Springsteen viste un atuendo elegante: chaqueta de traje, pantalones vaqueros y una gorra de béisbol que a mitad de la prueba se ha girado hacia atrás, único capricho que se ha permitido a lo largo de todo el proceso. Canta un par de versos de cada canción –“It’s Hard To Be A Saint In The City”, “You Can Look (But You Better Not Touch)”, “Jesus Was An Only Son”...– trabajando con brío al piano, piano eléctrico, órgano de pedales, guitarras tanto acústicas como eléctricas, armónica, ukelele (que le dio Eddie Vedder) y, para finalizar, arpa. Comprueba el micrófono, el tradicional en el blues y el preferido de Tom Waits, que retuerce su voz hasta el aullido demencial en “Johnny 99”. Todo está en orden y bastan un OK y un gracias entre dientes cada vez que le pasan un nuevo instrumento.
Cuando acaba, recoge algunos papeles que guarda en un maletín negro bastante maltrecho y se aleja en soledad directo al camerino, como un oficinista bohemio camino del trabajo.
2005 fue un año excepcional para Bruce Sprinsgteen, un año en que convergieron su pasado y su presente. En primavera publicó “Devils & Dust” (Columbia-Sony BMG, 2005), el tercero de sus arrolladores álbumes en solitario y casi enteramente acústicos tras “Nebraska” (Columbia, 1982) y “The Ghost Of Tom Joad” (Columbia, 1995). En noviembre, coincidiendo con el trigésimo aniversario de su publicación, se reeditó a todo lujo y con DVD “Born To Run” (Columbia, 1975), el álbum que lo catapultó. Sirvan estos dos discos como ejemplo de los extremos que ha abarcado durante su trayectoria profesional, pasando de la explosión de adrenalina de su juventud al conocimiento oscuro y las dudas de la edad madura (cumplió 56 años en septiembre).
“Born To Run” era deshinibido: la voz apasionada de un Roy Orbison de barrio, el todopoderoso gruñido del rhythm’n’blues y la grandeza deslumbrante a lo Phil Spector de la E Street Band con Clarence Clemons al saxo in excelsis y el piano de Roy Bittan apuntando a conciertos sucios. Un tercer álbum que, tras dos trabajos previos que no acabaron de cuajar –“Greetings From Asbury Park N.J.” y “The Wild, The Innocent & The E Street Shuffle”, ambos editados por Columbia en 1973–, fue todo un logro que respiraba juventud sin futuro viviendo a lo grande en un mundo pequeño, rodando y trapicheando, peleándose y enamorándose, persiguiendo vete a saber qué sueño. También fue el último que Springsteen haría así.
Como compositor y músico, emigró al gran mundo. La versión completa es que, aunque no creara ningún género nuevo ni experimentara con los presentes, redondeó la historia del rock’n’roll con amor y entusiasmo, imaginación y un cuidado cambiante por el detalle. La música se llevaba en la sangre y el alma sencillamente estaba ahí. Cualquiera que le oyera cuando había que aullar o gritar sabía lo que le corría por dentro. Se limitó, en esencia, a evolucionar, a convertir al chaval excitable en un gran narrador, en un músico de rock’n’roll que pasará a la historia.
De hecho, el proceso de transformación empezó con “Meeting Across The River”, la única canción lenta de “Born To Run”, embarrada de piano melancólico y trompeta solitaria. La genialidad que apuntaba el talento narrativo de Springsteen fue su acierto al escribir la letra como una de las voces de un diálogo. “Oye, Eddie, préstame un par de pavos y esta noche me das una vuelta en coche”, pide una primera persona anónima. Esta apertura da pie a que una retahíla de miedos, fracasos y repetidos delirios de grandeza invadan el vacío, sin respuesta, a la vista de todos, hasta que el pobre diablo que “planea” un atraco sin contar con coche ni pistola concluye esta fantasía elaborada para impresionar a su esposa: “Le tiraré el dinero encima de la cama / Se dará cuenta de que iba en serio”.