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BOB MARLEY, El Rey León (y 2ª parte)

Llegada de Bob Marley a Ibiza para actuar el 28 de junio de 1978.

Foto: Francesc Fàbregas

 
 

ARTÍCULO (2005)

BOB MARLEY El Rey León (y 2ª parte)

La segunda parte del extenso reportaje de LLoyd Bradley sobre Bob Marley (1945-1981), donde analiza las luces y las sombras de una historia más grande que la vida: Bob Marley como icono del siglo XX, un mito musical convertido en leyenda, más allá de la música reggae que él lideró. En sus últimos cinco años de vida, Bob Marley se enfrentó a sus mayores retos personales. Consciente de su poder como icono sociopolítico, persiguió la paz en su país al mismo tiempo que buscaba reconocimiento entre la población negra norteamericana. Sin embargo, sus deseos colisionaban con una realidad distinta a la que había soñado; además, su mensaje positivo chocaba con la justicia de un gueto contra la que no pudo o no quiso hacer nada. Y en Estados Unidos, su música interesaba más a los universitarios blancos que a los trabajadores negros. Le faltó tiempo. El cáncer se lo llevó el 11 de mayo de 1981... Rockdelux homenajea a uno de los mitos musicales del siglo XX.


(Se puede leer la primera parte aquí)

El 3 de diciembre de 1976, Bob Marley y su grupo ultimaban en Hope Road los ensayos de Smile Jamaica, un concierto gratuito con el que Marley quería agradecer el apoyo que siempre había recibido de la isla y que organizó con la cooperación de Michael Manley, premier jamaicano, y el ministro del Partido Nacional del Pueblo (PNP) Arnold Bertram. En los doce meses anteriores al concierto, la popularidad de los Wailers había seguido creciendo. “Rastaman Vibration” (Tuff Gong-Island, 1976) se editó en mayo de aquel año, y se encaramó por sorpresa al número 8 de las lista de álbumes de Estados Unidos. Antes, el 27 de agosto de 1975, murió el emperador depuesto de Etiopía, su majestad imperial Haile Selassie I; pero como los rastafaris consideraron que su fallecimiento había sido producto de una conspiración de Babilonia, la moral rasta se recuperó enseguida (Marley resumió la postura de los dreads al respecto en el single “Jah Live”). Al Anderson dejó el grupo, pero al ya existente núcleo básico formado por el batería Carlton Barrett y su hermano Aston, bajista, se unieron los guitarristas Earl “Chinna” Smith y Don Kinsey (como Anderson, otro guitarrista negro de blues que se estrenaba con el reggae). Tras finalizar la enésima gira arrasadora por Estados Unidos (esta vez Bob Dylan, el héroe de Marley, acudió a verlos al Roxy), un Marley eufórico declaró en la revista ‘Chic’: “Me siento tan seguro de mí mismo que hasta me da vergüenza”.

“Me siento tan seguro de mí mismo que hasta me da vergüenza”

Sin embargo, esta buena racha estuvo a punto de irse a pique en un abrir y cerrar de ojos. Aquel 3 de diciembre de 1976 en Kingston, sobre las nueve de la noche, mientras los Wailers ensayaban el puente de “Jah Live”, un par de Datsuns de color blanco frenaron delante del patio. Seis pistoleros salieron de los coches y empezaron a disparar. Tras los disparos, los coches se esfumaron en la noche con las ruedas chirriando. Cuando se disipó la humareda, se descubrió el desastre. Cinco balas alcanzaron al mánager Don Taylor (tuvo que ir en silla de ruedas durante unas semanas). Lewis Simpson, un amigo del grupo, fue herido de gravedad, mientras que a Bob Marley un mismo disparo le alcanzó en el cuello y en el brazo izquierdo. Un fragmento de bala se alojó entre el cuero cabelludo y el cráneo de Rita.

El motivo del ataque no estaba claro. Se insinuó que había sido una represalia por un asunto turbio de apuestas de caballos en que estaba implicado Alan “Skill” Cole (amigo de Marley), y también se habló de un intento de extorsión fallido. Cuando se calmaron las aguas, cobró fuerza la hipótesis de que se trataba de un asunto político. Al poco de conocerse la fecha del Smile Jamaica, el primer ministro Manley había convocado elecciones generales para el 20 de diciembre, dos semanas después del concierto. Por la proximidad de las fechas, parecía como si los Wailers estuviesen haciendo campaña a favor de Manley. Se murmuraba que el Partido Laborista Jamaicano (PLJ) había enviado a unos pistoleros para asegurarse de que el concierto Smile Jamaica no tuviera lugar.

