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BON IVER, Más números, otras letras

El enigma de Justin Vernon.

Foto: Cameron Wittig & Crystal Quinn

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 355)

BON IVER Más números, otras letras

En 2011, “Bon Iver, Bon Iver”, su segundo LP, convirtió a Justin Vernon en una celebridad. Ganó un Grammy, Kanye West lo invitó al escenario en Coachella, los medios pusieron el foco sobre él, y la necesidad de reencontrarse consigo mismo le condujo a un retiro en Grecia que se saldó con un cuadro de ansiedad. Cinco años después, el camino de salida fue “22, A Million”, un disco tan sorprendente como inesperado. Para hablar de él, publicamos este informe que fue motivo de portada del Rockdelux 355 (noviembre 2016). Eduardo Guillot habló con Sean Carey, estrecho colaborador de Vernon, y Juan Manuel Freire repasó la singladura paralela, extensísima, del hombre que se dio a conocer tras el mítico “disco de la cabaña”. Otra portada de Bon Iver en Rockdelux, aquí.

El dilema es tan viejo como el propio arte. ¿Es preferible mantenerse en la zona de confort o plantearse desafíos cada vez que se afronta un nuevo trabajo? Algunos artistas han pasado a la historia huyendo del conformismo, saltando al vacío sin red incluso sabiendo el riesgo que comporta un golpe mortal. Otros han preferido la comodidad de pisar siempre terreno seguro, especialmente si el público está de su lado, pero también han sido capaces de construir una obra perdurable y con entidad.

Es muy probable que Justin Vernon no se estuviera planteando tales disyuntivas cuando empezó a imaginar cómo sería su tercer álbum, pero “22, A Million” (Jagjaguwar-Popstock!, 2016) lo sitúa definitivamente en la primera categoría, la de los músicos imprevisibles, necesitados de nuevos estímulos para avanzar. “Hasta ahora, trabajaba con una serie de acordes, de los que salía una canción. Y era estupendo, pero con el tiempo me he ido interesando también en otros sonidos. Esta vez buscaba un tipo diferente de chispa. Algo que sintiera como nuevo y emocionante”, declaró el 3 de septiembre, en una rueda de prensa en Eau Claire (Wisconsin), en la que atendió a medios de todo el mundo. “Estar sentado en una habitación charlando con los periodistas durante semanas no funciona conmigo. No sería capaz de escucharme tanto tiempo hablando de mis composiciones. Están pasando demasiadas cosas en el mundo, y solo son canciones. ¿Por qué hablar tanto de ellas?”.

“Hasta ahora, trabajaba con una serie de acordes, de los que salía una canción. Y era estupendo, pero con el tiempo me he ido interesando también en otros sonidos. Esta vez buscaba un tipo diferente de chispa. Algo que sintiera como nuevo y emocionante” (Justin Vernon)

La respuesta es sencilla: porque Bon Iver ha publicado un disco inagotable, lleno de enigmas, susceptible de múltiples interpretaciones, que marca un fascinante giro en su carrera. Y porque el álbum es consecuencia de un período de fama mundial digerida con dificultad, en el que tras colaborar con Kanye West o James Blake optó por apartarse del foco mediático y encontrarse a sí mismo en un viaje a Grecia que no tuvo los efectos deseados y derivó en una serie de ataques de pánico. Hasta que, un día, pensó: “Esto acabará pronto”. “It might be over soon”, la frase con que comienza “22, A Million”, el detonante conceptual de una obra mayúscula, que supone un paso adelante en un trayecto que se inició con la desarmante desnudez de “For Emma, Forever Ago” (autoeditado en 2007; Jagjaguwar-4AD, 2008), se abigarró de manera emocionante con “Bon Iver, Bon Iver” (Jagjaguwar, 2011) y ahora indaga en la deconstrucción, el glitch, el sample y el collage sintético a través de una abrumadora colisión entre folk, góspel, R&B y electrónica.

