegaron pletóricos de fuerza al Reino Unido, y su primer concierto en el Lyceum de Londres fue tan deslumbrante que Chris Blackwell decidió grabar el segundo, el 19 de julio. La cinta se editó en forma de álbum en directo, y el single de “No Woman, No Cry” alcanzó el número 22 de la lista de singles británica. Es curioso porque el “Live!” (Tuff Gong-Island, 1975) de Bob Marley guardaba más de una similitud con el “Live At The Apollo” de James Brown, editado doce años antes: ambos fueron retratos definitorios que les propulsaron a la estratosfera del rock.

“Los Wailers lo conseguirán”, opinó el teclista Tyrone Downie en la revista ‘Black Music’. “Solo tienen que seguir tocando este tipo de canciones, porque son muy comerciales”. Lo más fácil hubiese sido que Marley siguiese componiendo música pensando solo en Jamaica. La industria musical de la isla siempre había sido boyante, y un artista medianamente bueno podía vivir perfectamente de la música sin tener que pasar por el aeropuerto. Pero Marley tenía una misión. Como dijo Downie, “no va a bajar la guardia ni un segundo”.

“Yo no estoy de parte del hombre negro ni del hombre blanco. Yo estoy de parte de Dios, que es quien hace que yo sea blanco y negro”

Marley convirtió a los Wailers en una banda de formato occidental basada en un cantante y un grupo de acompañamiento, y este cambio los hizo más accesibles a los ojos del público mainstream. También cuidaba la imagen hasta el último detalle: Neville Garrick diseñaba las portadas, supervisaba las fotografías y el juego de luces en escena y se encargaba de pintar los inmensos murales rastas que adornaban el escenario. Por entonces, tener un director artístico no era demasiado habitual en el mundo del rock, pero el reggae era un territorio distinto. Marley sabía, por ejemplo, que la portada de “Catch A Fire”, nada convencional, no había tenido el impacto deseado. Garrick, sin embargo, era un rastafari que entendía el mensaje y sabía cómo transmitirlo al nuevo público. “Yo me encargaba de tratar el tema de las portadas con la compañía de discos –explica–. Bob confiaba en mí, y solo en un par de ocasiones me pidió que cambiase algo”.

Las letras de Marley también evolucionaron. Antes de “Natty Dread” eran puros himnos de orgullo o redención negra, y ahora predicaban el amor universal en todo el mundo. La culminación fue el single “Punky Reggae Party” (grabado en Londres en 1977), donde se mencionaba a The Clash y The Damned. Fue decisivo que Marley modificase su fe rasta, rechazando el credo anti-blanco de Nyabinghi y adoptando la postura tolerante de la facción Twelve Tribes –en el disco “Rastaman Vibration” (Tuff Gong-Island, 1976), Marley firma como Joseph, un nombre Twelve Tribes–. A su modo, era un proceso equivalente al de Malcolm X cuando regresó de La Meca y rompió con Elijah Mohammed en favor de una rama del islamismo más integradora racialmente. “Yo no estoy de parte del hombre negro ni del hombre blanco –le contó Marley al periodista Carl Gayle–. Yo estoy de parte de Dios, que es quien hace que yo sea blanco y negro”.

Al igual que los Black Panthers (que sabían cómo manipular a la prensa norteamericana y a la clase media progresista), Marley sabía jugar la carta de Babilonia con astucia. Vestía al estilo del gueto, y convirtió su centro de operaciones en el 56 de Hope Road en una especie de campamento dreadlock, un lugar donde los colegas de West Kingston se sentían a gusto y donde los partidarios de Twelve Tribes podían pasarse a fumar y reflexionar. Los periodistas de visita podían creerse que tenían una verdadera experiencia del gueto sin exponerse a ningún peligro. En realidad, Marley era tan elegante y sofisticado como cualquier millonario que ha corrido mundo. Pero le faltaba darse cuenta de una cosa: por mucho que hubiese salido del gueto, todavía no había logrado irse lo suficientemente lejos.

(Se puede leer la segunda parte aquí)

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