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BRIAN WILSON, Ese viejo y afortunado sol brilla como un chaval

Expuesto al sol de la eterna California. Foto: James Minchin III

 
 

ARTÍCULO (2008)

BRIAN WILSON Ese viejo y afortunado sol brilla como un chaval

En este artículo de Nando Cruz (con ilustración de Joaquín Reyes) se analizan las propiedades curativas de la música en la vida y obra de Brian Wilson, el hombre que puso a los Beach Boys en lo más alto de la cima del mundo y pagó por ello con su salud mental... Pero siempre existen segundas oportunidades. Aquí está la muestra palpable. Completar, por fin, el proyecto inacabado de “SMiLE” (2004) de los Beach Boys fue la clave para ahuyentar los fantasmas del pasado de un Brian Wilson perdido en sus sueños. Después de eso ya pudo sentarse en paz a pensar en el futuro. Y así llegó un disco estúpidamente feliz y profundamente melancólico que evocaba la California de su juventud: “That Lucky Old Sun” (2008), el escáner más preciso del estado de su quebradizo corazón. Fue un peldaño más en el lento y redentor camino de ida y vuelta de un genio llamado Brian Wilson, una prueba más de su recuperación personal en una década rebosante de trabajo.

En junio de 1984 Brian Wilson estaba perdido en las montañas de Colorado. Era de madrugada y tenía una ruta que recorrer. Días antes había aprendido a orientarse, encender fuego y escalar montañas junto a un grupo de excursionistas tan mentalmente inestables como él. Pero esa noche afrontaba solo el tramo final del programa ‘Outward Bound’, prescrito por su psiquiatra Eugene Landy para que aprendiera a valerse por sí mismo.

El hombre que perdió la razón en 1966 aún tardaría dos décadas más en sentir “una explosión de creatividad”. No sería hasta 2006, y la primera consecuencia fue “Forever She’ll Be My Surfer Girl”, una canción dedicada a su esposa que recuperaba la frescura adolescente de los Beach Boys. El resto es “That Lucky Old Sun” (Capitol-EMI, 2008). En el lecho de su hawaiana muerte (acaecida el 22 de marzo de 2006), el doctor Landy quizás aún insistía en que todo lo bueno que ha hecho Wilson se debe al tratamiento que le impuso de 1982 a 1991, cuando el músico era un despojo humano en sus garras. David Leaf, periodista musical y amigo íntimo, opina de otro modo: “Una de las mejores cosas que le han pasado a Brian desde que empezó a salir de gira en 1999 es que ha comenzado a asociar su antigua música con emociones positivas y distintas a las originales”, explicaba en 2004.

“Una de las mejores cosas que le han pasado a Brian desde que empezó a salir de gira en 1999 es que ha comenzado a asociar su antigua música con emociones positivas y distintas a las originales”
(David Leaf)

Cuesta agradecer la labor de Landy. No solo porque sus intromisiones anularon lo que pudo ser un memorable disco de regreso, “Brian Wilson” (Sire, 1988), sino porque, cuatro años después de que la Corte de Santa Mónica lo apartase de Brian, este aún sonaba agrietado en “I Just Wasn’t Made For These Times” (MCA, 1995), y ni en el edulcorado “Imagination” (Giant, 1998) Brian supo tomar las riendas. Y, bueno, porque tampoco puede decirse que el actor Richard Harris, otro de sus pacientes, quedase como nuevo. Ni sus más arriesgadas terapias podían asegurar que Brian Wilson llegaría donde está hoy. En los últimos diez años, cada avance ha sido una sorpresa mayúscula.

En 1999 Brian había perdido a su padre (en 1973), a su hermano Dennis (en 1983), a su madre (en 1997) y a su otro hermano, Carl, hacía unos meses. Pero llevaba cuatro años casado con Melinda Ledbetter, se había vuelto a instalar en Los Ángeles y, lo más importante, había decidido emprender su primera gira como solista. El 9 de marzo cantó veintisiete títulos en un pequeño teatro de Michigan. Lo respaldaba esa cariñosa armada de sanchopanzas del surf-pop que son The Wondermints. Iba tan en serio que al cabo de un año grabó el concierto de Los Ángeles, comercializado desde su propio sello como “Live At The Roxy Theatre” (Brimel, 2000), y anunció otra gira para interpretar, íntegro y con orquesta, el seminal “Pet Sounds” (Capitol, 1966) de los Beach Boys.