Los disturbios de este tipo eran muy habituales cuando había elecciones en Jamaica. El PNP y el PLJ controlaban indirectamente tropas barriobajeras fuertemente armadas. En período electoral las fuerzas políticas se medían con sangre en lugar de con encuestas de intención de voto. Además, la política y la música unían esfuerzos sin ninguna restricción. En la década de los cincuenta, el líder laborista Edward Seaga fue uno de los primeros productores de discos de la isla; consciente de la necesidad de no alejarse de los sound systems, estableció la sede de su partido en el Cho Co Mo, una enorme sala de baile al aire libre. Cuando le entrevisté para el documental de la BBC2 “Reggae: The Story Of Jamaican Music”, el primer ministro jamaicano P.J. Patterson (quien en 1972 se encargaba de la campaña electoral del PNP y era el responsable del PNP Musical Bandwagon) me contó lo siguiente: “Desde la independencia, en Jamaica el pueblo debe tener total libertad para expresarse. Y los músicos, al estar tan cerca de la gente, se encargan de expresar los sentimientos de esta. Ellos son el reflejo del estado de ánimo general, y esto es algo que no puede eliminarse de la ecuación política”.

 
BOB MARLEY, El Rey León (y 2ª parte)

Carisma Marley.

 

Aunque en 1972 Marley hizo campaña para el PNP, en 1976 quería dejar claro por todos los medios que él apoyaba a Jamaica y a los jamaicanos, pero no a un partido político. Como todavía seguía comprometido con la motivación no-partidista original de Smile Jamaica, el 5 de diciembre de 1976 Marley cantó en el concierto a pesar de de sus heridas.

El tiroteo recibió una cobertura informativa de primer orden en todo el mundo, y en lugar de intento de asesinato frustrado se habló de “magnicidio”, lo cual refleja perfectamente el estatus que Marley había alcanzado. Sin embargo, en privado, la primera reacción de Marley fue de miedo y perplejidad, y más tarde, según afirma Neville Garrick (director artístico de Marley), se sintió amargamente decepcionado por el hecho de que “los jamaicanos pudiesen hacerle una cosa así a él, que siempre los había representado y había luchado por ellos. Creo que nunca lo superó”.

Según afirma Don Taylor, el paisaje después de la batalla puso al descubierto una faceta desconocida de la vida de Bob Marley. Las autoridades nunca lograron detener a los matones, pero en su autobiografía de 1995, “So Much Things To Say: My Life As Bob Marley’s Manager”, Taylor reveló finalmente cómo se les ajustició: al estilo callejero. Al cabo de dieciocho meses del tiroteo, una tarde Taylor y Marley fueron conducidos por un famoso personaje del submundo a un lugar solitario de Kingston. Allí les esperaban tres de los seis pistoleros (dos de ellos solo habían montado guardia en la puerta), atados y amordazados y esperando sentencia ante la mirada de un jurado del gueto presidido por un “señor de la guerra” de la ciudad. Recuerda Taylor: “Los acusados intentaron defenderse y negaron su intervención en el crimen mientras nos miraban a mí y a Bob implorando ayuda. Pero la justicia del gueto es implacable. El jurado escuchó todas sus alegaciones y dictó la sentencia. Colgaron a dos de ellos, y al otro lo mataron de un tiro en la cabeza. Recuerdo que los generales del gueto le ofrecieron la pistola a Bob para que ejecutase él mismo a la última víctima. Le dijeron: ‘Jefe, ¿quieres matar a este miserable?’. Bob rehusó sin mostrar un ápice de emoción. Recuerdo perfectamente cómo le pusieron la soga en el cuello a uno de los acusados y cómo le arrastraron con la cuerda para poderlo colgar en un lugar discreto. Los condenados gritaban como locos y suplicaban clemencia. Después subimos al coche y regresamos a Hope Road. No hablamos de ello, y nunca volvió a mencionarse. Fue como si no hubiera ocurrido”.