Resulta lícito, por supuesto, que Vernon no desee pasarse meses en hoteles respondiendo a los periodistas. Nick Cave tampoco se sintió predispuesto a explicar su aflicción a un puñado de desconocidos y prefirió rodar la película “One More Time With Feeling” (Andrew Dominik, 2016). La solución intermedia con Bon Iver ha sido poner al alcance de los medios a Sean Carey, que ya participó activamente en el anterior álbum (batería, vibráfono, voces), y esta vez se ha encargado de percusión y sintetizador, canta en “29 #Strafford APTS” y firma junto con Vernon “21 M♢♢N WATER”, aunque no deja de ser un intermediario. “Trato de hacerlo lo mejor que sé, pero es evidente que nunca podré ofrecer la perspectiva de Justin, sino explicar lo que he visto y vivido desde la mía propia”, asume. “Mi papel en el proceso de creación del disco ha sido esporádico: iba unos cuantos días para hacer esto o lo otro, tocando, improvisando, escuchando, ayudando de cualquier manera posible”.

 
 

Su desempeño de labores promocionales, así como la intervención de otros músicos (Michael Lewis, BJ Burton, Ben Lester, Ryan Olson, el propio Carey) en la creación de las canciones de “22, A Million”, podrían hacer pensar que Bon Iver está más cerca que nunca de ser una banda al uso. “Continúa siendo el proyecto de Justin. Él permanece al timón del barco e invita a gente diferente a lo largo del trayecto para que suba a bordo”, aclara. “Esta vez, el proceso de composición ha sido distinto. Las canciones han surgido, mayoritariamente, de improvisaciones. Muy a menudo, eran ‘jam sessions’ sin dirección previa, solo para ver qué podía salir de ellas. Después de cientos de ‘jams’, unas cuantas llamaron la atención de Justin y se convirtieron en canciones. Su papel fue crearlas a partir de esas sesiones: algunas veces surgían de manera natural y otras fueron laboriosamente difíciles. Aparecen otras personas firmando en los créditos porque, en cada caso, fueron especialmente importantes en esa ‘jam’ específica. Quizá fue el responsable de dar el ímpetu definitivo al tema, o quien definió los acordes o el ritmo”.

“Se trata de una exploración semiótica, en función del significado de cada uno de los símbolos. Y sí, también hay ciertas conexiones espirituales. Justin no es una persona especialmente creyente, pero es un tema que al mismo tiempo le fascina. El 22 es su número de la suerte. Siempre lo elige cuando juega a la ruleta... Hay un montón de pequeños descubrimientos así a lo largo del disco. Todo tiene un significado, nada es una coincidencia. Hay una profundidad en el diseño, las letras, los títulos (Sean Carey)

De algún modo, es un disco producto del estudio de grabación, y no del local de ensayo. Como si la labor de producción hubiera cruzado una frontera y se hubiera incorporado al proceso de composición. “Ha sido el álbum más duro de terminar para Justin. Creo que al principio no sabía lo que deseaba que fuera y que, con el paso del tiempo, ha ido imaginando lo que necesitaba para que llegara a ser lo que es. El reto era conseguir ese objetivo. La palabra frontera lo define bien. Hay, desde luego, algo ‘desconocido’ en el disco, tanto a nivel musical como lírico. Y la producción se convirtió en un elemento muy importante, ha adquirido un carácter más personal que en los trabajos anteriores”.

Entre otras cosas, por la utilización de un piano vertical conectado a varios pedales y engranajes que permitió crear el singular efecto de “00000 Million”, el tema que cierra el disco. Además, algunas voces están filtradas a través del Messina, un instrumento inventado por Vernon y el ingeniero de sonido Chris Messina a partir de software modificado. “Justin es muy bueno procesando la voz, ya sea de forma natural o mediante la tecnología. Puede usarla de muchas maneras diferentes: falsete, muy baja, gritando, en capas... En el disco hemos usado el Auto-Tune, pero también ese efecto armonizador que proporciona el Messina. Todo está ahí, creando diferentes estratos”.

