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CAPULLO DE JEREZ, Persiguiendo la onda

El grito de la calle.

Foto: Colectivo Anguila

 
 

ENTREVISTA (2011)

CAPULLO DE JEREZ Persiguiendo la onda

Tiene un punto de loco salvaje cuando canta por bulerías: sus arranques pueden derivar en una especie de alucine masivo curioso. Arrebato, conexión absoluta y compás. No hace falta ser entendido en flamenco para dejarse llevar por Capullo de Jerez. Genera fiesta y transforma al público. Si la vida es una rutina, como repite en su rumba más famosa, sus actuaciones son un paréntesis electrizante. Recuperamos esta entrevista de Carola Guerrero, quien siguió la pista de Miguel Flores Quirós hasta el Bar Volapié, en La Asunción, la barriada de Jerez de la Frontera donde vive Capullo.

Una tapa del mejor rabo de toro. Terremoto sonando de fondo. Cientos de rostros quietos en una pared con historia. Seguir la pista de Miguel Flores Quirós, Capullo de Jerez, lleva obligatoriamente al Bar Volapié, donde se detiene el tiempo en La Asunción, la barriada de Jerez de la Frontera a la que se mudaron a finales de los cincuenta la mayoría de los gitanos de Santiago y San Miguel, los dos epicentros del cante jondo jerezano. Allí era donde paraban muchos de los matarifes al salir de trabajar, y donde se alargaban las juergas flamencas en el salón del fondo. Era normal ver a Tío Borrico y a otros grandes del cante tomar café, y también a un adolescente Capullo que hoy tiene 57 años y que, según el camarero, suele andar por las calles de atrás charlando con jóvenes. Quien lo haya visto en directo sabe que con ellos conecta al instante. Hay varios apoyados en los coches, haciendo corro alrededor de una guitarra. Señalan una ventana. “Pásate, él siempre recibe. De vez en cuando aparece alguien para conocerlo”.

“Para aprender hay que coger fiestas locas, que son las peligrosas. Yo he trasnochado toda mi vida. A lo mejor he estado metido dos días en un bodegón o en una cueva del Sacromonte. Una copita, otra, un cantecito... Y hasta las seis o las siete, eso ochenta mil veces y con miles de artistas”

Capullo, como lo apodó cariñosamente su madre Isabel La Moza, es uno de esos flamencos outsiders de carácter fuerte y carrera irregular, que nada tiene que ver con el prototipo de cantaor rancio y doliente. Hace cuatro años que sacó su último disco, “Flor y canela” (Flamenco en el Foro, 2007), y de tanto en tanto da uno o dos conciertos con los que deja claro que en los palos festeros (la bulería, los tangos, la rumba) nadie se le parece. Llega la hora y sale de su casa como un clavo, afeitado, con chaqueta de cuero negro y zapatillas deportivas inmaculadas, algo que hace pensar en su otra gran pasión, a la que decidió dar la espalda profesionalmente al llegar a la mayoría de edad. “De chico le cantaba a las niñas y a los bailaores. Empecé a cantar solo y a ir a escenarios a trabajar, y vi que transmitía, que el público venía a verme. Entonces supe que tenía que elegir: o jugaba a la pelota o me dedicaba al cante. En el fútbol no confié porque no había tantas oportunidades. Había cuatro enchufaditos, llamaba el padre y los metía en la plaza. Así que me aburrí. Ya no puedo jugar, no, y correr, menos. Ya correr es de cobardes, ya to paraíto”, comenta entre risas antes de aclarar que en el cante, eso sí, todavía está “para dar ruido”. Estos días espera “una llamada del Bolita, un guitarrista de aquí que le está grabando a Marina Heredia y a mucha gente. Está en proyecto de venir para ver si nos metemos en el tema y saco otro disquito”.

Con rumbo imprevisible, como su música, echa a andar tranquilo. Hoy no quiere ver un bar ni en pintura, y se siente en la obligación de explicarse: “Tú debes pensar: ‘¡¡Ohú, cómo está el tío!!’. Claro, ¡pero porque estoy relajao! No estoy a la par de cantar viviendo, que es lo malo de esto. Son muchas las palizas que te pegas. Para aprender hay que coger fiestas locas, que son las peligrosas. Yo he trasnochado toda mi vida. A lo mejor he estado metido dos días en un bodegón o en una cueva del Sacromonte. Una copita, otra, un cantecito... Y hasta las seis o las siete, eso ochenta mil veces con la Remedios (Amaya) y con miles de artistas. Pero ya no puedes, ya la edad te dice: ‘¡Quillo, qué pasa!’. Puedes caer un día que se encarte, cuando te sienta bien y te pegas una borrachera, pero ya son las menos...”.

 
CAPULLO DE JEREZ, Persiguiendo la onda

“El flamenco es una cosa muy dura, y entenderlo todavía más”.