“Nuestra vida en Londres transcurría de la manera más normal del mundo: levantarse, jugar a fútbol, echarse un rato, ir a grabar o a ensayar, echarse otro rato, jugar a fútbol un rato más... La buena vida. Bob podía relajarse completamente, y para el resto de nosotros era la primera vez que vivíamos juntos sin estar de gira. Todo el mundo pudo recuperar el sentimiento original de lo que hacíamos”
(Neville Garrick)

A causa del tiroteo, Marley aterrizó a principios de 1977 en el Reino Unido para quedarse un año y medio. Este exilio resultó ser uno de los mejores períodos de su vida. Se instaló en la zona de moda, en Oakley Street, Battersea Park, con la banda y su círculo íntimo. A Neville Garrick se le humedecen los ojos cuando rememora esa época: “Era exactamente lo que Bob y el resto de nosotros necesitábamos. Después del tiroteo, teníamos que marcharnos de Kingston y huir de todo lo que allí ocurría. Nuestra vida en Londres transcurría de la manera más normal del mundo: levantarse, jugar a fútbol, echarse un rato, ir a grabar o a ensayar, echarse otro rato, jugar a fútbol un rato más... La buena vida. Bob podía relajarse completamente, y para el resto de nosotros era la primera vez que vivíamos juntos sin estar de gira. Todo el mundo pudo recuperar el sentimiento original de lo que hacíamos”.

En Londres, Marley podía pasar todo el tiempo que quisiese con su última novia formal, Cindy Breakspeare, quien había sido elegida Miss Mundo en octubre de 1976. Bob Marley había tenido relaciones sentimentales con bellezones como la actriz Esther Anderson, la Princesa Yashi de Libia o la estrella del tenis de mesa Anita Belnavis, pero Cindy Breakspeare era simplemente impresionante. Bob estaba como atontado con ella, y podía relajarse todo lo que quisiera. Rita también estaba en Londres, pero no vivía en Oakley Street. Además, hizo la vista gorda a los escarceos de Bob. Tal y como contaba siempre a los periodistas, Marley al final siempre volvía con ella.

Breakspeare estaba obligada a vestirse y arreglarse con la sofisticación propia de una Miss Mundo. Tenía que acudir a sus compromisos toda peripuesta, repleta de laca y maquillaje, y Marley se burlaba constantemente de ella, mostrando un desprecio típicamente rasta. Cuando podía, Breakspeare se quitaba el maquillaje y la pintura de uñas antes de llegar a casa. “Normalmente, me lo intentaba quitar con agua fría en el lavabo minúsculo de un tren, y otras veces hacía lo que podía en el taxi. No quería que al llegar a casa me frunciese el ceño, del plan: ‘¿Dónde vas con esta facha?’. Pero una noche estaba demasiado cansada y no tuve tiempo de quitármelo, y aparecí por la puerta con el uniforme completo de Miss Mundo: el vestido de noche, las pieles, el pelo cardado, el maquillaje... Entré en el vestíbulo y de un salto se puso detrás de mí. Se encendieron las luces y yo me giré, esperando lo peor. Me miró de arriba abajo, muy lentamente, y estalló a reír. Me dijo: ‘¡Te pillé! ¡Te pillé!’”.

 
BOB MARLEY, El Rey León (y 2ª parte)

El ataúd de Bob Marley, cubierto con la bandera jamaicana.

 

Margaret Anderson, la hermana de Rita Marley, conocida como The Ranking Miss P. en su faceta de locutora de la BBC, también recuerda la faceta burlona de Marley: “Nos tomaba el pelo a mí y a mis amigas constantemente, bromeando, pero siempre con la intención de hacernos reflexionar sobre algo o para cuestionar algo que hacíamos. Por entonces estaba de moda llevar calcetines a rayas, de los que cubren la rodilla. Y a mí me gustaba llevarlos de rayas rojas, blancas y azules, los colores que estaban de moda. Estuvo tres días dándonos la brasa diciendo que cómo era posible que tres hermanas decentes como nosotras vistiésemos con los colores de Babilonia. Insistía en que nos comprásemos unos de rayas rojas, verdes y doradas. ¡Y con él no valían excusas! Terminamos por comprar lana y tejer los calcetines nosotras mismas. Él era capaz de influirte hasta este punto, y nos hizo pensar: ‘¿Por qué no hacen estos calcetines en colores rasta?’. Bob se lo pasó muy bien en Londres; era muy feliz. Se sentía seguro y protegido al no tener que lidiar con pistolas y matones, o con la política jamaicana. Tenía la oportunidad de ser normal, un hombre familiar. Cocinaba o charlaba, y tenía tiempo para él solo; podía tener lo que nosotros llamábamos ‘momentos Nesta’ (en referencia al segundo nombre de Marley), en los que podía ser él mismo”.

