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BRUCE SPRINGSTEEN, ¿Estás hablando conmigo? (y 2ª parte)

Tiempos de demonios y polvo.

 
 

ENTREVISTA (2006)

BRUCE SPRINGSTEEN ¿Estás hablando conmigo? (y 2ª parte)

El hombre nacido para correr que se buscó a sí mismo en el árido “Nebraska” (1982) de repente se convirtió en una especie de héroe infalible para sus fans, incómoda tesitura provocada por el desmedido éxito de “Born In The U.S.A.” (1984). Bruce Springsteen vivió tiempos de incertidumbre personal y artística, pero supo sobreponerse alternando momentos de luz y sombra. Sobre ello reflexiona en la segunda parte de esta interesantísima entrevista de Phil Sutcliffe.

(Se puede leer la primera parte aquí)

En los años ochenta Bruce Springsteen llegó a un crescendo salvaje y desproporcionado con “Born In The U.S.A.” (Columbia, 1984). Como una tropa de asalto, la canción que da título al álbum abrió de una patada la puerta para dar entrada a un público totalmente nuevo, con la E Street Band sonando más grande que nunca y Springsteen caracterizado como un enloquecido veterano de la guerra de Vietnam: “Quemando kilómetros / no puedes escapar, no tienes adonde ir”. Desafortunadamente, estas congojas de autodestrucción extática a menudo se malinterpretaron: en las elecciones presidenciales de 1984, Ronald Reagan intentó utilizar la canción como himno patriótico (sus consejeros solo debieron de escuchar el estribillo) y la misma jugada intentó su rival demócrata, Walter Mondale. A pesar de que Springsteen prohibió a ambos bandos el uso de la canción, los políticos no eran los únicos que tarareaban la tonada sin pararse a escuchar la letra. Siguieron singles de ritmo más pop como “Dancing In The Dark” y “Cover Me”, que incrementaron las ventas del álbum hasta más de quince millones de copias en todo el mundo, unas tres veces más que el número de público a que había accedido hasta el momento.

“Hablé de la canción ‘Brilliant Disguise’ porque trata de la identidad. Y la identidad de uno tiene tantas facetas y es tan difusa que a veces sorprende que todas tus partes estén juntas en un mismo lugar y en un mismo momento. Parte de lo que quería decir es que se produce un acto de representación... Al hablar de ello consigo desmentir algunos de los mitos que se crean a mi alrededor y que tienden a encasillarme. La canción se pregunta: ‘¿Soy yo o un disfraz excelente?’. La mayoría de las veces la respuesta es ambos. Hay que poner mucho de tu yo verdadero para que parezca real”

La fama desmedida volvió a despertar en Springsteen el desasosiego y los nervios vividos en la época de las portadas de ‘Time’ y ‘Newsweek’ allá en 1975. Como él mismo apunta en su libro “Songs”, “un cantautor escribe para ser comprendido”, y él no lo era, o al menos no para gran parte de su público. Aun más, dijo del álbum que era un puñado de canciones al azar, que carecía de la coherencia que buscaba y que sí había conseguido con “Nebraska” (Columbia, 1982), un trabajo simple y poco vendido. Con todo, el amplio alcance y la calidad de himno de “Born In The U.S.A.” le granjearon a Springsteen una hueste de fans que lo consideraban un dios del rock, adorado, reverenciado, como un héroe que siempre hacía lo correcto.

No hay duda de que Springsteen disfrutaba de la respuesta en directo, pero no se desprendía de la angustiosa sensación de que gran parte del público era pasajero y podía “distorsionar lo que hacías y lo que eras”. En un intento por retomar las riendas de su carrera, y por expresarse de manera más sutil y más clara, grabó el subyugado “Tunnel Of Love” (Columbia, 1987). En sus entrañas palpitan temas que debaten la cuestión de la identidad como “Two Faces”, “Cautious Man”, “One Step Up” y “Brilliant Disguise”, la canción que más a menudo ocupa su mente en los últimos tiempos. Y sí, logró reencontrarse con su público (menor), y muchos de sus fans de toda la vida continúan considerándolo como su mejor trabajo.