 

La edad, eso que hace que se vaya “aplacando” y vea las cosas “de otra manera”, es lo que Capullo cree que ayuda a cantar mejor, sintiendo más las desventuras de la vida. Cuando promocionaba su último trabajo le pregunté por qué aún no había grabado la seguiriya que prometió, y contestó que le faltaban años, que había que hacerlo bien, por respeto, porque es un cante de quejarse mucho que impone. Esa es una de las cuestiones por las que en Jerez, donde el público entendido es exigente como ningún otro, los más ortodoxos le reprochan a veces que no sea un cantaor completo. “Está claro, la bulería es mi palo fuerte. Lo que pasa es que es algo que le gusta a todo el mundo... Ahora, cuando yo hago un cante por fandango, canto bien, a mi manera, pero bien. No lo voy a cantar como lo canta Manuel Agujetas o fulano, sino que lo llevo al sitio donde lo tengo que llevar. Los otros palos los canto como son. Cantas una seguiriya, por soleá, por fandango, por tientos, y después, claro, cuando te pones a cantar por bulería o por tangos ahí es donde vibran, porque les gusta la fiesta y el rollo. Dicen: ‘¡Uuh, ahí hay un monstruo…!’. ¡No, es que es lo que les gusta! A la gente no le gusta un cantaor sentao cantando por seguiriya y chillando ‘¡aaaayyyyyy!’. ¡No le gusta!”, insiste.

“Cuando te pones a cantar por bulería o por tangos ahí es donde vibran, porque les gusta la fiesta y el rollo. Dicen: ‘¡Uuh, ahí hay un monstruo…!’. ¡No, es que es lo que les gusta! A la gente no le gusta un cantaor sentao cantando por seguiriya y chillando ‘¡aaaayyyyyy!’. ¡No le gusta!”

Lo que nadie se atreve a cuestionar es que Capullo posee una capacidad vertiginosa para cuadrar los tercios y atacarlos con agresividad magnética. Él es gachó, pero suena gitano puro y su sentido del compás no deja indiferente. Cuando se le pregunta por qué cree que Paco de Lucía siente predilección por él, lo tiene claro: “Sabe que soy bueno en muchas escaleras. Pero eso no se aprende, eso se trae. El cante es una métrica y lo principal en él es cómo tú marques. Ahí es donde tienes que meter la voz”, explica mientras corta un ritmo invisible sobre la palma de una de sus manos gigantes, esas que aprieta y retuerce mientras pone uno de sus gestos explosivos, desorbitados (“un cantaor que no se pone feo no canta bien”, decía hace años), al rajar su voz. “El valor que yo tengo es que cuando estoy en un escenario y me encuentro bien lo doy todo. Aunque creas que no, eso la gente lo percibe. Es la felicidad del artista: transmitirle al público y ya está, porque el saber... El saber está muy repartido: todo el mundo sabe de todo, y saber no sabe nadie. Está todo hecho, aquí nadie ha inventado nada. El flamenco es una voz que alzas para arriba y ya está. Aquel la tiene de una manera y el otro de otra. No tienes que parecerte a este ni a Los Chichos ni a nadie, sino ser tú mismo. Claro, ¿no voy a sonar yo? O eso que pasa de: ‘¡Mira, Camarón!’. No, no, Camarón no, es fulano”, explica serio.

Una de las cosas que Miguel Flores no se cansa de recordar si se arranca a cantar a palo seco es el día en que amaneció con Camarón en Cantarería, “la calle más fuerte que ha tenido siempre Santiago” y la que lo vio nacer. “Venía mucho, siempre moría por Jerez. Aquí sentían respeto por él antes de que fuera un Dios. Él fue el que innovó, el que hizo esta música mundial e impuso un respeto. Salió y esto fue una bomba, todo el mundo cobrando un dineral y venga billetes...”. A Camarón le gustaba su estilo, se caían bien, y lo mismo ocurría con otros dos cantaores de la misma generación con los que siempre se relaciona el cante y la personalidad bohemia y algo contradictoria del Capullo: Luis de La Pica, fallecido en 1999, y Juan Moneo, El Torta. Con este último, único y más salvaje si cabe, siempre ha existido una rivalidad que alcanza su cota máxima en la Fiesta de la Bulería. Si a Capullo le dieran a elegir, no dudaría en irse de gira con él y su hermano Manuel Moneo, a quienes define como “dos pedazos de bicharracos”. Lo haría “sin ensayos ni historias ni nada”. De su “época esa de Triana y de estar con los hippies”, la más feliz de su vida artística, recuerda un viaje en coche a A Coruña por la Semana Internacional del Fino. “Fuimos a dar una gala toda la plebe: El Torta, yo, Enrique (El Zambo), Periquín, Juana la del Pipa... ¡Formamos una que no veas, quillo! Lo que habría que decir es: ‘A ver, ¿quiénes son los que cantan bien? ¡Ea, pues los voy a poner a todos en un espectáculo y que lo vean!’. Ahí ibas a decir tú: ‘¡Cómo se nota cómo era la pera de agua de hace veinte años y cómo es la de ahora, que está sequerona!’”.

