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BON IVER, Una buena historia

Justin Vernon en el foco mediático. Foto: D. L. Anderson

 
 

PORTADA ROCKDELUX (RDL 298)

BON IVER Una buena historia

Tras la revelación de “For Emma, Forever Ago”, el estadounidense Justin Vernon cambió las reglas de un juego que él mismo creó para hacer frente, mediante el arte, a unas circunstancias que lo asolaban. Entremedias, una colaboración sonada con Kanye West que, más que ser un espejismo, anticipó el ambicioso caleidoscopio sonoro al que dio forma en un segundo álbum titulado, simplemente, “Bon Iver, Bon Iver” (2011). En este brillante artículo que fue motivo de portada en el Rockdelux 298 (septiembre 2011), David Saavedra trazó el guion de una historia más grande que la vida, la que está disfrutando el nuevo Justin Vernon tras el éxito inesperado de su indie folk de reclinatorio. Otra portada de Bon Iver en Rockdelux, aquí.

Justin Vernon estaba solo. Sin banda. Sin sonido. Sin reglas. Sin nadie a quien tuviese que decirle nada. En aquella cabaña en un bosque de Wisconsin se dejó abducir por unos DVDs con la teleserie “Doctor en Alaska”. En uno de los capítulos, los habitantes del pequeño pueblo de Cicely celebraban la primera nevada del año saliendo a la plaza principal. En el ritual se abrazaban, se besaban y se deseaban todos un buen invierno. Esa fue la epifanía. Justin no pensaba hacer música durante aquel exilio voluntario pero le fue brotando inevitablemente. Su nuevo proyecto se llamaría –traducido de un modo  peculiar del francés– así: Buen Invierno. Bon Iver.


COSAS QUE SE ROMPEN

Justin Vernon opina que el mundo necesita una gran revolución de amor. Un acontecimiento masivo en el que la gente exprese de forma más natural sus sentimientos. Suena a cantinela hippy, sí, pero sus discos vienen a hacer creíbles sus palabras.


Y aquí volvemos a aquel invierno definitivo que, en realidad, comenzó en verano de 2006. Justin Vernon era un hombre roto. Por todas partes. Acababa de disolver su grupo, DeYarmond Edison, una formación de folk-rock creada junto a varios amigos de su localidad, Eau Claire (Wisconsin). Llevaban en activo desde 2002 y habían editado dos álbumes. Él se sentía frustrado y no sabía por qué. Estaba totalmente perdido, mientras que sus compañeros de grupo se encontraban realmente seguros de la música que querían hacer. La insatisfacción de Justin provocó que ellos se mostrasen insatisfechos con esa insatisfacción. Justin decidió dejarlo, y el resto de miembros restantes, Brad y Phil Cook y Joe Westerlund, formaron Megafaun.

La otra ruptura, aún más importante, fue con su novia, con quien convivía en Raleigh (Carolina del Norte). Y hubo otra tercera, con su salud, al sufrir una mononucleosis que tardó en curar más de lo esperado. Justin Vernon necesitaba comenzar desde cero, y decidió hacerlo en un lugar frío después de pasar un tiempo viviendo en casa de su amigo Kelly Crisp, del grupo The Rosebuds, a quien había ayudado a grabar su álbum “Night Of The Furies” (2007). Meses después, le envió una carta de agradecimiento. En la firma, junto a su nombre, ponía “Buen invierno”.


AISLAMIENTO

Durante tres meses, Justin Vernon se aisló del mundo en una cabaña perteneciente a su padre y, sin pretenderlo, se puso a cantar en falsete, a descubrir una nueva voz en él, a improvisar composiciones con la guitarra, y le salió un disco. La Emma de “For Emma, Forever Ago” (Jagjaguwar-4AD, 2008; existe una autoedición de 2007 con otra portada) no es la chica que le acababa de dar puerta. En realidad, no existe del todo. Sin haberlo dejado nunca muy claro, podría ser una amiga imaginaria con la que conversa. “Ese álbum no era sobre una mujer –confesó recientemente–, sino sobre seis años de antiguas relaciones y de dolor que continuó creciendo. Ninguna de ellas se llamaba Emma”. Pero las historias de ruptura emocional, decisiones drásticas, exorcismos de sentimientos y redención tienen algo de irresistible. Luego volveremos a ello.

 
BON IVER, Una buena historia

Adiós al invierno.