Pero lo que se dice “control”, precisamente era lo que menos tenía en ningún ámbito de su vida. El hechizo se había roto. La primera señal llegó en 1985, con los problemas que surgieron con dos antiguos roadies. Mike Batlan (quien había grabado “Nebraska” en un Teac de cuatro pistas) y Doug Sutphin dimitieron de sus puestos y demandaron a su ex jefe por seis millones de dólares por daños y perjuicios. Al desestimar el juez la causa, prosiguieron con una demanda a Springsteen por cientos de miles de dólares por unas supuestas horas extras no remuneradas y, algo trivial pero que causó bastante revuelo, por deducir de sus sueldos la pérdida de una canoa durante una tormenta. El equipo de Springsteen litigó durante seis largos años, con la mala publicidad que ello conlleva, hasta llegar a un acuerdo fuera de los tribunales, lo que significó que todos los problemas que habían sido aireados en público nunca fueron solucionados en público.

Luego, en 1988, su primer matrimonio se desmoronó. Peor todavía, la historia llegó a la prensa sensacionalista de manera bastante chapucera durante una gira europea a través de unas fotos tomadas por los paparazzi donde aparecía Springsteen en compañía de la corista de su banda, Patti Scialfa. La separación y el consiguiente divorcio de Julianne Phillips, su mujer durante tres años, no se hicieron esperar.

Para acabar, en noviembre de 1989 se separó de su querida y leal E Street Band, pero no antes de dar explicaciones en persona a cada uno de los miembros (Clarence Clemons declaró hace unos años que se sintió “sorprendido, dolido y enfadado al mismo tiempo”) y ofrecerles una compensación económica que, según se rumorea, llegó a alcanzar un total de dos millones de dólares por persona.

 
  • Julianne Phillips, la primera

  • Patti Scialfa, la segunda

El Boss y sus mujeres.

 

Aunque se casara con Scialfa y creara una familia (ahora ya tienen tres hijos), su música entró en mala racha al publicar en 1992, tras un largo silencio, dos álbumes diferentes el mismo día, “Human Touch” y “Lucky Town” (Columbia). En su momento, y hoy en día aún es así como se los recuerda, la crítica los calificó como sus trabajos menos satisfactorios desde su debut.

Pasemos a las tormentas emocionales de finales de los ochenta: la ruptura de tu primer matrimonio, el caso de los roadies, la disolución de la E Street Band. ¿Ha llegado el momento de autoanalizarse? (Se ríe, se levanta y cruza la habitación para coger un poco de agua, hablando mientras lo hace). ¡Lo hago constantemente! Desde que pongo los pies en el suelo por la mañana. No estaría mal poder desconectar, pero no puedo evitarlo. Me ha sido útil para mi música y mi trabajo, me parece, y en el fondo me ha sido útil también en la vida, pero nunca he sido… Cuando más despreocupado me siento es sobre el escenario; en ese momento logro desconectar y simplemente vivo, ¿sabes? El resto del tiempo llevo en la sangre la autorreflexión y, uh, no creo que haya ninguna época en particular en que…

“Lo que ocurre es que cuando triunfas a lo grande toda tu complejidad acaba reducida a una representación muy simple, no necesariamente por parte del artista o el músico, sino porque la gente prefiere explicaciones de una sola frase para todo y para todos; ‘este es el bueno, este es el malo’. Lo que he intentado con mi público es preservar la complejidad de la vida y la experiencia humanas. Quiero juzgar y que se me juzgue con esos parámetros. Ahí radica la libertad y de ahí surge tu diálogo personal y un diálogo más profundo con los fans. Solo estaba… metiéndome con eso”

De acuerdo, pero en el caso concreto de los roadies ¿por qué lo alargaste durante tanto tiempo e hiciste de ello semejante acontecimiento? Todo aquello fue muy intenso, como un caso de divorcio. Por lo general, me he visto siempre implicado en, uh, casos de divorcio. Con Mike Batlan, por ejemplo, fue como cuando estás con alguien durante mucho tiempo y la relación se va agriando poco a poco. Al fin y al cabo, las cosas funcionan así. Y eso es lo que ocurrió.