Yo, lo siento, pero incluso arrastrado por la comprensible euforia que supuso ver a Brian Wilson en 2002 reconstruyendo tan conmovedor álbum, no podía dejar de pensar que en Londres estuve contemplando a un señor de 59 años mientras recordaba que a los 24 fue un genio. Con la mirada fija en las letras que le dictaban dos pantallas de ordenador instaladas sobre el teclado, se veía a Brian agarrotado y quebradizo, aterrorizado por la posibilidad de equivocarse y ser abucheado. Paciencia: la música estaba haciendo su trabajo, filtrándose en su mente y solidificando su astillado subconsciente.

Un día, refiriéndose a su banda, Brian afirmó: “Si hubiese tenido a estos chicos en 1967, podría haber llevado ‘SMiLE’ de gira”. ¡Lo que dijo! También había declarado que le apetecía grabar un disco de rock’n’roll, pero eso podía esperar. Completar “SMiLE” (Nonesuch, 2004) era el paso lógico tras representar “Pet Sounds”, pero también era dirigirlo hacia ese desfiladero que nadie se atreve a cruzar. Melinda lo veía como “un buen modo de ahuyentar sus demonios del pasado”. Y entre ella y sus mánagers convencieron a Brian.

 
BRIAN WILSON, Ese viejo y afortunado sol brilla como un chaval

Ilustración: Joaquín Reyes

 

Todos asumían que le resultaría beneficioso superar aquel disco. Él mismo ya hablaba de la música como “la mayor fuente de curación emocional que tengo en la vida”. Pero mientras los Wondermints iban desenterrando el tesoro, los fantasmas del pasado volvían a susurrarle al oído. En el documental de David Leaf “Beautiful Dreamer: Brian Wilson And The Story Of ‘SMiLE’” (2004) se ve a la banda ensayando en casa de Brian y a este a su lado con la mirada perdida. Los músicos lo tratan como a un niño caprichoso: se recrean en sus canciones para provocar su interés esperando que se sume al juego. En sus ojos se intuye el incendio interno que se ha declarado.

La operación “SMiLE” pudo estallarles en las manos. A punto estuvo. Un día Brian sufrió una crisis nerviosa y acabó en el hospital. Hasta la noche del estreno pensó en cancelar el concierto. “Creía que iba a vomitar”, confesó. Visto en perspectiva, no fue tan grave. Veinte años atrás, en aquellas montañas de Denver, Brian se golpeaba insistentemente la cabeza contra una roca para dar a entender que se mataría antes que quedarse allí. Después de tantos años, Van Dyke Parks aún se preguntaba de qué trataba realmente “SMiLE”. Un día llegó a la siguiente conclusión: “Es un disco sobre creer en alguien, creer en algo, recuperar la fe”. El refrán “mientras hay vida hay esperanza” debió de acuñarse para milagros como este.

Los músicos saben que a menudo los aplausos del público minimizan los traumas y dilemas que arrastran. En el caso de Brian Wilson, las presuntas propiedades curativas de la música han trazado un lento y redentor camino de ida y vuelta, ya que, tras beneficiar durante años al oyente, ahora han ido relajando, concierto a concierto, noche tras noche, la madeja de paranoias que atenazaban a su autor. Cuando actuó en París, el 14 de marzo de 2004, protagonizó la anécdota definitiva: dedicó la bondadosa y enternecedora “Love And Mercy” a las víctimas del atentado de Madrid ocurrido tres días antes. Brian Wilson había salido de su burbuja, había vuelto al mundo real.