Foto: D. L. Anderson

 

EL MUNDO ABRAZA LA CATARSIS DEL HOMBRE AISLADO

Justin Vernon definió su primer álbum como la experiencia más catártica de toda su vida. Lo grabó a los 26 años e, inicialmente, lo autoeditó en CD-R. Meses después, decidió hacerlo el sello Jagjaguwar. La crítica se abrió de brazos y piernas. Estaba naciendo un nuevo ídolo en un entorno indie vorazmente necesitado de ellos.

Lo pudimos comprobar el 31 de mayo de 2008 en el Primavera Sound, en el Auditori del Fòrum, a la hora del café, en el que ha sido hasta ahora su único concierto en España. Con un formato trío íntimo (acompañado de un batería y un segundo guitarra), Bon Iver sedujo sentado y comunicó con una elegante calidez esa idea del abrazo invernal. Le gusta decir que no quiere ser el tipo aburrido con la guitarra acústica que canta canciones para que los demás escuchen, que quiere ir más allá. Que la gente se implique y las cante porque se necesita una especie de confrontación interior colectiva. Lo consiguió en la interpretación de “The Wolves”, cuando el público coreó con él suavemente el mantra final: “What might have been lost”.

“For Emma, Forever Ago” ha vendido más de trescientas mil copias en todo el mundo. En el Rockdelux 278 fue elegido el número 51 en la lista de mejores álbumes internacionales de la década de 2000.


LOS AÑOS DE EN MEDIO

“Ese álbum no era sobre una mujer, sino sobre seis años de antiguas relaciones y de dolor que continuó creciendo. Ninguna de ellas se llamaba Emma”
(Justin Vernon)


Podía ser lógico el escepticismo. Un álbum aislado, alumbrado en unas circunstancias muy concretas, que tenía todas las cartas para quedarse simplemente en eso. Pero ya en sus conciertos y sus declaraciones de 2008 se intuía, pese a la imagen de humildad subyacente, una ambición: Justin Vernon en realidad acababa de reinventar un papel en la música que había iniciado tímidamente una década atrás. No era un accidente, era el comienzo de algo que tenía que volverse más grande.

Se le llenó la boca hablando de su voluntad de componer bandas sonoras, aunque solo lo consiguió en una pequeña medida: acabaría haciendo un tema junto a St. Vincent (“Roslyn”) para la película “Luna nueva”, de la saga “Crepúsculo” (Chris Weitz, 2009). En realidad, se convirtió en una figura omnipresente dispuesta a colaborar por doquier. Cedió un tema nuevo, “Brackett, WI” –ya se anticipaba a sus títulos con nombres de lugares– para el recopilatorio benéfico “Dark Was The Night” (2009) y participó en el homenaje “Broken Hearts & Dirty Windows. Songs Of John Prine” (2010). Su nombre también aparece en los créditos de los álbumes editados en la época por Anais Mitchell, All Tiny Creatures y Lia Ices, además del debut de su inseparable batería y teclista, Sean Carey, y del “High Violet”, de The National (2010). Se involucró con fuerza en los grupos paralelos Volcano Choir (en realidad, creado originalmente en 2005, pero que no vio la luz hasta 2009 con “Unmap”) y Gayngs (editando “Relayted” en 2010, donde se reencontraba con sus ex compañeros de DeYarmond Edison, junto a otros músicos de su entorno, como The Rosebuds).

Pero su verdadero potencial futuro aparecería en “Blood Bank”, su EP intermedio editado en enero de 2009. El tema titular era un descarte del primer álbum. La portada se veía cubierta de nieve, pero sus cuatro temas marcaban un cambio de estación: parecía que se aproximaba la primavera. En una metáfora que a Vernon le encanta utilizar, del blanco y negro estaba pasando al color. Y no solo eso: el tema final es la clave, “Woods”, donde su voz es transformada por el Auto-Tune en un recurso que, para un tipo como él, proveniente de la escena folk-rock, se podría considerar un sacrilegio. Pero el Auto-Tune, casi tanto como la cabaña aquella de Wisconsin, iba a volver a cambiar su vida.

 
BON IVER, Una buena historia

Rockdelux 298 (Septiembre 2011)
Foto: D. L. Anderson
Diseño: Nacho Antolín

 

FANTASÍAS RETORCIDAS (Y BRILLANTES)