¿El abandono de la E Street Band entraría dentro de la misma categoría? En ese momento no tenía muy claro qué paso dar. Necesitábamos tomarnos un respiro. Nos quedamos, yo incluido, solos frente al mundo, y resultó muy saludable. Si hablas con la mayoría de los chicos, creo que estarán de acuerdo. No sabía qué quería hacer, no sabía qué hacer con la banda, así que pensé: “Veremos qué pasa”. Ahora, al volver a tocar con ellos en estos últimos cinco años, bueno, sé que me quedo con ellos hasta el final. Tras diez años separados no es que la gente cambie tanto, pero, como dije al presentar a U2 en el Hall Of Fame del Rock’n’Roll, una de las reglas del rock es: “Oye, capullo, ¡ese pavo es más importante de lo que crees!” (se ríe resoplando por la nariz). Al tomarte un tiempo, obtienes una perspectiva distinta de la gente. Gozamos de una relación muy profunda y que durará hasta que esto se acabe.

Cuando hablabas sobre “Brilliant Disguise” en ‘Storytellers’, mencionaste que la canción se cuestiona la diferencia entre la apariencia y el yo verdadero de la gente. Entonces te señalaste a ti mismo diciendo: “Este es mi yo público”. Y alguien aplaudió… Cierto.

Y aplaudiendo con sarcasmo, te giraste hacia esa persona y le espetaste: “¿Qué? ¿Te parece que he hecho un buen trabajo con mi imagen pública tan falsa y mentirosa…?”. (Unas risitas medio sorprendidas parecen indicar que está medio satisfecho por haber sido tan directo, medio preocupado por haberse pasado un poco de la raya al poner a un fan en una situación incómoda). Es solo que… Hablé de la canción “Brilliant Disguise” porque trata de la identidad. Y la identidad de uno tiene tantas facetas y es tan difusa que a veces sorprende que todas tus partes estén juntas en un mismo lugar y en un mismo momento. Así es como yo lo veo. Parte de lo que quería decir es que se produce un acto de representación... En el momento en que hay dos personas en la habitación, se experimenta un tipo de cambio. Así funciona la interacción humana. Al hablar de ello consigo desmentir algunos de los mitos que se crean a mi alrededor y que tienden a encasillarme. No me gusta. La canción se pregunta: “¿Soy yo o un disfraz excelente?”. La mayoría de las veces la respuesta es ambos. Hay que poner mucho de tu yo verdadero para que parezca real. No puedes… No es algo… Para que parezca real, tiene que ser real. Al menos en mi caso. Pero no tienes por qué sacarlo todo; no es todo, ¿sabes?

¿No tu yo por completo, quieres decir? Eso es. A veces se trata de una parte muy profunda de ti, pero… Olvidamos que a los adultos nos han educado a base de cuentos, y entonces lo más lógico es, por ejemplo, en lo que respecta a la política, querer creer que tu presidente es un tipo agradable y honesto. La incapacidad de observar desde una perspectiva adulta cuando llegas a la edad en que tienes un peso en la política solo puede calificarse de catastrófica, en especial en la actualidad, cuando la máscara parece más evidente que nunca y, sin embargo, los mismos siguen detentando el poder.

 
BRUCE SPRINGSTEEN, ¿Estás hablando conmigo? (y 2ª parte)

Acicalado tras atravesar el túnel del amor.

 

¿Te refieres a “la guerra contra el terrorismo”? Con todo lo que tenga de cierto, de verdad, fue básicamente premeditada. Pero volviendo al tema de mi identidad sobre el escenario: mi máscara no es en absoluto deshonesta, tan solo incompleta. Y lo que hice aquella noche en ‘Storytellers’ fue… Lo que ocurre es que cuando triunfas a lo grande toda tu complejidad acaba reducida a una representación muy simple, no necesariamente por parte del artista o el músico, sino porque la gente prefiere explicaciones de una sola frase para todo y para todos; “este es el bueno, este es el malo”. Lo que he intentado con mi público es preservar la complejidad de la vida y la experiencia humanas. Quiero juzgar y que se me juzgue con esos parámetros. Ahí radica la libertad y de ahí surge tu diálogo personal y un diálogo más profundo con los fans. Solo estaba… metiéndome con eso.