“Desde aquellos primeros conciertos en Londres, mi vida ha cambiado por completo. Los demonios han desaparecido, soy feliz y lo paso de muerte haciendo música”

 

Tras la gira se grabó el disco, y aunque Brian siempre se ha resistido a preguntar a nadie qué opina de él (preguntarlo a los Beach Boys en 1966 le costó un enfrentamiento familiar del que jamás se ha recuperado), “SMiLE” es, con diferencia, su álbum en solitario más vendido. Paradojas de la vida, también le reportó el primer Grammy de su carrera, concedido a “Mrs. O’Leary’s Cow” en la categoría de pieza de rock instrumental. Conocida como “Fire”, es, también paradójicamente, el tema que sus músicos intentaban ahorrarle en los ensayos, puesto que en su época, y en su delirio, Brian creyó que fue la causante de un incendio real en la ciudad. Aún hoy se niega a explicar qué pasa por su cabeza cuando la tocan en directo.

A principios de 2005, cuando “SMiLE” había sido elegido mejor disco del año por los lectores de ‘Mojo’, Wilson escribió una carta a la revista en la que decía: “Desde aquellos primeros conciertos en Londres, mi vida ha cambiado por completo. Los demonios han desaparecido, soy feliz y lo paso de muerte haciendo música”. Calificaba 2004 como el año más feliz de su vida y, ya en casa, confesaba a su amigo David Leaf que por primera vez tenía ganas de volver a la carretera. ¡En 2004 hizo setenta y cuatro conciertos! Estaba tan crecido y eufórico que haciendo balance de sus logros soltó: “A ‘Pet Sounds’ le pongo un cuatro. A ‘SMiLE’, un diez”.

No sabemos qué nota pondría a “Gettin’ In Over My Head” (Brimel, 2004), disco grabado a la vez que “SMiLE” y concebido con la única misión de juntar a Brian con Paul McCartney en una canción, “A Friend Like You”. Que luego se colasen los gorrones Eric Clapton y Elton John fue inevitable. Y que luego lo rellenase con algunas de las más de cien canciones que tenía archivadas, también. Apesta a maniobra de despacho, igual que el navideño “What I Really Want For Christmas” (Arista, 2005) huele a capricho de Brian. Por todo ello llama la atención que, incluso después de conjurar la pesadilla de su vida, siguiese soñando con grabar un disco de rock’n’roll “como los de Phil Spector: rock’n’roll con un sonido a lo grande”.

Y es que “SMiLE”, se mire por donde se mire, en su sinfónica espiritualidad y en su bendita locura, es un ajuste de cuentas con el pasado, una feliz y gozosa ópera-rock dedicada a Dios, sí, pero concebida en 1966. Lo que le faltaba a Brian era grabar un disco para explicar cómo se siente hoy. Bien puede afirmarse que “That Lucky Old Sun” será el primer disco que graba en plenitud de facultades, con las cuentas zanjadas y sin echar mano del archivo de descartes. El primer disco que compone de un tirón y solo por el puro placer de hacer música. El primer disco del renacido Brian Wilson.

 
BRIAN WILSON, Ese viejo y afortunado sol brilla como un chaval

“A ‘Pet Sounds’ le pongo un cuatro. A ‘SMiLE’, un diez”, dijo Brian. Foto: James Minchin III

 

Cuenta el wondermint Scott Bennett, su mano derecha en este proyecto, que durante una época Brian se presentaba casi cada día en casa con ideas, y que en un mes grabaron maquetas de dieciocho canciones. Estaba volviendo a crear desde cero. No a recordar, sino a componer. Y cuando el Royal Festival Hall de Londres le encargó una suite pensó en utilizar algunas de esas canciones. Se estaba fraguando un nuevo viaje, más cómodo y sano, más liviano y placentero. Un viaje en el tiempo a la ciudad de Los Ángeles donde creció en los años cincuenta y sesenta (vivero de sueños y pesadillas) visto desde la mente de un Brian Wilson de 65 años; tierno y dulce como un bebé.

