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CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada

Don Van Vliet: el Capitán Mágico.

Foto: Kate Simon

 
 

REVISIÓN (2011)

CAPTAIN BEEFHEART Magia enmascarada

Don Van Vliet (1941-2010), conocido artísticamente como Captain Beefheart, fue uno de los individuos más originales en la historia de la música, pero su reconocimiento popular no es comparable al de otros mitos del rock. No obstante, su obra, tan visionaria como única y compleja, sigue generando admiración y respeto entre la corte selecta de entendidos que saben valorar el trabajo de los creadores por su importancia y no por su repercusión mediática. César Estabiel escribió esta Revisión en honor a la personalidad del mágico Capitán Beefheart, responsable de discos mayores como los aquí recomendados y el mítico “Trout Mask Replica” (1969).

John Peel definió desde la distancia a Captain Beefheart como un músico ingenuo. Sus secuaces de la Magic Band llegaron a huir de su lado, temerosos de una nueva agresión. Ni la música de Captain Beefheart debería nutrir un hilo musical, ni el carácter de Don Van Vliet se puede entender con el apoyo de una sola opinión. Es necesario el argumento de la contraria. También la visión desinteresada, la del amigo y la del enemigo. Solo así formaremos una silueta en varias dimensiones que se acercará a dibujar al dibujante, pero sin conseguirlo. Sus allegados consideraban endebles sus opiniones. Sus argumentos eran apartados por infantiles. Como si sus pupilas se hubiesen quedado ancladas en los dinosaurios modelados a mano que esculpía en horas de ese colegio al que no llegó a asistir. De ahí a su estreno como músico en 1966 solo media un bigote, una voz cascada y un lote de discos de blues.

Buscó y obtuvo gran fama de tirano. Lo de músico destartalado y que “nada sabía de música” forma el todo de su esencia. Las hazañas del Capitán Beefheart no se deberían sintetizar en dos líneas: un aficionado al blues se sirve de él como excusa para proyectar inquietudes antropológicas bastante básicas que posteriormente les tocaría perfilar a sus cuadros. Dicho así, suena ramplón. Puesto en práctica, peligran los cimientos de cualquier educación musical medianamente ordenada. Toda la obra de Captain Beefheart es un work in progress de su propia naturaleza, intuitiva y nada empírica. Un primal scream que nadie se atrevió a alterar ni discutir. Ni siquiera su gran enemigo íntimo, un Frank Zappa que acudió como productor a la grabación de “Trout Mask Replica” (1969) –disco mítico– y salió sin ganarse el jornal. Excusa: lo que allí estaba ocurriendo solo existía en la jungla mental de aquel músico salvaje. Con el tiempo y la ayuda de su amigo el crítico Lester Bangs, el Capitán conseguiría acotar sus intenciones: llegar a la esencia de un arte popular en el que el ego del artista brillara por su ausencia. Ser John Coltrane con la pericia de un ciudadano de a pie. ¿El gran reto de la música?

“Safe As Milk” (1967) lo metió en los corrillos musicales gracias a la buena prensa de gurús como John Lennon. Pero el Capitán no devolvía favores. Y menos se disponía a cumplir expectativas. Desde aquí hasta su gira en 1972 por una agradecida Inglaterra, solo hay una búsqueda atolondrada de sí mismo, un intento de compaginar conceptos pictóricos (“pintar es rellenar el espacio que hay entre dos conceptos opuestos”) con herramientas musicales y el casting para fichar y adoctrinar a un grupo de fieles sin miedo a la extravagancia. La Magic Band funcionaría bajo una jerarquía comunal regida por un mentor y sus alucinados métodos musicales. Con el tiempo, Don Van Vliet llegaría a embolsarse cifras importantes por sus cuadros, aunque su mejor obra sería la caracterización de la que fue su banda. Cada uno con un mote y una máscara traídos del teatro cómico italiano, The Magic Band parecían los personajes del Mago de Oz después de pasar un fin de semana en el rancho de Charles Manson.