Aquí es cuando entra en escena Kanye West. El rapero sabía que tenía entre manos el disco de su vida, y quería que Bon Iver estuviese presente. Le gustaba Bon Iver. En un principio, estuvo dispuesto a volar a Wisconsin para trabajar con él. Luego cambió de idea: en Wisconsin, opinaba Kanye, hacía un frío de cojones. ¿Por qué no se bajaba él a Honolulu, Hawái, donde iba a comenzar las primeras sesiones de “My Dark Twisted Fantasy” en las navidades de 2009? El hombre del Buen Invierno aceptó y, de repente, se encontró alternando en el estudio con figuras como West, Jay-Z o Nicki Minaj. Para Vernon, a quien le gusta vivir tranquilamente en Eau Claire (que tiene poco más de sesenta mil habitantes) y que, con su barba y su camisa de cuadros, parece abonado a una idea de la humildad y la autenticidad poco dada a los aspavientos, debió ser un choque frontal el encontrarse trabajando en armonía y colegueo con los mayores egos del planeta pop. De hecho, ellos intentaron convencerle de que tanta modestia no molaba. No lo consiguieron del todo, pero en el rutilante concierto de Kanye en la última edición del festival de Coachella, Justin apareció cantando de pie en una plataforma, vestido completamente de blanco, mientras decenas de bailarinas secundaban al rapero en el escenario.

“A Kathleen simplemente por existir, simplemente por quererme y por traerme la mayor paz que he sentido en mi vida”
(Justin Vernon)

Kanye decidió samplear la voz autotuneada de “Woods” en “Lost In The World”, la que considera pieza central en el argumento de “My Dark Twisted Fantasy” (recordemos, mejor álbum de 2010 en el Rockdelux 291). Además, Justin aparece acreditado como coautor y Bon Iver como featuring, en uno de los grandes hits del álbum, “Monster”. Nuestro antihéroe acababa de entrar por la puerta grande en la actual aristocracia pop. Y no solo eso. Hay quien atribuye a las lecciones de seductor de West el hecho de que Justin Vernon consiguiese robarle el corazón a una de sus figuras musicales más admiradas. Él estaba obsesionado con la cantautora canadiense Kathleen Edwards, cuyo álbum “Failer” (2003), dice, fue fundamental en su vida. Actualmente es su pareja, y él está produciendo su próximo trabajo. En el segundo largo de Bon Iver, reserva estas palabras para ella en las notas de agradecimiento: “A Kathleen simplemente por existir, simplemente por quererme y por traerme la mayor paz que he sentido en mi vida”. Las noticias más recientes también hacen referencia a una posible reconciliación de DeYarmond Edison para grabar material nuevo. El círculo se ha cerrado. Ha vuelto el verano.

 
COLORES ADULTOS

En 2010, Peter Gabriel editó “Scratch My Back”, un álbum de versiones en el que, acompañado de una orquesta sinfónica, interpretaba algunos de los temas, pasados o recientes, que más le habían marcado. Entre ellos se encontraba “Flume”, de Bon Iver. Dentro del proyecto, el británico invitó a todos los versionados a que hiciesen lo propio con un tema de su repertorio. Vernon le correspondió grabando “Come Talk To Me”. Probablemente, la del ex Genesis sea la influencia más visible (y también reconocida) en “Bon Iver, Bon Iver” (Jagjaguwar-4AD-¡Pop Stock!, 2011), un ambicioso segundo álbum en el que la paleta de colores y sonoridades, en un claro ejercicio de hórror vacui, se ha sofisticado tanto como la hermosa portada hecha expresamente para el disco por el pintor Gregory Euclide.

No suele ser habitual hablar de influencias externas de otros músicos en una obra anteriormente tan marcada por el aislamiento como la de Bon Iver. Él confiesa que, evidentemente, las tiene, pero prefiere centrarse en el contexto emocional, en la búsqueda de esa cualidad. No se trata de categorizar referencias y juntarlas de un modo que sea interesante. Y, sin embargo, ahora las pone de manifiesto con más claridad que nunca. En la cara B de su primer single, “Calgary”, incluye dos versiones de Bonnie Raitt (“I Can’t Make You Love Me” y “Nick Of Time”), a la que considera la más grande cantante norteamericana y la más infravalorada guitarrista. Este papel de reivindicación de figuras del rock adulto se completa con constantes citas a Bruce Hornsby o Leon Russell (a quien está versionando en algunos directos, además de a la Raitt). Vernon, que acaba de cumplir 30 años, parece haber asumido ahora un papel de reivindicar a sus mayores de un modo, además, que se puede considerar casi provocador dentro de la escena que lo ha aupado hacia el estrellato. Su posición ya se lo permite.

Clip de “Calgary”, primer single de “Bon Iver, Bon Iver” (2011), dirigido por Andre Durand y Dan Huiting.

UN NUEVO ESCENARIO

Entre “For Emma, Forever Ago” y “Bon Iver, Bon Iver” ha cambiado prácticamente todo: el entorno, la esencia, incluso diría que las intenciones. La recurrente historia iniciática se ha trocado ahora en un ambiente de normalidad casi familiar. Justin se ha dedicado en los últimos años a construir junto a su hermano un estudio en Eau Claire (llamado April Base) en lo que era la piscina interior de una antigua clínica veterinaria. Ahí ya grabó los discos de Volcano Choir y Gayngs, y quiere darle un uso intensivo produciendo a bandas.