Es razonable que a alguien le moleste el tufillo a disco de superación personal. Abundan las frases tipo: “me dormí en la habitación del grupo y desperté en la historia; derramé un millón de lágrimas, desperdicié un millón de años; nunca destruyas cuando puedes crear; estoy llenándome los pulmones de nuevo, inspirando vida; toda esa gente me hace sentir tan solo; esperé demasiado a sentir la calidez, tenía que cazar el sol”... Atención a esta otra: “A los 25 años apagué la luz porque no podía soportar su brillo en mis cansados ojos, pero ahora he vuelto esbozando bondadosos cielos azules”. Y, claro, además Wilson no firma esos versos, así que hay que asumir que Bennett habrá tomado el pulso emocional del maestro para hilar la historia. Pero Brian siempre ha delegado las letras a otras personas.

A los 25 años apagué la luz porque no podía soportar su brillo en mis cansados ojos, pero ahora he vuelto esbozando bondadosos cielos azules

 

Quizá en “SMiLE” eran los Wondermints (en especial Darian Sahanaja) quienes lo orientaban por los caminos que él abrió en 1966, pero musicalmente aquí es Wilson quien guía la nave. Sus músicos destacan la energía con que ha dirigido esta grabación y su determinación y clarividencia a la hora de perseguir el sonido que desea. Ya no se conforma con cualquier cosa. El día que estrenaron “SMiLE” estaban contentos “por Brian”; como si hubiesen culminado su labor de asistentes sociales recuperando al enfermo. Ahora, viéndolos en el DVD adicional interpretar “Good Kind Of Love”, es Brian Wilson quien les hace un regalo: les está brindando la experiencia de construir una canción memorable. Y así lo reconocen. Lo ves en sus ojos.

Con el refuerzo de los Stockholm Strings n’Horns y las narraciones-bisagra de Van Dyke Parks, “That Lucky Old Sun. A Narrative” se presentó en Londres el 10 de septiembre de 2007. Acto seguido, nueva gira (ya lleva trescientos conciertos en esta década) y a grabar el disco. Como ya ha resaltado el aparato promocional de su nueva compañía (la sexta de su carrera solista), su regreso a los estudios Capitol tras cuarenta y seis años podía entenderse como la cuadratura de un círculo. Un círculo que se rompió cuando los Beach Boys se enfrentaron a Brian y, después, se amotinaron contra la misma discográfica.

De acuerdo, “That Lucky Old Sun” carecerá del peso histórico de “SMiLE”, pero también de sus delirios progresivos. Aquello fue una exhibición de genio, un proyecto que quiso ser más que pop (lo cual es muy poco pop), pero este posee una escala más humana; es más fluido, natural, cercano y comprensible. “SMiLE” era un disco desbordante, inasible y sobrenatural: un viaje de Plymouth Rock a las islas Sandwich que te transportaba aún más lejos. “That Lucky Old Sun” te lleva derechito al regazo de Brian. Aquello fue un despegue de emergencia. Esto es un suave aterrizaje.

Hay escenas tontorronas, prueba de que Brian está más relajado que nunca. Y pasajes de profunda emotividad; no en vano es un maestro en el arte de inyectar melancolía a la materia pop. Y esa melancolía, bien dosificada, puede tener hoy un efecto aún más devastador, puesto que viene impregnada de décadas de dolor, recuerdos y batallas. El disco se abre con una pieza ajena, la que titula el álbum, y que cantaron, entre otros, Frankie Laine, Jerry Lee Lewis, Ray Charles y Louis Armstrong. Es el “rosebud” que le devuelve a su añorada infancia. En ella el protagonista envidia “ese viejo y afortunado sol que no tiene otra cosa que hacer que dar vueltas por el cielo todo el día”. Hoy Brian Wilson es ese viejo y afortunado sol. El coro canta “maumamayama glory hallelujah” y nosotros decimos amén.

Quizás me haya deslumbrado la cegadora inocencia de “Good Kind Of Love”. Vuelve a ser un riesgo escuchar a Brian Wilson sin ponerse las gafas de sol.

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