El frondoso sonido del disco es solo uno de sus muchos atractivos. Si en “Bon Iver, Bon Iver” cada canción hacía referencia a un lugar, esta vez todos los títulos contienen cifras. Signos, sincronías, números (como el 8, compuesto por dos círculos y al tiempo relacionado con el infinito) que añaden una dimensión mística a las canciones. “Se trata de una exploración semiótica, en función del significado de cada uno de los símbolos. Y sí, también hay ciertas conexiones espirituales. Justin no es una persona especialmente creyente, pero es un tema que al mismo tiempo le fascina. El 22 es su número de la suerte. Siempre lo elige cuando juega a la ruleta”. El oyente puede sumergirse en el sinfín de claves que proporcionan las canciones, los textos y el diseño. El vídeo de “33 “GOD””, por ejemplo, contiene una cita de los Salmos, hace referencia a la edad de Cristo y, además, dura 3’33” minutos. Difícil pensar que se trata de una casualidad. “Hay un montón de pequeños descubrimientos así a lo largo del disco. Todo tiene un significado, nada es una coincidencia. Hay una profundidad en el diseño, las letras, los títulos”. Un álbum concebido como obra total, que también establece conexiones con el pasado más reciente de Bon Iver: “715 - CRΣΣKS” no se entendería sin la existencia previa de “Fall Creek Boys Choir” (2011), la colaboración de Vernon con James Blake. “715 es el número del código telefónico del norte de Wisconsin. Estamos orgullosos del lugar de donde venimos y donde vivimos, así que se trata de una canción sobre los orígenes”, dice Carey, echando balones fuera. Cuando este texto vea la luz, ya estará de gira con la banda. “Seremos cinco personas, y algunas veces llevaremos saxo, ya que tiene un notable protagonismo en una parte del disco. Hay muchas canciones antiguas que ni siquiera hemos ensayado todavía, así que ya veremos cómo funcionan. De un modo u otro, tendremos que reinventarlas”. Reinvención, una palabra que podría definir por sí sola cada paso en la ejemplar evolución de Bon Iver. Eduardo Guillot

 

Trabajólico Vernon

Entre disco y disco de Bon Iver puede pasar cierto tiempo, pero el hombre detrás del proyecto es incapaz de quedarse quieto: un vistazo ligero a su currículo sirve para catalogarle de trabajólico y, de paso, maravillarse por su voluntad de abarcar todos los géneros. Aquí, un resumen de trayecto.

 
BON IVER, Más números, otras letras
 

Las colaboraciones de Justin: antes y después de la cabaña. Foto: Cameron Wittig & Crystal Quinn

 

 

Los haters de Bon Iver, que los tiene, dibujan una imagen de Justin Vernon como un mero tipo plañidero con guitarra. Es un dibujo que no encierra los matices sonoros de “For Emma, Forever Ago” ni mucho menos el curso posterior de Bon Iver, de nuevas texturas e ímpetus en “Bon Iver, Bon Iver” y decididamente arriesgado en “22, A Million”.

Además, Vernon ha demostrado a lo largo de su carrera un afán constante de moverse en múltiples direcciones a la vez. Cuando no trabaja en Bon Iver se involucra en proyectos casi infinitos, ya sea en funciones creativas o como colaborador/productor/remezclador. Su hambre de nuevas aventuras en alta o baja fidelidad no tiene límites.


Antes del buen invierno

Previamente a la revelación de “For Emma, Forever Ago”, ya había mucho material de Vernon al que hincar el diente, aunque apenas vio la luz –y de forma subterránea– hasta que el músico alcanzó el éxito verdadero. Bon Iver no empieza en Bon Iver, sino que antes existió, por ejemplo, una banda de instituto llamada Mount Vernon con la que grabó un par de discos: “We Can Look Up” (1998) y “All Of Us Free” (2000).

Mentiríamos si dijéramos que en esta música ya se observa claramente el germen de Bon Iver. Hay influencias ska y reggae, dejes vocales a lo Counting Crows y un optimismo seguramente propio de la edad. “It’s alright, it’s OK”, canta Vernon en la semi-rap, semi-funk “Morning” del segundo álbum. No está tan bien la cosa. La promesa parecía más seria en su primer disco como J. D. Vernon: “Home Is” (2001), claramente bajo la influencia del Springsteen de “Nebraska” (1982), y, dato importante para amantes del gossip, con un tema (“Leave It Alone”) cantado a medias por Vernon y su novia de entonces, Sara Emma Jensen. Emma, esa misma Emma.

