Lo que nadie se atreve a cuestionar es que Capullo posee una capacidad vertiginosa para cuadrar los tercios y atacarlos con agresividad magnética. Él es gachó, pero suena gitano puro y su sentido del compás no deja indiferente. Cuando se le pregunta por qué cree que Paco de Lucía siente predilección por él, lo tiene claro: “Sabe que soy bueno en muchas escaleras. Pero eso no se aprende, eso se trae. El cante es una métrica y lo principal en él es cómo tú marques. Ahí es donde tienes que meter la voz”, explica mientras corta un ritmo invisible sobre la palma de una de sus manos gigantes, esas que aprieta y retuerce mientras pone uno de sus gestos explosivos, desorbitados (“un cantaor que no se pone feo no canta bien”, decía hace años), al rajar su voz. “El valor que yo tengo es que cuando estoy en un escenario y me encuentro bien lo doy todo. Aunque creas que no, eso la gente lo percibe. Es la felicidad del artista: transmitirle al público y ya está, porque el saber... El saber está muy repartido: todo el mundo sabe de todo, y saber no sabe nadie. Está todo hecho, aquí nadie ha inventado nada. El flamenco es una voz que alzas para arriba y ya está. Aquel la tiene de una manera y el otro de otra. No tienes que parecerte a este ni a Los Chichos ni a nadie, sino ser tú mismo. Claro, ¿no voy a sonar yo? O eso que pasa de: ‘¡Mira, Camarón!’. No, no, Camarón no, es fulano”, explica serio.
Una de las cosas que Miguel Flores no se cansa de recordar si se arranca a cantar a palo seco es el día en que amaneció con Camarón en Cantarería, “la calle más fuerte que ha tenido siempre Santiago” y la que lo vio nacer. “Venía mucho, siempre moría por Jerez. Aquí sentían respeto por él antes de que fuera un Dios. Él fue el que innovó, el que hizo esta música mundial e impuso un respeto. Salió y esto fue una bomba, todo el mundo cobrando un dineral y venga billetes...”. A Camarón le gustaba su estilo, se caían bien, y lo mismo ocurría con otros dos cantaores de la misma generación con los que siempre se relaciona el cante y la personalidad bohemia y algo contradictoria del Capullo: Luis de La Pica, fallecido en 1999, y Juan Moneo, El Torta. Con este último, único y más salvaje si cabe, siempre ha existido una rivalidad que alcanza su cota máxima en la Fiesta de la Bulería. Si a Capullo le dieran a elegir, no dudaría en irse de gira con él y su hermano Manuel Moneo, a quienes define como “dos pedazos de bicharracos”. Lo haría “sin ensayos ni historias ni nada”. De su “época esa de Triana y de estar con los hippies”, la más feliz de su vida artística, recuerda un viaje en coche a A Coruña por la Semana Internacional del Fino. “Fuimos a dar una gala toda la plebe: El Torta, yo, Enrique (El Zambo), Periquín, Juana la del Pipa... ¡Formamos una que no veas, quillo! Lo que habría que decir es: ‘A ver, ¿quiénes son los que cantan bien? ¡Ea, pues los voy a poner a todos en un espectáculo y que lo vean!’. Ahí ibas a decir tú: ‘¡Cómo se nota cómo era la pera de agua de hace veinte años y cómo es la de ahora, que está sequerona!’”.