Neville Garrick concede que tal vez fue el momento en que el mundo estuvo más cerca de poder ver al Bob Marley de verdad, y cree que esta calma se refleja en los álbumes “Exodus” (Tuff Gong-Island, 1977) y “Kaya” (Tuff Gong-Island, 1978). Son menos militantes y más románticos, y reflejan la influencia de su relación con Breakspeare (para ella escribió “Turn Your Lights Down Low” y “Waiting In Vain”, del álbum “Exodus”) y de la escena reggae del Reino Unido. Allí se estaba cociendo el lovers rock, una variante más suave del pop-reggae que gozó de gran popularidad en las voces de las cantantes Janet Kaye y Carol Thompson.

“La Norteamérica Negra no nos conocía porque no tuvo la oportunidad de escucharnos. La industria de la música negra ya estaba bien establecida,
y no querían que nos metiésemos por en medio. Era muy difícil que te pinchasen en la radio,
y eso es la base de todo
en ese país. Pensamos que la mejor manera de llegar a los jóvenes negros era tocar en directo, que comprobasen y sintiesen por sí mismos de qué
iba el rollo de Bob.
Pero no funcionó”

(Neville Garrick)

Marley conoció en Londres a Asfa Wossen, el príncipe heredero en el exilio de la desaparecida corona etíope, un descendiente de Haile Selassie. Según Don Taylor, entablaron amistad, y Marley le ofreció 50.000 dólares para que pudiese traer a miembros de la familia real etíope a Londres. Para agradecérselo, el príncipe obsequió a Marley con un ónix y un anillo con un sello de oro que había pertenecido a Haile Selassie. La sortija se convirtió en su posesión más preciada (hay quien sostiene que fue la única pertenencia por la que sintió verdadera estima), y Garrick afirma que para él tenía un significado muy elevado: “El anillo lo elevó espiritualmente. Fue el mejor reconocimiento que podía recibir: ser aceptado por la familia real etíope y que le considerasen un guerrero de la libertad. Cuando le dieron el anillo, se produjo en él un cambio muy claro. Se sentía muy seguro de sí mismo”.

Durante la gira de 1977, el público europeo pudo disfrutar de los solos histriónicos del guitarrista Junior Marvin, un nuevo fichaje rock de Marley que había tocado en las bandas de T-Bone Walker y Stevie Wonder. El estatus ultra-cool de los Wailers quedó demostrado en el aftershow del concierto del 13 de mayo en el Paris Pavillion, al que acudieron, entre otros, Ahmet Ertegun (cofundador del sello Atlantic) y Bianca Jagger. Sin embargo, en París se ocultaba la semilla de la destrucción. Durante un partido de fútbol contra un equipo de periodistas franceses, Marley se lesionó el dedo gordo del pie derecho. La herida no se curó bien, y Marley viajó a Inglaterra para consultar con un especialista del pie: la biopsia reveló que tenía células cancerígenas. Le recomendaron la amputación del dedo, con lo que la gira hubiese podido proseguir en apenas unas semanas. La alternativa era una operación más complicada que hubiese permitido salvar el dedo pero que conllevaba un tiempo de recuperación superior. Asfa Wossen le advirtió que dejándose amputar podía estar cometiendo un pecado. Las sospechas de que su sello discográfico había sobornado al médico para que le recomendase la opción más rápida le llevaron a terminar la gira europea, pero finalmente pospuso el tour norteamericano que tenía planeado. Sin una gira que lo apoyase, “Exodus” tuvo que conformarse con el número 20 de la lista de Estados Unidos. El sueño de Chris Blackwell de llevar un álbum de Bob Marley hasta el número 1 debería esperar.