Teniendo en cuenta los hechos ocurridos a finales de los ochenta, ¿crees que la opinión de tus fans sobre tu integridad salió perjudicada, que la gente se sintió defraudada? Ni me va ni me viene. La vida ya es bastante complicada, tanto para mí como, imagino, para los demás. En ese momento me preocupaba más mi vida que mi imagen. Fue un momento difícil. Me esforzaba por crear algo con una persona (Patti Scialfa) y formar una familia; y para alguien como yo eso es probablemente bastante complicado. Comprendí que eso iba a ser la clave de mi futuro. Y por lo que respecta a la imagen que daba, no tenía, ni tengo, control absoluto sobre eso; a veces es mejor, a veces peor, a veces diferente. Por aquel entonces cargaba ya con veinte años de trabajo a mis espaldas y pensé: “Voy a hacerme valer”. Si ven que lo echas todo a perder o te tambaleas de un lado a otro, pues así es la vida. No todo te sale bien, ¿sabes? Tomas decisiones malas, equivocadas o mal aconsejadas, y me parece que es el caso de la gran mayoría, así que no me supuso ningún problema que la gente me viera en esas mismas circunstancias.

“Al madurar, lo que la gente pensara de mí… dejó de importarme tanto. Buscaba imponer la integridad en mis actos, en mi vida... Siempre confío en el arte, pero sospecho del artista. Suele ser un personaje poco de fiar, un payaso inseguro, como todos los demás. Por eso creo que se debe desechar la adoración, porque obstaculiza la comunicación y reduce la complejidad del diálogo que intentas mantener con los fans”

De acuerdo, pero quizás esa actitud no funcionó con los fans que te profesaban adoración; a ellos les costó aceptarte como un ser humano que también se equivoca. Por lo general, en esos casos tus actos hablan por ti. Hay que aceptar la responsibilidad por ellos, aunque, seguramente, cuando era joven no pensaba así. Al madurar, lo que la gente pensara de mí… dejó de importarme tanto. Buscaba imponer la integridad en mis actos, en mi vida... Siempre confío en el arte, pero sospecho del artista. Suele ser un personaje poco de fiar, un payaso inseguro, como todos los demás. Por eso creo que se debe desechar la adoración, porque obstaculiza la comunicación y reduce la complejidad del diálogo que intentas mantener con los fans.

Es toda un transición la que va de tus álbumes de principios de los noventa a “The Ghost Of Tom Joad” (Columbia, 1995). Sí, pero aún se habla de los discos de principios de los noventa… Suelo bromear sobre eso en el escenario: “Me han dicho que este es mi peor disco”. Pero si te remontas a “Lucky Town” y “Human Touch”, he incluido muchas de sus canciones en esta gira. La producción de “Human Touch” quizá no fuera la más adecuada, pero cuando escucho de nuevo esos discos, “Tunnel Of Love”, “Human Touch” y “Lucky Town”, oigo a un yo muy personal hablando de relaciones y de relacionarse. En aquel momento no me interesaba ser el “otro tío”. No escribí así durante un tiempo; no había canciones tan buenas en mi interior, y siempre que intentas escribir algo que se ajuste a un determinado… (se interrumpe). Luego me encaminé de nuevo en esa dirección. Probablemente, la canción “Streets Of Philadelphia” fuera el detonante. Luego vino “The Ghost Of Tom Joad”. Entonces vivía en California, y abundaban las noticias ocurridas en la frontera. California se había vuelto muy multicultural, con una gran población hispana. Hoy en día en Freehold, en el centro mismo de Nueva Jersey, está sucediendo lo mismo con diez años de diferencia (el último censo estima que el 28% de los 11.000 habitantes de su pueblo natal son hispanos). Presentía que así iba a evolucionar el mundo pasada una década, y me dio una nueva perspectiva. Recuerdo haber escrito “The Ghost Of Tom Joad” muy deprisa. Yo tenía más de 40 años... Cuando eres joven piensas: “Esto se va a acabar, esto se va a arreglar”. Y cuando cumples los 40 y los 50, has presenciado el ciclo completo varias veces bajo diferentes apariencias. Sé que es un cliché, pero si escribes con pasión… Lo que la gente sentía con “Born To Run”... Lo que hace a la música distinta de las otras artes es que transmite emoción pura.