 
CAPULLO DE JEREZ, Persiguiendo la onda

“No quiero tanto lujo ni tantas historias. Así lo llevo más tranquilito y me siento feliz, con mis cuatro niños, mi casa... No quiero yo indagar tanto”

 

El año pasado, Capullo participó en “Los hombres de las praderas y sus bordones calientes” (2010), el disco que compartieron Los Delinqüentes y Tomasito, quienes han sabido llevar el soniquete a su propio terreno. “Pero, vamos, eso no tiene nada que ver con el flamenco. El flamenco es una cosa muy dura, y entenderlo todavía más”, argumenta antes de explicar que en Jerez, que él sepa, “ninguno de los artistas hemos tenido profesores. De fuera, no sé yo si alguno habrá pasado por esas órdenes para ecualizar la voz e historias de esas raras... Aquí escuchas a Manuel Torre, a Caracol... Se aprende de escuchar a los viejos. Y para escuchar cantar por seguiriyas y esas cosas escuchas a Agujetas. ¡No vas a escuchar a Potito ni a carajito ni na! Ya Fernando (Terremoto) no está, ni Chocolate, Tío Borrico, Sernita... Ya queda Manuel. Es una escuela, estás hablando de una pureza muy fuerte”.

Hablando de cantaores con escuela, Capullo siempre fue muy crítico con la forma de cantar de Enrique Morente. Hace cuatro años me contestó por qué no le gustaba: “Son cantaores políticos. Varían las cosas, y el flamenco tiene su línea, sus compases... Los temas que hacen van estudiados, y esto no se estudia, es una inspiración”. Meses después de que la muerte del granadino cogiera por sorpresa a sus seguidores, es más cauto en sus palabras: “Siempre se ha dicho eso de Morente, el maestro de maestros, y maestro de maestros en esto del flamenco nadie lo es. Él era un pedazo de artista que creó un flamenco a su manera, como lo entendía, y lo hacía bien, nada más. Ha estado menos pegado a esta parte. Lo que pasa es que hizo lo que hizo con unos tonos, un trato... De ahí han mamado muchos cracs modernitos, todos le meten el dedillo. Hombre, ya era un mito de por sí”.

“Aquí escuchas a Manuel Torre, a Caracol... Se aprende de escuchar a los viejos. Y para escuchar cantar por seguiriyas y esas cosas escuchas a Agujetas. ¡No vas a escuchar a Potito ni a carajito ni na!

Cada uno tiene sus debilidades. Por eso fue a Camarón a quien le dedicó el disco con el que dio un golpe de timón a su trayectoria. A partir de él, la vida de artista comenzó a sonreír al Capullo de otra manera. “Este soy yo” (Flamenco en el Foro, 2000) salió once años después que su álbum de debut, el desmerecidamente olvidado “Poderío” (DRO, 1989), con Moraíto al toque. Su rumba “La vida es una rutina”, con su habitual Niño Jero ‘Periquín’ acompañándolo, fue la que lo catapultó ante un público más extenso como una especie de trovador contemporáneo, capaz de cantarle a las cosas más mundanas (a la televisión sensacionalista, al pantalón vaquero o al dinero y la hipocresía que lo rodea) con un desparpajo arrebatador y fresco; también fue la que le hizo ver hacia dónde debía ir si quería sobreexplotar sus virtudes. Pero no solo de rumba vive ese disco. Es el “más personal, el más flamenco y el más ordenadito, y tengo más presencia”, comenta orgulloso Capullo.

“Yo me meto en una onda y la persigo. Es según el público que tengas enfrente. Una vez que lo tienes en el bolsillo, las cosas te vienen a la cabeza y dices: ‘¡Ahora verás cómo va a caer esto!’”. Así alardea un hombre que no sabe escribir pero que improvisa letras y las machaca hasta que no se le escapen “ni muerto”; que actuó en el Espárrago Rock 2001 y lo ve como un mérito. Capullo estuvo trabajando a mediados de los ochenta en algún tablao madrileño, pero nunca pensó en trasladarse a la capital para labrar su futuro: “No quiero tanto lujo ni tantas historias. Así lo llevo más tranquilito y me siento feliz, con mis cuatro niños, mi casa... No quiero yo indagar tanto”. Y hablando de futuro, ¿espera él algo del Flamenco como Patrimonio Inmaterial de la Humanidad? “¡Esa es la misma historia de siempre! –exclama–. Hoy el torero que levanta la plaza no torea, y el que no la levanta torea por todos lados. Lo de que se va a escuchar en todo el mundo... Hasta que no se quite esta crisis y los artistas vayan a la Universidad a hablar de flamenco, a cantar o a explicar algo, yo qué sé... Las instituciones podrían hacer que esto se menee, pero si no hay movida, estará ahí como otra cosa más”.

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