Marley fue operado en Miami para atajar el cáncer el mes de julio de 1977. Pese a que la intervención en apariencia fue un éxito, la dolencia estaba destinada a reaparecer. Fue un parón muy inoportuno. A pesar del éxito que ya había conseguido, el mayor deseo de Marley era seducir al público negro norteamericano. Hoy en día, la nación negra de Estados Unidos considera a Marley un icono revolucionario, pero, según Neville Garrick, por entonces no le hacían ni caso. “La Norteamérica Negra no nos conocía porque no tuvo la oportunidad de escucharnos. La industria de la música negra ya estaba bien establecida, y no querían que nos metiésemos en medio. Era muy difícil que te pinchasen en la radio, y eso es la base de todo en ese país. Pensamos que la mejor manera de llegar a los jóvenes negros era tocar en directo, que comprobasen y sintiesen por sí mismos de qué iba el rollo de Bob. Pero no funcionó”.

 
BOB MARLEY, El Rey León (y 2ª parte)

Memorable concierto en la Plaza de Toros Monumental de Barcelona, 30/6/1980: un año antes de su muerte.

Foto: Francesc Fàbregas

 

Garrick continúa: “En Norteamérica, el público negro no suele comprar las entradas con anticipación; simplemente se presentan el mismo día del concierto. De forma que lo que ocurría era que las entradas las compraban los jóvenes universitarios y la noche del concierto se habían agotado. En la gira ‘Survival’, la última del grupo en Estados Unidos, en 1979, intentamos solucionarlo reservando una gran cantidad de entradas para poner a la venta la misma noche. De alguna manera estaba empezando a funcionar. Las canciones de ‘Kaya’ y ‘Exodus’ tenían cierto aire de R&B y podían encajar perfectamente en el mercado de Estados Unidos. De hecho, canciones como ‘Turn Your Lights Down Low’ y ‘Exodus’ empezaban a tener repercusión. Creo que si hubiésemos seguido insistiendo, el público negro nos habría aceptado. Lo que en realidad quería Bob era el público”.

En 1979 lo estaban consiguiendo en ciudades como Detroit, Chicago u Oakland. En Nueva York, Bob Marley y los Wailers se apuntaron a tocar cuatro noches seguidas en el Apollo Theatre, en Harlem. Tenía lógica: si el público no venía a él, él iría a buscarlos. En el Apollo habían estado tocando dos semanas seguidas Parliament y Funkadelic, de manera que las octavillas llegaron a las manos adecuadas. Además, contaban con el apoyo de influyentes personalidades radiofónicas como Frankie Crocker. Murray Elias, quien recopiló las series de discos denominadas “Big Blunts: Smokin’ Reggae Hits” y era uno de los fans universitarios blancos más antiguos de Bob, acudió a los cuatro conciertos del Apollo. “Se pensaba que tocar en Harlem sería un acierto. Pero al ponerse a la venta las entradas, quienes hicimos la cola y las acaparamos todas fuimos sus fans de toda la vida, los jóvenes blancos de clase media. Nosotros nunca hubiésemos ido a Harlem, de noche y en 1979, ¡pero era Bob Marley! La gente estaba dispuesta a hacer ese esfuerzo. La primera noche yo estaba en primera fila. Cuando se abrieron las cortinas, Bob se acercó al borde del escenario, pero vio las mismas caras blancas que había visto en todos los conciertos que había dado en Nueva York. Nunca le había visto a Bob un gesto de decepción en la cara, pero por un momento se quedó petrificado”.

“Se pensaba que tocar en Harlem sería un acierto. Pero al ponerse a la venta las entradas, quienes hicimos la cola y las acaparamos todas fuimos sus fans de toda la vida, los jóvenes blancos de clase media. Nosotros nunca hubiésemos ido a Harlem, de noche y en 1979, ¡pero era Bob Marley! La gente estaba dispuesta a hacer ese esfuerzo”
(Murray Elias)

En realidad, lo que significaba Marley en la segunda mitad de los setenta no encajaba en el mercado negro norteamericano. El concepto de sufferation (sufrimiento y penalidades extremas) no casaba con las aspiraciones de los negros norteamericanos, obsesionados con el moving on up (salir adelante y evolucionar). Para ellos, la música tenía que ser exuberante y el estilo tenía que ser fardón. Nunca había estado tan presente como entonces la cultura del consumo, una cultura que se manifestaba en el Philly soul y las películas de blaxploitation. Su ropa tejana hecha de retales y sus dreadlocks le daban a Marley un aire displicente. No era lo que ellos querían.