Tres años después apareció el debut homónimo de DeYarmond Edison, banda roots rock formada con excolegas de Mount Vernon: Phil Cook, Brad Cook y Joe Westerlund, quienes luego serían Megafaun. “DeYarmond Edison” (2004) cuenta con voces sentidas, pero el falsete característico no llega hasta “Heroin(e)”, uno de los mejores temas de “Silent Signs” (2005); en cualquier caso, el enlace más directo con el primer Bon Iver es, reconocido por el propio artista, “Ragstock”, por su sonido cercano y quieto.

Aunque amante del trabajo en equipo, como demostraría en el futuro, Vernon sintió la necesidad de componer solo para sí mismo, y grabó como Justin Vernon un par de discos poco publicitados, “Self Record” (2005) y “Hazeltons” (2006), merecedores de una buena escucha; sobre todo el segundo, verdadero proto Bon Iver. 


Tras el invierno llega la primavera

Conseguida la catarsis y curadas, o casi, las heridas con aquel primer disco de su proyecto más amado, Vernon quiso embarcarse en una peripecia con menor equipaje emocional. The Shouting Matches, proyecto con Brian Moen (Peter Wolf Crier) y Phil Cook, huele a divertimento blues-rock sin grandes aspiraciones de futuro. Solo grabaron un EP en el 2008 (“Mouthoil”) y un álbum cinco años después (“Grownass Man”, con “I’ll Be True” como tema más Bon Iver).

Volcano Choir, con gente del grupo post-rock Collection Of Colonies Of Bees, era un proyecto bastante más valioso, heredero del art rock minimalista de Talk Talk. Su primer disco, el reivindicable “Unmap” (2009), incluía una reelaboración de “Woods” titulada “Still”, superior al original. A la altura de “Repave” (2013) habían girado hacia una versión arena rock de sí mismos, una épica no exenta de delicadeza. Su miembro Thomas Wincek lidera el proyecto prog-pop All Tiny Creatures, cuya mejor canción (“An Iris”, del disco “Harbors” de 2011) cuenta con la voz de Vernon.

En esta misma época vimos al artista seguir a todas partes a Ryan Olson, mente maestra detrás de Poliça: se sumó a su proyecto soft-rock Gayngs, quienes han versionado a Godley & Creme y The Alan Parsons Project sin rubor, y después a Marijuana Death-squads a la altura del maravilloso cruce de electrónica, punk y avant noise “Oh My Sexy Lord” (2013). Al año siguiente apareció el único disco (“De Oro”) de Jason Feathers, curioso proyecto rap-rock de Vernon con Astronautalis.


Invitado de todos

Entre 2010 y hoy mismo, Vernon no ha debido pasar un día sin hacer música, propia o ajena, producida por él mismo (en sus reputados estudios April Base de Eau Claire) o por gente estelar.

Kanye West sampleó su “Woods” para “Lost In The World” e invitó al músico a participar en cortes de “My Beautiful Dark Twisted Fantasy” (2010) y “Yeezus” (2013). El rapero/productor le ha dedicado el mejor piropo: “Amo a Justin como Kanye ama a Kanye”.

Los completistas del hombre favorito de ‘Ye tienen que hacerse también con la ópera folk “Hadestown” de Anaïs Mitchell (2010), en la que Vernon hace de Orfeo; el EP “Enough Thunder” (2011) y el álbum “The Colour In Anything” (2016) de James Blake, con brillantes colaboraciones, o el “New History Warfare Vol. 3: To See More Light” de Colin Stetson (2013), con varios temas cantados por Vernon. O perseguir sus temas originales para bandas sonoras. O sus producciones para Land Of Talk, Kathleen Edwards, The Rosebuds, Aero Flynn, The Staves... O sus remezclas de Pieta Brown, Bryce Dessner... Suerte. Juan Manuel Freire

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