Con todo lo que has visto, ¿cuál es tu postura política en la actualidad? Y, dando por hecho que te inclinas más hacia la izquierda, ¿tener una fortuna no supone una contradicción? No sabría describirte mis tendencias políticas en términos de derecha/izquierda. Empecé guiándome por mi instinto, y parecía que el país iba mejor cuando se ajustaba al credo democrático de buenas ideas y buenos valores. Los últimos veinte años o así han sido duros. La marginación se hereda de generación en generación. Me parece de lo más razonable exigir la plena ocupación, asistencia médica y educación para todos, viviendas decentes, guarderías para niños desde edades tempranas, un gobierno razonablemente transparente… El gran dinero en política es peligroso y antidemocrático. A mí estas me parecen ideas bastante conservadoras.

 
BRUCE SPRINGSTEEN, ¿Estás hablando conmigo? (y 2ª parte)

En los ochenta, con la E Street Band, el motor incansable.

 

¿Así lo ves? ¿De verdad? Estabilidad económica. Sanidad. No es nada radical. Todo aparece en las enseñanzas de Jesús. Todo forma parte de la vida humana. Sin embargo, hemos fracasado en casi todos los niveles. Me parece de sentido común. No es filosofía política; son derechos por los que aboga mi música. Es la visión que extraje de Woody Guthrie… Bueno, incluso de los discos de The Animals que escuchaba antes de oír a Woody. La música de la clase obrera forma parte de la historia del pop, política innata. No fui a la universidad, no soy un economista socialista, pero son cosas que le interesan al hombre de la calle.

¿Y qué hay de la riqueza personal? Soy hijo de Woody y de Elvis. Quizás no se sitúen en extremos opuestos del espectro. Elvis Presley fue un instrumento para el cambio revolucionario. Elvis conducía un Cadillac rosa y Woody escribió sobre un Cadillac; no menospreciaba esos placeres. Las contradicciones hay que tratar de llevarlas con tanto tacto y responsabilidad como sea posible. No sé si hay una respuesta clara. Hay que saber vivir con las contradicciones.

“Soy hijo de Woody y de Elvis. Quizás no se sitúen en extremos opuestos del espectro. Elvis Presley fue un instrumento para el cambio revolucionario. Elvis conducía un Cadillac rosa y Woody escribió sobre un Cadillac; no menospreciaba esos placeres. Las contradicciones hay que tratar de llevarlas con tanto tacto y responsabilidad como sea posible. No sé si hay una respuesta clara. Hay que saber vivir con las contradicciones”

En el trigésimo aniversario de “Born To Run”, tras haber trabajado duro de nuevo con el material para su reedición, ¿qué opinas del álbum? En ese momento en concreto, recuerdo a la banda con regocijo, la audacia y la inseguridad por encima de la superficie. En 2003, cuando regresé de la gira de “The Rising”, me sentía nervioso y excitado con la banda. Reflexioné sobre el presente a la vez que echaba un vistazo al espejo retrovisor, pensando: “Y ahora, ¿qué?”. Y te diré algo, la caducidad de la vida se ve más real cuando tienes 50 años largos. Esto (gesticula su vida, apuntando con ambas manos hacia el suelo con fuerza) es finito. Nos quedan una cantidad x de años por vivir. No sé cuántos. Espero que muchos. Creo que aún falta mucho por hacer, muchas canciones por escribir; en este sentido, me siento como cuando tenía 24 años. Pero parte de encontrar tu lugar en el mundo es dejar que el reloj avance. Dejar que el reloj avance y estar dispuesto a escucharlo avanzar, y comprender que tu yo mortal está presente y andando a tu lado en todo momento.

Nada mejor que unas reflexiones sobre la mortalidad para conducir la entrevista a su conclusión… En menos de una hora, Springsteen saldrá al escenario. Se levanta, y mientras nos estrechamos la mano dice: “Espero haberte sido útil”. Y se ofrece a seguir un poco más por teléfono. Mientras abandonamos la sala, revuelve sin prisa entre las cosas desparramadas por la mesa murmurando: “Muy bien, a ver qué hay que hacer…”.