En los años sesenta su personaje dio color al alucinado –y además aborregado– elenco de seres “libres”. Sus cacofonías imitaban las formas musicales más primitivas e inocentes, nos trasladaban a una América rural exagerada mediante una gran hipérbole llena de más infantilismo que intención gótica. Dotado para reproducir los graves de Howlin’ Wolf, jugaba con su registro inventando personajes diferentes. Bill Harkleroad, su guitarra, opinaría en su libro biográfico “Lunar Notes: Zoot Horn Rollo’s Captain Beefheart Experience” (1998) que la desfiguración del blues solo se debía a su suprema inseguridad. Inseguridad que levantaría a marchas forzadas la leyenda de “Trout Mask Replica”, un disco que es al rock lo que “Ascension” (1966) de John Coltrane al jazz: la última búsqueda del propio espíritu. Así, la música de Captain Beefheart es el poso que queda tras varios litros de consumo desenfrenado de blues y free jazz en cápsulas con forma de poema elíptico. Agotados, en el fondo reposan unas partículas elementales que nunca servirán para hacer otro café.

Ajeno a la resaca del idealismo, Captain Beefheart aprovechó el cambio de década de los sesenta a los setenta para vaciarse en dos discos colosales: “Trout Mask Replica” y “Lick My Decals Off, Baby” (1970). En un instante de fatiga, lograron echarle el lazo. El blues necesitaba de un animal salvaje que pudiera ser domesticado. Y lo contrataron para girar por Inglaterra. Y se pegó un batacazo. Ni allí le pagaron, ni los discos que grabó en 1973 hablan de él como el artista que fue conocido. Peor fue el año 1974, enquistada su garganta en un blues-rock sin apenas voltaje. Y cuando ya se encendían las primeras velas por el músico y en el Soho neoyorquino se descorchaba champán para recibir al pintor, su regreso al estudio de grabación fue anunciado entre titulares punk.

Los tres últimos discos de Captain Beefheart mezclan bien con Pere Ubu, quizá el grupo que mejor ha recogido la descomposición del rock ligada al expresionismo. Rock histérico y dislocado. Como su salud. Una esclerosis múltiple que sufría desde hacía décadas y que el 17 de diciembre de 2010 se llevó al niño autista que moldeaba dinosaurios en el desierto de California.

El vídeo de “Ice Cream For Crow” (1982), dirigido por él mismo, que rechazó la MTV.

CRONOLOGÍA

1941. Donald Van Vliet nace un 15 de enero en Glendale (California).

1957. Conoce a Frank Zappa, cuya familia se había trasladado un año antes a Lancaster, en el desierto de Mojave.

1964. Por primera vez utiliza en un escenario el apodo de Captain Beefheart, inventado por Zappa.

1967. Publica “Safe As Milk”.

1968. Alquila una casa en las afueras de Los Ángeles donde empezará a adoctrinar a su Magic Band. Se cabrea con la producción de “Strictly Personal”.

1969. Lanza el doble LP “Trout Mask Replica”. Número 25 en la lista de los mejores discos del siglo XX según Rockdelux en su especial 200.

1970. Funde el rock y el free jazz con “Lick My Decals Off, Baby”.

1971. Edita “Mirror Man”.

1972. Reprise le publica “The Spotlight Kid” y “Clear Spot”. Expone sus cuadros por primera vez, en Liverpool.

1974.  Los discos “Unconditionally Guaranteed” y “Bluejeans & Moonbeams” son castigados por la crítica.

1975. Comparte disco con Zappa, “Bongo Fury”.

1976. Graba “Shiny Beast (Bat Chain Puller)”...

1978. ... que no se publicará hasta dos años después.

1980. “Doc At The Radar Station” confirma su gran momento y a una Magic Band más profesional.

1982. MTV rechaza el videoclip para su disco “Ice Cream For Crow”.

2010. Fallece el 17 de diciembre de esclerosis múltiple.

 

TRES DISCOS RECOMENDADOS...

CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada

“Safe As Milk”
(Buddah, 1967)

La discográfica A&M parecía interesada tras los dos singles previos. Uno de ellos refrescaba una canción del legendario Bo Diddley (“Diddy Wah Diddy”). Pero al escuchar la maqueta, le enseñaron la puerta de atrás. Y eso que “Safe As Milk” no se ceba en sus continuos hallazgos. Enseña la patita (“Electricity”), pero invita a entrar con una grata sonrisa (“I’m Glad”). Es su mayor atractivo. Sin una banda todavía formada, Van Vliet ficha para el estreno a un prodigio de su ciudad, Lancaster, llamado Ry Cooder, cuya guitarra hace de “Abba Zaba” uno de los primeros clásicos “periféricos” del blues. En mi opinión, Captain Beefheart no publicaría jamás un disco tan plagado de reliquias como “Safe As Milk”, aunque la fuerza devastadora de una personalidad a punto de estallar acabaría por eclipsar los últimos instantes de la apaciguada juventud del Capitán.

CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada

“Lick My Decals Off, Baby”
(Straight, 1970)

Nadie se explica cómo después de proceder a un vaciado tan brutal como el de “Trout Mask Replica” pueden quedar aún fuerzas para lanzarse al frenesí del (para mí) su mejor trabajo. Quizá el secreto esté en el propio cansancio. Captain Beefheart afloja el yugo y la Magic Band le da una lección de estilo libre sin necesidad de látigos. Su cuarto disco suena como una batería de cocina cayendo al suelo desde los estantes. La música corre alocada hacia su ausencia mientras el extirano desarrolla a su manera su conciencia ecológica. Otro avance: la marimba de Art Tripp (que acababa de dejar a Frank Zappa) elimina otra guitarra. Más color para la misma sensación de libertad. Esto ya no es rock ni blues ni folk, y bien que lo dejó claro con el título. Fue su disco más alabado en Inglaterra, llegando al puesto veinte de las listas. Algo de culpa tendría John Peel.

 
CAPTAIN BEEFHEART, Magia enmascarada

“Shiny Beast (Bat Chain Puller)”
(Warner Bros., 1978)

Andaba ya entre lienzos y por eso nadie le esperaba. Menos aún cuando sus compinches habían aprendido a comer lejos de su mano. O cuando la crítica, que había sido benévola con sus discos de 1972 (“The Spotlight Kid” y “Clear Spot”), cargó el rifle para recibir a los de dos años después (“Unconditionally Guaranteed” y “Bluejeans & Moonbeams”). Pero con él nada es lo que parece. Ni sus gritos son los de un desalmado, ni en su calma se encuentra la paz ni sus debacles anticipan el fin. No hay mejor prueba que estas canciones que definen sin querer el rock torcido y teatral de Pere Ubu, grupo hermano y devoto. Para el recuerdo, la canción más chulesca de su repertorio (“Bat Chain Puller”) y una delicia por venir de la fiera que una vez fue (“Harry Irene”).

... Y SU MEJOR CANCIÓN:
“Electricity”
(1967)

Fue su primer exabrupto serio. El primer guantazo a la tradición que se permitió. La electricidad guiará el futuro. Y para desarrollar la idea le echó el guante a un poeta de versos visionarios. Adaptó ligeramente un original de Herb Bermann –reconocido después por Neil Young y Steven Spielberg– para darle una intención más musical y con ello formalizar una ruptura en el blues. Preguntado por el fulgurante despido de A&M Records, Van Vliet señalaba esta canción como la grave insolencia que destapó el miedo de los gerifaltes discográficos. Puede que su orgullo de artista atrajera la mentira: “Electricity” no estaba incluida en la demo de “Safe As Milk” que entregó a la compañía discográfica. Eran años en los que todos imaginaban una revolución. Y Captain Beefheart la describió con la garganta pelada.

 
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