El proceso de elaboración de este segundo álbum comenzó ya en 2008. Una de las primeras necesidades que percibió fue la de cambiar su voz. No la voz con la que canta (el falsete, de hecho, es más marcado, más “lo amas o lo odias”), sino su papel al mando del proyecto. Todos seguimos pensando que Justin Vernon es Bon Iver, pero él quiso entregar esta vez su disco a una colectividad de músicos e incluso permitir que ellos cambiasen toda la escenografía sonora. Su banda en directo la forman ahora nueve personas, prácticamente las mismas que han intervenido en el álbum, entre las que destaca el saxofonista Colin Stetson (colaborador de TV On The Radio y Arcade Fire, entre otros).


UN NUEVO MÉTODO

En diferentes entrevistas, el de Wisconsin ha sugerido la aparición de una cierta crisis creativa como acicate para su cambio de método. La famosa teoría de la felicidad como asesina de la inspiración. Sintió que ya no tenía la necesidad de decir nada, pero eso le otorgó una nueva libertad que no había tenido antes. Ya no le encontraba sentido a componer con su guitarra, ni siquiera como en la etapa de DeYarmond Edison, en la que se inspiraba en Bruce Springsteen y Neil Young. Ya no había canciones ocultas tras los acordes de guitarra. Lo había perdido. Aquello, como fuera que se llamara.

“Sé por qué la gente tuvo esa reacción con respecto a la historia que rodeaba el primer álbum. Es un gran relato, una metáfora en la que queremos creer. Te sucede algo malo, huyes hacia algún lugar remoto y regresas con tu vida cambiada”
(Justin Vernon)

Se encerró en el estudio, jugó con las guitarras eléctricas, los amplificadores y los micrófonos hasta que los sonidos empezaron a cantarle las canciones que él quería oír. Todo fue tomando forma así, paulatinamente, en capas, construyendo ambientes. Un triunfo para Vernon, que rompió de esa manera con la inevitable presión que le había caído tras el éxito de su debut: no necesitaba volver a estar triste y solo para componer. No necesitaba repetirse. Tenía el tiempo y el espacio para hacer el álbum que siempre quiso hacer. Se sentía feliz y todo salió como deseaba. Disfrutó mucho más el proceso. Y, encima, a nivel de críticas y ventas, los resultados han sido incluso más positivos. 104.000 copias despachadas en una semana. Número 2 en ventas en Estados Unidos, número 4 en Reino Unido, número 1 en Noruega y Dinamarca. Una media de 8.6 en las puntuaciones de la web Metacritic.


UN NUEVO MISTERIO

En cuanto a concepto, el segundo álbum aporta un nivel diferente de misterio. Titula cada canción con el nombre de un lugar, pero son localizaciones imaginadas, no reales. Si el argumento de “For Emma, Forever Ago” giraba en torno a una sucesión de hechos, la de “Bon Iver, Bon Iver” es una narrativa de lugares mentales o emocionales en los que se ambientan canciones de significado abierto.

Dos pistas lanzadas por él: “Perth”, el primer tema que compuso para el álbum, se le ocurrió tras compartir cierto tiempo con un realizador de videoclips cuyo mejor amigo acababa de morir. Su mejor amigo era el actor Heath Ledger y provenía de la ciudad australiana de Perth. Para Vernon, Perth se convirtió en un símbolo de aislamiento que además rimaba con “birth” (nacimiento), el comienzo de un nuevo álbum.

Otro tema, “Calgary”, gira en torno a lo desconocido, a lo futuro y a dejar que el amor entre en tu vida. Como una canción de boda para alguien a quien aún no has conocido. Como la premonición de que, tras toda la mierda sentimental pasada, iba a conocer de nuevo a alguien especial. Calgary, ciudad canadiense, se le apareció como un lugar alegórico. Y, como una profecía autocumplida, poco después de terminar la canción, conoció a la canadiense Kathleen Edwards y el amor surgió.


PUBLICA LA LEYENDA

Hace unos meses, Vernon declaraba a ‘The Scotsman’: “Sé por qué la gente tuvo esa reacción con respecto a la historia que rodeaba el primer álbum. Es un gran relato, una metáfora en la que queremos creer. Te sucede algo malo, huyes hacia algún lugar remoto y regresas con tu vida cambiada”. Feliz invierno a todos.

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