Hasta la hora del concierto, se queda solo en su camerino, a excepción de la visita de George Travis, mánager de gira desde tiempos inmemoriales, un hombre de calma imperturbable. Normalmente, dicen los miembros del equipo, la hora que precede a un concierto Springsteen la pasa redactando a mano la lista de canciones de la noche para fotocopiársela al resto de la banda. La lista cambia sustancialemnte de un concierto a otro. Hoy, en Chicago, en el estadio de los Bulls, hay una docena de canciones distintas a las que tocó anoche en Minneapolis. Incluso una vez sobre el escenario, es más una base abierta a negociación que un compromiso en serio.

Con la lista ya completa, se sienta a tocar la guitarra un rato, replegándose en sí mismo. No hay signos evidentes de nerviosismo, excepto quizás un rápido cambio de camisa antes de salir. Listo y de camino al escenario, nadie le dirige la palabra. A partir de entonces, según dice, ya no distingue a nadie, ni una cara, solo siente la multitud y el lugar; tan dentro de sí mismo se ha retraído. Aunque nada más lejos de lo que parece ni de lo que se siente entre el público. Mientras desgrana su cancionero de treinta y cinco años, la atmósfera es de gran intimidad, todo un testamento de historias y personajes que te agarra las tripas con detalles emotivos/sensuales: los aromas intensos del campo de batalla de “Devils & Dust” que caldean el ambiente hasta que el “olor empieza a hacerse notar”, la habitación de hotel de “Reno” donde una prostituta ofrece “un polvo normal a 200 dólares, y a 250 por el culo”... El estadio se reduce al tamaño de una habitación. Los asistentes quedan absorbidos por los personajes, por sus vivencias, por su significado; absorbidos por Springsteen y absorbidos en sí mismos.

Cuando, en “Long Time Comin’”, canta por boca del padre y marido reincidente y deteriorado que contempla cómo duermen su mujer y sus hijos alrededor de un fuego de campaña y promete “enterrar su alma y bailar sobre su tumba” y que “esta vez no la joderá”, la gente le ovaciona y grita: “¡Sí!”. Springsteen retoma el hilo antes de la siguiente canción, musitando que ese verso debería ser “esta vez no la joderé si puedo evitarlo; pero visto lo disfuncional de mi comportamiento hasta ahora, no esperaría demasiado”, y jura que en los días de “Blinded By The Light” podría haberlo hecho encajar con la música.

 
BRUCE SPRINGSTEEN, ¿Estás hablando conmigo? (y 2ª parte)

Viendo venir las brumas de la crisis.

 

Siempre ha sabido suavizar la situación tras los momentos de gran intensidad en su desfilar de historias, desde sus inicios en el club Jersey Shore. Presenta “Ain’t Got You” con un “a menudo la gente me pregunta ¿qué se siente al ser el jefe? Suelo responder algo humilde como ‘es una suerte’… Pero, seamos sinceros, es lo más. A veces hasta yo desearía ser Bruce…”. Para “Jesus Was An Only Son”, aparte de su ya habitual teoría de que Cristo podría haber sido un tabernero galileo de no haber tenido que ser el Salvador, echa mano de su infancia católica y del abarrotado programa de bodas irlandesas e italianas de su familia, que hacía que tuvieran que recoger el arroz que lanzaban para tenerlo a punto para la siguiente; “creo que incluso tirábamos arroz en los funerales; tirábamos un montón de arroz”. En el frente político, da publicidad al Greater Chicago Food Depository, un centro benéfico de distribución de alimentos que tiene un tenderete en la entrada; y para introducir la tragedia fronteriza que cuenta “Matamoros Bank”, de “Devils & Dust”, reclama una “política de inmigración o de trabajadores extranjeros más humana”.