No conseguir conquistar al público negro fue el primer fracaso importante de Bob Marley. Se debe señalar que en su círculo íntimo nadie tenía experiencia en este sector. Sus músicos norteamericanos, Anderson y Kinsey, venían de un contexto puramente rock. Don Taylor conocía el mundo de la música soul, pero solo el de la era prefunk, que tenía un código de valores completamente distinto del soul de finales de los setenta. Chris Blackwell conocía el público del rock y del reggae primerizo, pero no tenía ni idea de la música soul del momento.

Es imposible saber si las cosas hubiesen cambiado si Marley no hubiese muerto. En 1980 le ofrecieron un contrato multimillonario con Polygram en Nueva York, donde le prometían que accedería al público negro norteamericano. En agosto de aquel año, sintiendo el aliento de la competencia, Blackwell se hizo con los servicios de Danny Sims para ayudarle a dar el empujón definitivo al nuevo álbum de Marley, “Uprising” (Tuff Gong-Island, 1980). Organizaron una campaña para hacerse un hueco en las emisoras de radio negras más importantes de Estados Unidos, y se consiguió una cobertura informativa total. Pero por entonces la enfermedad de Marley ya estaba en fase terminal.

Cuando llegó el final de la etapa imperial de Bob Marley, su música había trascendido y había alcanzado un grado tal de relevancia social que muchos jefes de estado darían un riñón por tener una mínima parte del poder que tenía él. Un suceso de esa época lo ilustra a la perfección. El One Love Peace Concert fue una ocurrencia de Claudie Massop, un señor de la guerra del PLJ, y de Bucky Marshall, un matón de poca monta del PNP. Mientras pasaban el tiempo en una celda de la cárcel, decidieron que era preferible intentar hacerse ricos que seguir peleándose entre ellos. Se necesitaba una tregua. El único que tenía la influencia suficiente para convencer a la gente, tanto en los barrios ricos como en los pobres, era Bob Marley, su vecino de la infancia en el gueto de Trenchtown. En febrero de 1978, Massop y un jefe del PNP más veterano, Tony Welch, se reunieron en Londres con Bob Marley (a través de intermediarios de la secta rastafari Twelve Tribes) para discutir la posibilidad de organizar un concierto al aire libre a favor de la paz. Le convencieron de que su familia estaría a salvo de los pistoleros del PLJ, y Marley accedió a tocar el 22 de abril de aquel año.

 
BOB MARLEY, El Rey León (y 2ª parte)

22 de abril de 1978: Michael Manley y Edward Seaga, un encuentro histórico propiciado por Bob Marley en el “One Love Peace Concert”. Foto: Kate Simon

 

Pero ni el mismísimo Marley podía haber imaginado el espectacular desenlace del concierto. Esa noche en el National Stadium de Kingston, mientras interpretaba la canción “One Love”, Marley invitó a Michael Manley y Edward Seaga a subir al escenario y darse la mano. De mala gana, y flanqueados en todo momento por Marshall y Massop, los políticos rivales se acercaron al micrófono. Entonces Marley cogió sus manos y las unió por encima de su cabeza. Dada la enemistad asesina que enfrentaba a los dos hombres, fue un momento histórico. La fotografía que tomó Kate Simon dio la vuelta al mundo. Bono, el cantante de U2, se ha pasado la vida intentando repetir algo parecido. Kate Simon lo recuerda: “No sé si Bob lo tenía planeado, pero en cualquier caso no se lo había contado a nadie. Era un acontecimiento en el que iban a reunirse dos facciones rivales, y todo el mundo estaba inquieto. Ya quedó claro en la prueba de sonido, pero la tensión subió de tono a medida que avanzaba el concierto. Cuando Marley invitó a Manley y Seaga al escenario, se hizo el silencio y entonces me di cuenta de que la gente estaba empezando a desaparecer. Yo estaba haciendo fotos justo en frente del escenario, y estaba a rebosar hasta que aparecieron Manley y Seaga en escena. Entonces la gente de mi alrededor se esfumó de repente, por si se producía alguna reacción violenta entre el público. Cuando Marley unió las manos de Manley y Seaga, me encontraba completamente sola y me sentí tan transportada por el momento que seguí haciendo fotos como si nada. Después me enteré de que todo el mundo estaba preocupado por si a alguien se le ocurría dispararles”.