“Me gustan Suicide desde hace mucho. Los concocí a finales de los setenta en Nueva York, cuando coincidimos en un estudio de grabación. Si Elvis volviera de la tumba, estoy seguro de que sonaría como Alan Vega. Descubrí ‘Dream Baby Dream’ porque Michael Stipe la incluyó en un recopilatorio, y decidí que yo también quería utilizarla. Es un mantra y da en el clavo porque, tras una velada repleta de narraciones y de detalles, al final esas pocas frases repetidas una y otra vez captan la esencia de todo lo dicho y hecho a lo largo del concierto. Es tan puramente musical que es eso lo que la hace tan bella, el ser tan pura y simplemente musical”

Resulta revelador que después de tanto hablar sobre escribir y reescribir, sobre fastidiarla de todos modos y empezar de nuevo, sobre toda “esa mierda interminable” del autoanálisis y chocar con sus teorías sobre la identidad y el disfraz, Springsteen cierre el concierto cada noche con la versión del tema de Suicide “Dream Baby Dream”. Se sienta al órgano de pedales, empieza a tocar acordes amplios y sostenidos y a cantar una y otra vez “sueña, cariño, sueña… / venga, sigue soñando, sueña, cariño, sueña… / mantén la llama encencida… /  abre los ojos…”. Lo alarga durante unos minutos y se pone de pie. Los acordes del órgano entran en un loop y más fuerte, con mayor fervor, sigue y sigue cantando, corazón y alma, sigue soñando, abre los ojos, deslizándose al frente del escenario, un hombre cantando en un gran estadio. Es sobrecogedor; bocas que se abren pasmadas, lágrimas que afloran, todos nadando en el mismo mar embravecido, nadie sabe qué ocurre, todos desarmados por completo. Antes, en el camerino, al finalizar la entrevista, le preguntamos sobre “Dream Baby Dream”. “Me gustan Suicide desde hace mucho. Los concocí a finales de los setenta en Nueva York, cuando coincidimos en un estudio de grabación. Si Elvis volviera de la tumba, estoy seguro de que sonaría como Alan Vega. Alcanza grandes cotas de pureza emocional. Descubrí ‘Dream Baby Dream’ porque Michael Stipe la incluyó en un recopilatorio, y decidí que yo también quería utilizarla. Es un mantra y da en el clavo porque, tras una velada repleta de narraciones y de detalles, al final esas pocas frases repetidas una y otra vez captan la esencia de todo lo dicho y hecho a lo largo del concierto. La noche se abre y no deja de expandirse, y cuando parece que ha llegado al límite va más allá y te envuelve. Es así… Tengo buen ojo para el detalle, y esto es una lección de lo que es una canción. Es tan puramente musical que es eso lo que la hace tan bella, el ser tan pura y simplemente musical”.

Un par de semanas después, Springsteen llama, tal y como prometió. Está de buen humor tras finalizar la filmación del espectáculo en Boston. Aclara algunos puntos de nuestro encuentro anterior antes de conceder una última pregunta.

Hemos hablado de política, de trabajo, de dinero, de sexo, del tiempo, de la muerte y de los múltiples yos. Muy bien, religión. Te has definido como un “católico a la fuga” y has declarado que, a pesar de utilizar la imaginería religiosa en tus canciones por su resonancia, no necesitas conocer la verdad. ¿Significa eso que has decidido definitivamente que no la conoces? Sí, la vida espiritual seguirá siendo una vida de misterio. ¿Por qué no mostrarse humilde ante ese misterio? ¿Por qué asumir que las respuestas se te proveerán, de la a A la Z, sin dejar lugar a la duda? Ese deseo de respuestas es infantil. La vida adulta implica lidiar con una cantidad enorme de preguntas que carecen de respuesta. Así que dejo que el misterio viva en mi música. No niego nada, no abogo por nada; me limito a vivir con ello. Habitamos un mundo trágico, pero la gracia existe a nuestro alrededor. Es tangible. Solo hay que prestar atención. Yo me guío por eso, y por mi hogar y mis hijos.

¿Qué entiendes por “gracia”? La gracia está en el día a día. El aliento vital de nuestra existencia… Woody Allen dijo una vez que nunca era más feliz que por las mañanas, de pie en la cocina, untando la mantequilla en la tostada del desayuno. Estás llevando a tus hijos a algún sitio y no te apetece nada, y entonces ocurre, está ahí.

Y el ciudadano Bruce irreverente que va a los garitos de strip-tease, ¿sigue por ahí? El Bruce irreverente está vivito y coleando (ríe). Narcisista, obsesionado con el sexo, bocazas, huyendo en dirección contraria. Le gusta la buena bebida, se explaya en los buenos momentos. Le diré que has preguntado por él. 

Etiquetas: 2000s, 2005, Estados Unidos, rock
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