“Cuando Marley unió las manos de Manley y Seaga, me encontraba completamente sola y me sentí tan transportada por el momento que seguí haciendo fotos como si nada. Después me enteré de que todo el mundo estaba preocupado por si a alguien se le ocurría dispararles”
(Kate Simon)

Edward Seaga, quien en la actualidad está retirado de la política y se dedica al estudio y a la promoción de la cultura popular jamaicana, recuerda el Peace Concert de esta manera: “Una vez acordada la paz, nos pareció que Bob Marley era el hombre adecuado para apuntalarla, porque considerábamos que Bob y su música eran fuerzas unificadoras. Manley y yo acudimos al concierto porque era una oportunidad única de firmar la paz... No se trataba de puro entretenimiento; era entretenimiento con causa. La música de Bob luchaba por la paz y los derechos humanos, trataba de mejorar a la humanidad. En ese momento, un gesto como aquel solo podía llevarlo a cabo Bob Marley. Nadie más”. Poco después, Marley comentaría jocoso que por qué no se cepilló a los dos líderes políticos ese día que tenía la oportunidad.

La imagen que Marley nos deja, uniendo las manos de Manley y Seaga, es imperecedera. Le resume por completo; dando la cara en una situación en que otros hubiesen tenido miedo, uniendo a dos facciones en guerra y ayudando así a su amado pueblo jamaicano. Poco después empezaron a aparecer imágenes mucho más tristes, las de un Bob Marley consumido por el cáncer. Los dos últimos años de su vida no fueron nada agradables en términos de salud, ni tampoco productivos en términos discográficos.

Es posible imaginar que, de haber sobrevivido, Marley se hubiera centrado en la escena política mundial en detrimento de las salas de conciertos. Podemos imaginar a Marley y Mandela afrontando juntos los problemas de África. Una nueva generación de afroamericanos lo consideraría un icono revolucionario aunque no hubiese tenido la oportunidad de escuchar su música. Se puede imaginar la fuerza que hubiesen reunido Bob Marley y Chuck D, o Bob Marley y KRS-One, o Bob Marley y Afrika Bambaataa.

Con un poco de suerte, la gente le hubiese entendido mejor y hubiese podido aceptar que era un personaje complicado y contradictorio. Era perfeccionista, mujeriego, sabía lo que quería, no toleraba la estupidez, era de fiar... Lo mismo podría decirse de Sting o George Michael. Sin embargo, Marley poseía algo de lo que la mayoría de personas de su estatus adolecen: su sentido de la compasión era desinteresado. Aunque a la hora de cobrar no fuera nada ingenuo, tampoco puede decirse que su motivación fuese el dinero o la vanidad de la fama. Muchas veces se quejaba de esto: “Quieren que me crea lo de ser una estrella, pero yo no voy a caer en la trampa”. Simplemente quería transmitir su mensaje al mayor número de personas posible. Además, sus convicciones permanecieron intactas incluso cuando empezó a amasar una fortuna. “Bob Marley fue el Malcolm X de los años setenta –afirma Danny Sims–, un verdadero revolucionario y un hombre que nunca abandonó a la gente por la que luchaba, a la gente que amaba. Bob Marley nunca cambió a lo largo de su vida. Nunca cambió de actitud o de punto de vista... Ni siquiera cambió de vestuario” .

Kate Simon trabajo con él y fue su amiga, y nunca olvidó el efecto que tenía Marley en la gente a la que él quería llegar con su mensaje: “Era una persona verdaderamente humanitaria. Sabía sacar lo mejor del interior de la gente. Ya fuese a través de la música o a través del contacto directo con él, Marley lograba que la gente se sintiese mejor consigo misma. Este fue su talento, este fue su regalo para el mundo”.

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